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Sábado, 3 de octubre de 2026
lunes 14 septiembre, 2009 a las 10:09 am

PERIODISTA DE PUEBLO

Por Alfonso J. Luna Geller

El periodista y editor de medios, en estos pueblos pequeños y grandes donde todos nos conocemos y nos tratamos, es un ser frágil expuesto cotidianamente a recibir toda clase de quejas, recibir chismes, ser recriminados en cada esquina por lo que escribió o dijo ayer, ser objeto de felicitaciones por parte de los más despistados y hasta debe responder preguntas que corresponden a obligaciones de funcionarios públicos u otras autoridades. Sus correos electrónicos se llenan todos los días, en alto porcentaje, de puras pendejadas que muchos creen que deben publicarse para que no se desvíe el mundo de su predestinado rumbo.

“Usted, que se las sabe todas…”, es la fastidiosa frase con que le abordan para insinuarle qué es lo que debe conocer, hacer o investigar. Pero nadie le entrega o sugiere pruebas de nada, ni se compromete. Por qué se paralizó tal obra, por qué llevamos tres días sin agua, por qué la clase política es corrupta, por qué se tardan tanto los recolectores de basura, por qué la deficiencia en el alumbrado público, por qué la galería, los espacios públicos, la drogadicción y la mirada elusiva de la Policía hacia los expendedores, los ‘paras’ y ‘guerrillas’, por quién debemos votar… También lo abordan funcionarios públicos para proponerle, ingenua o hábilmente, escribir sobre las pretendidas bellezas que ejecutan desde sus despachos, o para intentar contradecir o desvirtuar críticas que les aparecen en otros medios pretendiendo sacar las brasas ardientes con manos ajenas. La agenda del periodista está atiborrada de toda clase de invitaciones a inauguraciones, presentación de planes y proyectos, públicos y privados, y en época pre-electoral, se hace merecedor de un trato tan especial como oportunista por parte de candidatos de todas las pelambres. Otro, que se las pica de intelectual, abusivamente le pregunta: ¿usted es periodista o político?. En fin, el periodista de pueblo parece un comodín a quien todos pueden manosear orientándolo en lo que debe o no debe hacer, en lo que debe pensar u olvidar, en lo que debe denunciar o callar.

Todo, para indicar que una de las más graves deficiencias de nuestra sociedad, que nos ha conducido a la degradación social que todos padecemos es la falta de civismo y cultura pública. La sociedad colombiana, en general, cree que la responsabilidad de lo que nos sucede es sólo de algunas personas, es de los otros, no de cada uno, sino de los demás. Alguien, que no sea yo, es quien debe poner las talanqueras a lo que nos martiriza, debe ser usted, nos dicen.

Somos un país que tiene inmensos recursos naturales, que cuando no los destruimos los entregamos a la explotación extranjera o privada por asuntos de mecánica económica en contra de los intereses comunes; nuestro pueblo es ignorante, inculto, incívico y por eso, por ejemplo, en las elecciones, por un almuerzo o un billete instantáneo se elige a quien ha de martirizarnos por muchos años; en el más cercano futuro la culpa no es de quien fue inducido a un voto espurio, que al otro día olvida por quién lo hizo, es del periodista que informa lo que ocurre o del poderoso que fue elegido para su desgracia. Por eso somos pobres y abunda la miseria en todos los rincones de la patria. La educación cívica y de urbanidad ya no existe en los hogares ni instituciones educativas. Llenan a los estudiantes y profesionales de ‘profundos’ conocimientos científicos o técnicos pero no de los humanos que son los que permiten calidad de vida. Las calles sucias no son culpa de quien arroja basuras sino de la demora que presentan los que deben hacer aseo. La cotidiana tala de bosques y la comercialización de madera no es culpa de los ladinos que montaron este negocio sino de unos sectores burocráticos que no saben qué hacer a pesar de haber sido establecidos para cuidar del medio ambiente. La formación del ser no es cosa de padres de familia sino de unos politizados profesores que más interés demuestran en sus aspiraciones económicas y politiqueras personales que en una formación para hacer más sana la sociedad. Todo el mundo ‘educa’, casi nadie ‘forma’.

