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domingo 22 junio, 2014 a las 11:38 am

Acerca de la paz en los países dependientes

marcha paz
Jorge Muñoz Fernández
Mateo Malahora 

[email protected]

El reto de nuestros pueblos no sólo contempla vivir en paz, el gran desafío consiste en asumir posiciones de independencia y soberanía frente a la Gran Metrópolis Norteamericana que ha impuesto a nuestras naciones modelos de economías periféricas, subordinadas al gran capital, para sustraer a precios exiguos materias primas, usar a bajo costo la fuerza de trabajo inmigrante y utilizar el mercado para asignar tareas políticas, financieras y económicas a los Estados dependientes.

La paz, desde luego loable, de enorme valor moral para los colombianos, responde a la lógica neoliberal que, al desterritorializar el mundo, traslada a todos los países del orbe sus estrategias productivas, extractivas, ecodepredadoras, consumistas, tecnológicas, competitivas y políticas, privilegiando el libre comercio, en cuyos protocolos la inmunización de los conflictos y la eliminación de las guerras domésticas no es una exigencia ética sino puramente geoestratégica.

Adormecidos y embotados, todavía, por los triunfos políticos y el nacionalismo que nos ha entregado con honroso honor la Selección Colombia, el porvenir de la globalización neoliberal no nos preocupa y sólo pensamos que es un asunto que aflige a los trabajadores y campesinos, cuando preocupa a los empresarios nacionales, lo mismo que a los pequeños y medianos, sobre quienes caen los ruidos de alarma y el temor de no poseer altas tecnologías para competir en los estadios universales.

¿Cómo competir en las propias canchas nacionales y en las canchas de los países importadores si las grandes compañías multinacionales gozan de paraísos fiscales, enormes subsidios productivos, zonas francas, dinero fresco para innovar diseños, salarios rayanos en la vileza donde el dólar y el euro son instrumentos de expropiación de la fuerza de trabajo asalariada y convierten en precios ridículos las mercancías que serán instaladas en todos los estadios comerciales del mundo?

Mera ilusión, la brújula neoliberal significa la ruina del mundo, como si fuera un vuelo programado para la felicidad global que al final termina perdido y extraviado en el fondo de la pobreza, el hambre y frustraciones oceánicas como el avión malasio.

Nuestra paz, la que celebramos los colombianos, la que exaltamos con la bandera nacional, la que protegimos en la cajita electoral del 15 de junio, la paz del fantasma de la guerra, la paz que sólo pueden contarla los hijos de las víctimas, los desplazados, los desmovilizados, los soldados que matan por obligación, en aplicación de la Ley 48 de 1993, “para defender la independencia nacional y las instituciones públicas”, como el DAS, en los momentos más tenebrosos de la historia del país, es una paz que lleva el sello del neoliberalismo, no por ello rechazable, pero que en su doble moral no puede ocultar su propósito de conseguir paz jurídica, paz territorial, paz en los puertos, paz en las autopistas, paz los campos y paz en las ciudades, para beneplácito de los dioses del mercado.

Vista la paz como un acto puramente militar, las frustraciones serán inminentes, porque la paz debe ser procesal, en lo económico, en lo social, en lo cultural y en lo político, con políticas públicas que supriman las causas que produjeron la guerra.

Y sobre esas metas caen enormes avalanchas de incertidumbres, porque la politización de la paz no puede, por razones éticas, esconder las realidades políticas, como el hecho de hablar que habrá pleno empleo y pobreza cero, cuando en los países ricos, la pobreza es endémica.

Es el modelo económico el que nos impide realizar progreso con equidad. Un mundo con mil millones de hambrientos, mil millones de analfabetos, cuatro mil millones de pobres, cien millones madrugando a los semáforos y celebrando que amplíen la semaforización como “síntoma de movilidad y desarrollo”, destrucción acelerada y brutal de la naturaleza, saqueo de los recursos no renovables, atentado criminal y bandolero contra el agua, aupado por la globalización neoliberal, no puede provocar sociedades empáticas sino conflictivas.

Esperar que las metrópolis que dominan el mundo, las mismas que señalan qué países cumplen o no con los derechos humanos, económicos, sociales y políticos y esconden como, los Estados Unidos, las bombas de Nagasaki e Hiroshima, la guerra de Vietnam, la “democratización” de Irak, las “primaveras” políticas en el Asia, los crímenes del Cono Sur, la tragedia de Centro América, los intentos de reapropiarse de cuatrocientos millones de barriles de la reserva petrolera de Venezuela, los excombatientes estadounidenses que no tienen plena seguridad social, es una utopía que borda los linderos de la irracionalidad política.

Los caminos de la paz deben pasar por aprender a convivir con aquellos que son vistos desde la confrontación, promoviendo “Un pacto ético por un país en Paz”, como lo anima y persigue el “colectivo de pensamiento y acción, mujeres, paz y seguridad”, que nos permita enfrentar civilizadamente la construcción de paz social y democracia plena.

No obstante y pese al carácter neoliberal de la paz, sería irracional desconocer que es un camino para la construcción de reconciliación y democracia, que haga posible, incluso, darle una interpretación menos ortodoxa al Derecho Internacional Humanitario y se contemple en los acuerdos que los miembros de la Fuerza Pública que transgredieron el Derecho Internacional Bélico y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos en desarrollo de las hostilidades militares, puedan ser cobijados por la justicia transicional, tanto como se aplique para los actores de la insurgencia guerrillera.

Aberrante pudiera decirse desde las orillas del moralismo político, pero el país no puede dormir con la venganza, ni celebrar la socialidad empática y la cohesión política si actores de la misma guerra quedan al margen de la convivencia social y política. Sólo así tendremos un nuevo tipo de relaciones que permitan crear mejores condiciones subjetivas y objetivas para la paz, garantizar al máximo que no habrá repetición cíclica de violencia política, fortalecer el Estado de Derecho y creer en la prosecución de una fuerte y creíble reconciliación política nacional. Hasta pronto.