CAMINO DE ÉFESO


Especial para Proclama del Cauca
Iba camino de Éfeso, y lo encontré; estaba descansando bajo la sombra de un árbol; lo reconocí por el resplandor de su rostro, tenía el signo de los iluminados. Tímidamente me senté a su lado y le dije: “Tú conociste al Maestro, y sin embargo no lo conociste personalmente; camino de Damasco, el resplandor te hizo saborear las cosas por encima de la piel”. “Sí, no es el cuerpo ni sus asuntos ni sus historias con sus fechas y lugares lo que importa en las honduras inefables del alma; pero la gente no entiende y se atiene a la letra, no al espíritu” –me contestó. “Pero toda tu predicación hizo que la gente interpretara mal el mensaje del Maestro” –le dije. “Y, poco a poco, inventaron esa extraña estructura, una iglesia que no tiene nada que ver con los caminos de la Verdad”, añadí. “Es mi culpa; no entendieron que yo sólo hablaba del Resucitado, aquel que se levanta de entre las sombras del alma oscurecida” –me respondió. “Nosotros sólo hablamos de una sabiduría que está oculta desde el comienzo de los tiempos, que el Padre revela a algunos elegidos, un mensaje que no es para las masas que sólo miran la salida y la puesta del sol entre sus días; pero nuestro Sol está allende las tinieblas, no está en los templos de piedra ni en congregaciones; sólo el espíritu puede unirnos en ese lugar de lugares” –dijo. Y entonces le contesté: “Creo que el Maestro reconoció a Pedro cuando les preguntó: ‘¿Y vosotros, quién decís que soy yo?’; y como todos callaron, respondiendo sólo Pedro: ‘Tú eres el Hijo de Dios vivo”, Cristo le señaló: ‘Esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre; en verdad te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi iglesia”. “Por supuesto –dijo Pablo–, la piedra del rinconcito, la que permanece oculta en el rincón y todos han abandonado; es decir, el Conocimiento; Pedro, en ese momento, era un vástago del conocimiento” –puntualizó Pablo, y me miró con sonrisa inefable, que yo no voy a olvidar nunca hasta el final de mis días. “En efecto, nos guía una estrella solitaria, la que pocos encuentran en el camino del oriente” –le contesté. “Amigo, dame tu buena sombra, no se separe de mí tu luz que purifica hasta las estrellas” –le solicité. Y entonces nos incorporamos; una caravana de camellos levantaba polvo en la carretera, mientras el sol quemaba las palmeras.
*********************
Otros artículos de este autor:
http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/rodrigo-valencia-quijano