Los gobiernos no invierten en su pueblo, lo compran. Lo mantienen ignorante porque es una estrategia. Esto explica el por qué históricamente Colombia tiene los índices más pobres de participación cívica electoral. El presidente Uribe fue elegido por 7 millones de electores –la mayor votación en la historia de Colombia- en un país con 44 millones de habitantes, con un censo electoral de 27 millones de personas que pueden ejercer el derecho a elegir (20 millones dijeron no, o no les importó, pero es el presidente). Uno podría explicar este hecho por la inexistencia del voto obligatorio; en Colombia votar no es un deber, sino solo un derecho; la democracia colombiana no es una democracia de las grandes mayorías, sino una democracia de las pequeñas mayorías.

En resumen, no es suficiente que una sociedad posea algunas personas muy capacitadas. Toda la sociedad tiene que tener la posibilidad de formación durante toda la vida, para que todos seamos responsables, para que haya transparencia en el gobierno y fidelidad partidaria; un pueblo educado elegirá dirigentes honestos y competentes. Estos elegirán los mejores asesores. Un pueblo educado no tolera la corrupción. Un pueblo educado sabe muy bien diferenciar un discurso serio y una prédica demagógica. Un pueblo ignorante desperdicia sus recursos y se empobrece. Un pueblo ignorante vive de ilusionarse. Un pueblo educado prospera también en condiciones adversas.

Cuanto mas ignorante sea el pueblo mas van a perdurar los manipuladores de la política en todos los partidos y más enriquecimientos ilícitos va a haber. La corrupción siempre estará presente.

Los periodistas de pueblo mientras tanto, que no somos ni elegidos, ni autoridades administrativas, seguiremos insistiendo en la responsabilidad social de cada uno de los ciudadanos de este país –o por lo menos, de nuestra región- para que en un verdadero ejercicio cívico sepan quiénes son los verdaderos responsables de este caos que caracteriza a nuestra Colombia y actúen en concordancia con los derechos que tenemos de escoger a quienes deben administrar los asuntos públicos, para no seguir buscando la raíz de los males en el mensajero o en los demás.

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jueves 13 agosto, 2009 a las 7:58 pm
Por Alfonso J. Luna Geller
Marleny Gómez casi no pudo hablar al principio, el llanto la abrumaba al recordar los hechos que estábamos investigando. Inició el relato con entrecortadas frases, mientras retomaba alientos y se secaba las lágrimas que le escurrían por su abatido rostro. Casi suplicando protección, nos dijo que a pesar de haber sido también víctima de la supuesta estafa en serie, había sido además atormentada con varias llamadas a su celular, en las que la amenazaban si contaba los hechos en los que ella, aparentemente sin saberlo, había sido protagonista, y que debía asumir sola toda la responsabilidad a cambio de su vida.

Marleny Gómez había sido la presidenta de Asquilicar –Asociación de Carretilleros de Santander. Por su liderazgo, en el año 2007 fue contratada por la Secretaría de Tránsito Municipal de Santander de Quilichao como agente de Seguridad Vial hasta el pasado 13 de marzo; ahora es ‘domiciliaria’ o ‘moto-taxista’, tratando de sobrevivir mientras afronta varias demandas penales por el presunto delito de estafa.

De acuerdo con su versión, más o menos 100 personas resultaron entregando dineros desde octubre de 2007 a la jefe de la oficina jurídica del Tránsito Municipal, Beatriz Arias, primero, para un hipotético plan de vivienda en La Samaria, en terrenos del Municipio, y luego, para la supuesta adjudicación de 18 cupos que se habían logrado de vehículos ‘termo-king’ marca Chevrolet a 38 millones de pesos, que reemplazarían, por exigencia del Invima, a las carretillas que transportaban carne en antihigiénicas condiciones; se entregarían en la inauguración del nuevo matadero regional que se construye en Quilichao.

