Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Martes:
Popayán 1 y 2
Cali 1 y 2
Martes, 6 de octubre de 2026
martes 3 junio, 2014 a las 6:25 pm

La gran oportunidad de la izquierda

070311-FueraBushDeColombia-4
070311-FueraBushDeColombia-4
Álvaro Delgado *

1. La determinación de apoyar la candidatura de Santos tomada por las agrupaciones políticas de izquierda reviste mayor reconocimiento si se tiene en cuenta que ella se adopta en circunstancias de acentuada debilidad orgánica y política del conjunto de organizaciones sociales, comenzando por las sindicales, tradicional núcleo de operación política de los asalariados.

El sindicalismo sufre hoy quizás el más acusado debilitamiento desde la Violencia de los años 50, y el llamado “independiente” es ajeno a la lucha política y casi enemigo de ella. No acompañó a Petro en la batalla contra los grandes tiburones del capital en Bogotá. La CUT, creada fundamentalmente por los comunistas y sus aliados, poco tiene hoy que contar sobre lucha y movilización de sus afiliados. Bajo el ojo vigilante de una central internacional creada y sostenida por los grandes consorcios internacionales, no quiere líos con los poderes públicos y se limita a los justos reclamos de la fuerza de trabajo.

Las organizaciones sociales campesinas viven una ilegalidad de hecho y las de orden local y regional se ven precisadas a mantener sus oficinas en la capital del país para evitar que sean asesinadas por el paramilitarismo, mientras el Gobierno no cumple sus promesas agrarias (en la presente campaña electoral, por ejemplo, desaparecieron repentinamente los compromisos de crear nuevas ZRC).

Amplias capas de la población urbana no quieren nada con la guerra pero tampoco les desvela la paz o la guerra en el campo, donde vive, por lo menos, la tercera parte de los colombianos. Están hastiadas de oír hablar de una guerra ajena que solo sufren en los periódicos y emisoras de radio.

2. A las Farc hay que creerles. Tomaron la decisión de proponer la concertación de la paz cuando se convencieron de que, estratégicamente, no podrían ya ganar la guerra. Tal vez fue una determinación tardía, hecha cuando su prestigio está en descenso en todos los escenarios de la vida nacional y arrastra consigo el de las organizaciones sociales asociadas con su proyecto político de alcanzar la plena liberación nacional, tal como pudo apreciarse en las cifras de las elecciones legislativas de marzo anterior. Pero eso sería también parcialmente cierto, porque el conjunto de la izquierda ideológica está en crisis en todos los escenarios internacionales, incluidos aquellos históricos que despuntaron en Europa a mediados del siglo XIX.

La proliferación de expresiones democráticas divergentes, desde luego, puede convertirse en un acto positivo. En vez de organizaciones mastodónticas, inclinadas al despotismo, tal vez son preferibles formaciones ágiles que obren como equipos con iniciativas propias y contagiosas entre la gente del común, que es la que se requiere conquistar para la lucha por la paz del país.

La división histórica de los sectores de izquierda no puede sorprender a nadie. Ha existido desde que comenzó a delinearse con las características de hoy en los años 30. Pero no son montoneras inertes manejadas por camarillas que se reparten el botín burocrático. Pueden llegar a acuerdos “sobre lo fundamental”, como pedía el desaparecido negociador del conservatismo que se sentó al lado de los guerrilleros, o recapacitar y aceptar la alianza con quienes los expulsaron hace poco de sus filas, como ha ocurrido con a los comunistas frente al PDA.

Lo mejor que ha pasado es que el intento de la ultraderecha uribista de reconquistar el poder a toda costa –aún la del delito común– unió finalmente a todos los sectores de la izquierda, y que ese gesto puede contribuir decisivamente en cerrar el paso a un nuevo régimen de expropiadores, empresarios y mafias criminales.

3. En tan delicada coyuntura política hay que destacar la coherencia con la cual ha obrado el sector comunista, la primera agrupación de la izquierda en manifestar públicamente su adhesión a la reelección de Santos sin hacerse ilusión alguna sobre la naturaleza reaccionaria de ese mandato. El PC sigue fiel a su trayectoria histórica de aliado político consecuente de todo proyecto encaminado a defender los intereses populares.

Cuando se haga el balance del camino que llevará seguramente al término de la guerra colombiana habrá necesidad de reconocer muchas mentiras de hoy que pasan por verdades.

