Hay que sostener la caña de las consultas
Por: Luís Barrera
Por estos días siguen las lluvias de críticas y juicios apresurados sobre las consultas internas de los partidos para escoger candidatos de cara a las próximas elecciones regionales.
El propio gobierno ha sido enfático a través del Ministro del Interior Germán Vargas Lleras en sostener que en torno a este procedimiento legal y constitucional, se necesita abrir un franco debate que si bien puede haber sido un fiasco en la convocatoria y desgano de los electores, con pobres resultados, no puede desconocerse su principio de democratización de las colectividades.
Estoy plenamente de acuerdo con quienes piensan que las consultas deben conservarse, pero reformarse. En el fondo, la consulta demuestra la inmensa debilidad de los partidos y el fraccionamiento a nivel regional. Sin embargo, la consulta es la mejor opción que tienen los partidos para elegir sus candidatos y les quita el problema de tomar decisiones eventualmente manipuladas como en las encuestas.
Hay quienes se atreven a proponer inclusive que debe reformarse el sistema electoral con distritos uninominales y una circunscripción proporcional; eso le daría mayor fuerza al partido para generar listas coordinadas y cerradas.
El problema no está en cuanto se gastó en las pasadas consultas y si la organización electoral respondió a las expectativas o si en verdad el fracasado proceso sirvió a los partidos para superar sus crisis, sino en la sobrevivencia de la democracia.
La defensa de la democracia no se declama, se practica; y practicar hoy la defensa de la democracia es, antes que nada, instar a quienes persisten en desconocer el estado social de derecho, pues al fin al cabo es mejor tener a un puñado de compatriotas disfrutando las mieles del poder y las corporaciones públicas, que tenerlos echando bala en el monte y poniendo bombas en las ciudades.
El mejor modo de dirimir las evidentes diferencias de criterios y pujas de intereses que hoy se manifiestan en la sociedad es a través de los mecanismos previstos por la democracia y la constitución, a través de elecciones y merced al funcionamiento pleno de las instituciones.
El acatamiento irrestricto de los mecanismos institucionales que les da legitimidad a los gobiernos surgidos del voto soberano del pueblo, pese a sus equivocaciones e imperfecciones sin menoscabar las investiduras e instituciones, pues hay que respetarlas.
Si mañana en unas elecciones estando habilitados para sufragar 10 mil habitantes de un pueblo y tan sólo votan 5, esos pocos ciudadanos eligen un alcalde y no se les puede desconocer su voluntad y derechos democráticos, lo que deben hacer los partidos es salir a conquistar el electorado con ideas y programas, con iniciativas convincentes para atajar el desgano por la participación electoral. El problema no es de las urnas sino de la falta de credibilidad de las colectividades y los aspirantes.
Recordemos que no podemos hacer una revolución para tener la democracia. Debemos tener la democracia para hacer una revolución. No existe un solo modelo de democracia, o de los derechos humanos, o de la expresión cultural para todo el mundo. Pero para todo el mundo, tiene que haber democracia, derechos humanos y una libre expresión cultural. Lo demás es pura carreta.
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