PERIODISTA DE PUEBLO
Por Alfonso J. Luna GellerEl periodista y editor de medios, en estos pueblos pequeños y grandes donde todos nos conocemos y nos tratamos, es un ser frágil expuesto cotidianamente a recibir toda clase de quejas, recibir chismes, ser recriminados en cada esquina por lo que escribió o dijo ayer, ser objeto de felicitaciones por parte de los más despistados y hasta debe responder preguntas que corresponden a obligaciones de funcionarios públicos u otras autoridades. Sus correos electrónicos se llenan todos los días, en alto porcentaje, de puras pendejadas que muchos creen que deben publicarse para que no se desvíe el mundo de su predestinado rumbo.
“Usted, que se las sabe todas…”, es la fastidiosa frase con que le abordan para insinuarle qué es lo que debe conocer, hacer o investigar. Pero nadie le entrega o sugiere pruebas de nada, ni se compromete. Por qué se paralizó tal obra, por qué llevamos tres días sin agua, por qué la clase política es corrupta, por qué se tardan tanto los recolectores de basura, por qué la deficiencia en el alumbrado público, por qué la galería, los espacios públicos, la drogadicción y la mirada elusiva de la Policía hacia los expendedores, los ‘paras’ y ‘guerrillas’, por quién debemos votar… También lo abordan funcionarios públicos para proponerle, ingenua o hábilmente, escribir sobre las pretendidas bellezas que ejecutan desde sus despachos, o para intentar contradecir o desvirtuar críticas que les aparecen en otros medios pretendiendo sacar las brasas ardientes con manos ajenas. La agenda del periodista está atiborrada de toda clase de invitaciones a inauguraciones, presentación de planes y proyectos, públicos y privados, y en época pre-electoral, se hace merecedor de un trato tan especial como oportunista por parte de candidatos de todas las pelambres. Otro, que se las pica de intelectual, abusivamente le pregunta: ¿usted es periodista o político?. En fin, el periodista de pueblo parece un comodín a quien todos pueden manosear orientándolo en lo que debe o no debe hacer, en lo que debe pensar u olvidar, en lo que debe denunciar o callar.
Todo, para indicar que una de las más graves deficiencias de nuestra sociedad, que nos ha conducido a la degradación social que todos padecemos es la falta de civismo y cultura pública. La sociedad colombiana, en general, cree que la responsabilidad de lo que nos sucede es sólo de algunas personas, es de los otros, no de cada uno, sino de los demás. Alguien, que no sea yo, es quien debe poner las talanqueras a lo que nos martiriza, debe ser usted, nos dicen.
Somos un país que tiene inmensos recursos naturales, que cuando no los destruimos los entregamos a la explotación extranjera o privada por asuntos de mecánica económica en contra de los intereses comunes; nuestro pueblo es ignorante, inculto, incívico y por eso, por ejemplo, en las elecciones, por un almuerzo o un billete instantáneo se elige a quien ha de martirizarnos por muchos años; en el más cercano futuro la culpa no es de quien fue inducido a un voto espurio, que al otro día olvida por quién lo hizo, es del periodista que informa lo que ocurre o del poderoso que fue elegido para su desgracia. Por eso somos pobres y abunda la miseria en todos los rincones de la patria. La educación cívica y de urbanidad ya no existe en los hogares ni instituciones educativas. Llenan a los estudiantes y profesionales de ‘profundos’ conocimientos científicos o técnicos pero no de los humanos que son los que permiten calidad de vida. Las calles sucias no son culpa de quien arroja basuras sino de la demora que presentan los que deben hacer aseo. La cotidiana tala de bosques y la comercialización de madera no es culpa de los ladinos que montaron este negocio sino de unos sectores burocráticos que no saben qué hacer a pesar de haber sido establecidos para cuidar del medio ambiente. La formación del ser no es cosa de padres de familia sino de unos politizados profesores que más interés demuestran en sus aspiraciones económicas y politiqueras personales que en una formación para hacer más sana la sociedad. Todo el mundo ‘educa’, casi nadie ‘forma’.
Los gobiernos no invierten en su pueblo, lo compran. Lo mantienen ignorante porque es una estrategia. Esto explica el por qué históricamente Colombia tiene los índices más pobres de participación cívica electoral. El presidente Uribe fue elegido por 7 millones de electores –la mayor votación en la historia de Colombia- en un país con 44 millones de habitantes, con un censo electoral de 27 millones de personas que pueden ejercer el derecho a elegir (20 millones dijeron no, o no les importó, pero es el presidente). Uno podría explicar este hecho por la inexistencia del voto obligatorio; en Colombia votar no es un deber, sino solo un derecho; la democracia colombiana no es una democracia de las grandes mayorías, sino una democracia de las pequeñas mayorías.
En resumen, no es suficiente que una sociedad posea algunas personas muy capacitadas. Toda la sociedad tiene que tener la posibilidad de formación durante toda la vida, para que todos seamos responsables, para que haya transparencia en el gobierno y fidelidad partidaria; un pueblo educado elegirá dirigentes honestos y competentes. Estos elegirán los mejores asesores. Un pueblo educado no tolera la corrupción. Un pueblo educado sabe muy bien diferenciar un discurso serio y una prédica demagógica. Un pueblo ignorante desperdicia sus recursos y se empobrece. Un pueblo ignorante vive de ilusionarse. Un pueblo educado prospera también en condiciones adversas.
Cuanto mas ignorante sea el pueblo mas van a perdurar los manipuladores de la política en todos los partidos y más enriquecimientos ilícitos va a haber. La corrupción siempre estará presente.
Los periodistas de pueblo mientras tanto, que no somos ni elegidos, ni autoridades administrativas, seguiremos insistiendo en la responsabilidad social de cada uno de los ciudadanos de este país –o por lo menos, de nuestra región- para que en un verdadero ejercicio cívico sepan quiénes son los verdaderos responsables de este caos que caracteriza a nuestra Colombia y actúen en concordancia con los derechos que tenemos de escoger a quienes deben administrar los asuntos públicos, para no seguir buscando la raíz de los males en el mensajero o en los demás.