Amigos de negociación ha habido en las filas de la extrema izquierda: Fidel y sus comandantes adoraban a las guerrillas de Centroamérica y Venezuela, pero, extrañamente, nunca creyeron en las Farc, que han sobrevivido a todas ellas. Con motivo de la segunda cita de movimientos de liberación latinoamericanos, cumplida en 1962 y que expidió la Segunda Declaración de La Habana, las nacientes Farc no fueron invitadas y cuando sus representantes se presentaron en ese inmenso auditorio pasaron inadvertidos y solo por solicitud de alguna delegación extranjera la presidencia de la reunión, en manos de los ostentosos venezolanos, accedió a escuchar un saludo protocolario que no trascendió. El máximo ideólogo del castrismo en ese momento, el filósofo republicano francés Régis Debray, con sus 22 años a cuestas, pintó a las Farc como una escandalosa muchedumbre de hombres, mujeres en faldas, ollas de cocina y gallinas asustadas que salían corriendo para escapar de las garras de los soldados del gobierno. Fidel Castro estimó siempre como una “locura” la idea fariana de construir un ejército de liberación que emulara con el oficial y finalmente lo derrotara, y así lo dejó por escrito. Cosa semejante creyó también Hugo Chávez. El cargo en sentido contrario endilgado por los gobiernos colombianos a esos gobiernos independientes es propio de la supeditación de nuestro país al mandato de guerra y mentira norteamericano.

Pero hay más. Cuando la guerrilla tomó fuerza política desafió la autoridad y la misma existencia del PC: creó la UP como fuerza política emancipadora y cuando la matanza oficial puso en marcha el exterminio de la misma creyó que la lucha social pacífica había fracasado también y en inolvidable sesión plenaria del comité central comunista realizada en la segunda mitad de los años 80 pidió, por boca de uno de sus voceros, que el partido abandonara las ciudades y se fuera a acompañar políticamente la lucha armada campesina. Cuando eso, naturalmente, no ocurrió, procedió a crear el PCCC.

Al final, las Farc se quedaron solas. En el curso de los últimos treinta años desaparecieron sus más cercanos pares: guerrillas centroamericanas, argentinas, uruguayas, peruanas, ETA española. Entonces comenzó a hacerse realidad la discusión sobre las certezas farianas en un triunfo final sobre sus adversarios, hasta llegar a su propuesta de paz de 2012.

Los gobiernos colombianos son los principales culpables de la prolongación de la guerra en el país. La guerra no se ha eternizado por culpa de las Farc ni del “comunismo”. El crimen contra la UP fue el camino seguido por el régimen para echar a perder la solución negociada del conflicto armado, no ahora sino hace más de treinta años.

4. Por fin, después de muchas vueltas y revueltas, hemos llegado a la conclusión de que el problema número uno de Colombia es la paz o la guerra.

El PC siempre ha estado al lado de la Farc, sin condiciones. Su influencia en el campo viene desde su fundación en los años 30. Ninguna otra formación de izquierda colombiana tiene tanta credibilidad en tales escenarios, donde palpita medio siglo de sangre. Ahora mismo el grueso de la izquierda del país ha salido a apoyar la reelección de Santos para poner a salvo la salida negociada de ese pantano de horrores, pero, antes que todos, el PC y las organizaciones bajo su influencia. La experiencia política recogida en la presente campaña electoral es lo mejor que le ha pasado a la izquierda colombiana en los últimos tiempos. Ha mostrado ante la opinión nacional lo que somos, y el peso que ahora tiene esta determinación para impedir el retorno a un nuevo mandato del crimen: cerrar el paso a los verdugos abrazados a los Ritos Alejos que convirtieron al Urabá en un infierno de horror y dispararon a quemarropa sus fusiles AK-47 sobre los niños de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó.

Solo que, como no era de esperar, la determinación de la izquierda por la paz y contra la muerte no ha sido completa, ni consecuente: tanto los Verdes como el Polo dejaron a sus miembros en libertad de acoger o rechazar el voto por Santos. Tal determinación no es propia de ninguna organización política democrática y les sirve solo a los comandantes del poder y del odio. Que Peñalosa esté esperando un ministerio uribista no extrañaría a nadie, pero que Jorge Enrique Robledo lo proclame como estrategia y Clara López lo consienta o lo apoye es un gesto apaciguador. Los dirigentes políticos auténticos no inyectan sus penas y desgracias personales a sus compañeros de lucha sino debaten colectivamente los problemas cruciales y respetan la decisión de las mayorías.

Los doctores Robledo y López siguen obrando bajo la inspiración invencible del anticomunismo, que los llevó a expulsar del Polo a los comunistas, mientras orondamente siguen debiendo al país una explicación sobre su conducta frente al monstruoso saqueo de los dineros públicos de Bogotá por la familia Moreno Rojas. ¿Ahí también dejaron a sus militantes en libertad de opinar?

Inspirado en el estudio de Lenin sobre el izquierdismo como “enfermedad infantil del comunismo”, el teólogo brasileño de la liberación Betto Frei afirma que “ser izquierdista es quedar enfrentado al poder burgués hasta llegar a formar parte del mismo. El izquierdista es un fundamentalista en su propia causa. Encarna todos los esquemas religiosos propios de los fundamentalistas de la fe”. (Selección de textos de Efraín Alzate).

La actitud del doctor Robledo es semejante a la del vecino rico que invita a su casa a los niños del barrio para ofrecerles una piñata y cuando los tiene reunidos ingresa sorpresivamente por la puerta de atrás, apaga la luz y los espanta bajo un capuchón que blande una espada resplandeciente.

*Periodista independiente. 

Articulos relacionados