La trampa fue bien montada: ambos planes tenían argumentación oficial; supuestamente el Municipio subsidiaría uno y otro proyectos para elevar la calidad de vida de los destechados y carretilleros; las cuotas iniciales y mensuales ($120.000 para vivienda y $2’000.000 para vehículos) se recaudaban al interior de las oficinas públicas; Marleny, agente de seguridad vial, tenía como jefa a Beatriz, administradora de empresas, abogada y para completar la credibilidad de quienes ‘cayeron’, predicadora religiosa, quien al parecer había diseñado toda la estructura para la captación de los dineros. Beatriz recibía la plata –Marleny fue de las primeras que le entregó $2’000.000 para cambiar la carretilla de su esposo por una Chevrolet, según aseveró; pero vuelve y llora, esta vez, reconociendo su propia ingenuidad, e incauta, expedía los recibos que ella misma firmaba y sellaba (el sello era de Asquilicar).

Casi un año después, en septiembre de 2008, quienes tenían esperanza en la adjudicación de vivienda comenzaron a decepcionarse y a exigir resultados pero fueron defraudados cuando se dieron cuenta de que simultáneamente otros estaban entregando dineros para comprar carros y ni lo uno ni lo otro resultaba. Por eso, ya en diciembre, cuando recogió juntos 8 millones de pesos, Marleny sospechó que firmando ella los recibos, si cualquier cosa fallaba, podría salir involucrada; fue cuando le exigió a Beatriz que por lo menos, le diera un recibo ya para ella, por esos millones que le estaba entregando. Se lo firmó. Nos cuenta que en estas condiciones y a punto de fracasar los planes, el señor Carlos Ariel Amaya, de Timba, le entregó otros 11 millones a Beatriz, para el negocio de los carros. Simultáneamente, en otras partes de la ciudad, las ya legendarias ‘pirámides’ también se desplomaron.

Marleny vuelve a sollozar: “tengo miedo, yo creí mucho en ella, en Beatriz Arias, porque siempre andaba con la Biblia, pero uno nunca aprende a conocer a las personas de verdad, hasta cuando se descubren públicamente. Yo no había padecido tanta maldad, soy una víctima de todo esto, no soy responsable de lo que otros se roban, confío verdaderamente en Dios y en la Justicia, por eso estoy tranquila en mi humilde trabajo, pero excúseme, lloro por ser tan ingenua y haberme dejado utilizar de esa manera por tanto tiempo”.

Cuando se armó el escándalo, por solicitud de la Secretaria de Tránsito, Gislena Perlaza, quien según sus palabras no podía soportarla más al interior de las instalaciones del Tránsito, Beatriz Arias fue trasladada a la Oficina Jurídica de la Alcaldía Municipal, a donde llegamos para escuchar su versión.

“Yo no voy a decir nada, nada tengo que decirle a usted, que no es autoridad. Los hechos han sido denunciados ante la Fiscalía y a ella le respondo por intermedio de mis abogados. No me he quedado con un solo peso, soy abogada, administradora de empresas, predicadora religiosa, llevo 23 años en el servicio público, ¿usted se imagina que puedo hacer algo así como me lo adjudican? No señor, Háblese con mis abogados que ellos le dirán a qué atenerse. Uno de ellos es el doctor Fernando Pino.” Un momento, por favor: usted es todavía una funcionaria pública y debe responder por lo que haga en ejercicio de sus actividades oficiales, nosotros, los periodistas, estamos en la obligación de entrevistarla y obtener sus respuestas. Esto no es un asunto privado suyo, usted le debe una explicación a la comunidad. “Ya dije lo que tenía que decirle, lo demás corre por cuenta de la Justicia”. Muchas gracias.

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