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Domingo, 4 de octubre de 2026

¡Abajo la minifalda!

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Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

Las palabras pronunciadas por don Andrés Jaramillo, propietario del comedero conocido como “Andrés, carne de res”, sito en el municipio de Chía a la vera de la capital de la República, traducen con galanura la manera de pensar de algunos caballeros cuando de calificar sus desmadres genitales se trata.

Ante la denuncia de una probable violación acontecida en el parqueadero de su establecimiento, el susodicho insiste ante los micrófonos de Blu Radio: “Estudiemos qué pasa con una niña de 20 años que llega con sus amigas, que es dejada por su padre a la buena de Dios. Llega vestida con un sobretodo y debajo tiene una minifalda. ¿A qué está jugando?”.

Lo grave no es solo la violación (si es que la hubo). Lo que nos arrincona el alma es la mediocridad del discurso y por ende del razonamiento. ¿La minifalda es o no atentado contra la moral, san Andrés Jaramillo? ¿Es digna la minifalda -breve y sandunguero trozo de tela- de fungir como protagonista en tan importante argumentación? ¿Qué sería del ojo del varón –tan proclive al refocilamiento con pantorrillas y redondeces femeninas- si esta salaz prenda desapareciera? ¿Si fuera de uso masculino, osaría lucirla entre vellos como matorrales y músculos como cueros de tambor? ¿Meterse unos tragos (brebaje elevado a la categoría de ritual social) está solo permitido a los machos vernáculos? ¿Qué significa, en el imaginario de este pío varón, “dejar a una hija a la buena de Dios”? ¿Qué lugar ocupa usted en este desfile de fariseos y tartufos?

“De la abundancia del corazón hablan los labios”, dice la Biblia. El músculo cardíaco de este acaudalado carnicero debe ser enjuto como una baya seca, cuarteado como un cactus del desierto. No otra cosa suscitan sus desangeladas expresiones. ¿Entre sus clientes, muchos de ellos –supongo- bien servidos en lo que a faenas discursivas corresponde, no atrapó nada? ¿O es que esta prehistórica manera de proceder se da hasta en las más selectas neuronas? ¿”Qué cauce te lleva, qué río te canta”? ¿Qué olor de naftalina exudas, en qué liana te meces, cuyo el seso refocilado, el reflexivo discurrir?

No pretendo que las afirmaciones de la supuesta agraviada deban tomarse al pie de la letra. Las mujeres estamos hechas del mismo barro que los hombres. Lo que sucede es que mientras a ellos se les abren, a la buena o la mala, todas las puertas, a nosotras se nos cierran aun en este siglo de cabriolas electrónicas.

Son incontables los episodios ruines, las profanaciones, los intentos de pulverizarnos. La historia de la degradación física, intelectual y moral de la mujer es pan de cada día. De hacer efectivo este semáforo en rojo se encargaron en su momento los intereses creados. Lo demás corrió por cuenta de un sofístico concepto de honor femenino y masculino. Máquina paridora y sufriente fue y es sinónimo de mujer cabal en esta sociedad llena de baches mientras se condena al varón –siempre en vitrina- a una erección eterna, so pena de pasar al desván de los corotos inservibles.

Ante este rijoso panorama, no deberían perturbarnos las declaraciones de Andrés Jaramillo. Se le salió la clase, dirán algunos. Se le salió y esto es lo grave, lo desajustado de las entretelas en un mundo que para bien de todos, empieza a caminar hacia adelante.