LA ARDILLA SOLITARIA


Era una hermosa avenida de mangos. Los chicos del pueblo se daban sus mañas para entrar burlando de alguna manera el ojo avizor de los guardias del condominio, quizá estos se hacían los de la vista gorda ante esos alegres y disparatados ‘’enanos” como los llamaban, total aquellos rapazuelos recogerían del suelo las frutas maduras, quizá con un esfuerzo mínimo se harían de las ya dispuestas a descender a tierra. Algunas veces un hermoso pájaro de plumaje de un color de bronce dorado salía alborotado de entre las ramas en que estaba oculto, hábil cazador a la espera de la presa propicia para caer sobre ella. Era un gavilán. Otra era una diminuta ardilla de pelaje castaño oscuro que solía jugar a las escondidas ‘’a que no me atrapas” con la alegre pandilla, los chicos ya la conocían, en los bolsillos de sus desarrapados calzones le guardaban granos y migas de pan. Era una ardilla solitaria. Nunca la vi acompañada y no desconfiaba de los pequeños que le daban de comer colocando en las palmas abiertas de las manos su tributo de amor y solidaridad infantil.
Una mañana, como todas aquellas de mis acostumbradas andanzas hacia el pueblo, la vi cruzando veloz la calzada para subir al tronco de un árbol macizo que estaba a su alcance. Me detuve a observarla con cuidadosa curiosidad, pero ella escabulléndose por entre el grueso codo de un árbol vigoroso asomaba su cabecita con gran disimulo, veía sus diminutas pupilas mirándome juguetona, luego discreta y con gran agilidad en un abrir y cerrar de ojos da un salto hacia arriba escurridiza por entre el frondoso ramaje del árbol de mangos. También en algunas ocasiones me sorprendía una iguana de increíbles proporciones que mantenía alerta su cola en ristre como un arma de defensa y ataque formidable. Pero, cuál no sería mi susto y pavor una tarde de sofocante calor al levantarme del sillón en que me encontraba leyendo una novela de espionaje de Sofonías Yacup, un novel escritor guapireño, completamente concentrado y aislado de todo cuanto me rodeaba, al descubrir a casi un metro de distancia de mis pies enroscada una bella coral rojinegra. Ya de por si estaba condenada a muerte pues en el vecindario hay muchos niños alegres y juguetones que desconocen el peligro. Lo hizo el jardinero, de un machetazo le cortó la cabeza. De igual manera a machetazo limpio, acompañado de una sierra mecánica, fue despedazado el gigantesco eucaliptus que amenazaba a los vecinos temerosos de que en uno de los feroces vendavales acompañados de truenos, rayos y centellas se desplomara sobre la maravillosa choza de mármol y ladrillo de los recién horneados ricachones de la nueva ola que tanto campean en los alejados recintos de las ciudades grandes. Los vendavales y violentas lluvias dejan inmensos charcos y diminutas lagunas en los predios que antaño eran campos de arroz e interminables pastizales para el ganado de cría. Aparecen entonces las garzas como blancos interrogantes añorando épocas en que allí podían encontrar peces y otros exóticos alimentos, acompañadas de patos salvajes, negros y de corvos picos, dándole al paisaje entre urbano y silvestre un extraño colorido de nostalgia y olvido. Recuerdo en mi ya lejana infancia la existencia de un diminuto poblado del Valle del Cauca que atraía por la presencia de pavos reales que extendían las plumas de sus colas, vanidosos y superfluos, a manera de un abanico de multlcolores piedras preciosas, como las ancianas de una sociedad caduca, fuera de su tiempo y gloria, exhibiendo sus pieles, sus joyas y sus collares ya de poco valor por su efímera edad en una época en que todo eso ha perdido valor frente a la expansión de lo ridículo y virtual de la era electrónica.
La avenida de los frondosos mangos dejó de ser y la olvidaron los rapazuelos del pueblo que no volvieron, la solitaria ardilla los busca y en su desasosiego va de árbol en árbol como una huérfana desamparada. Los genios de la administración, que vigilan y protegen el medio ambiente, idearon una poda a manos de obreros poco capacitados para ello, al parecer lejos de mejorar los caparon pues los arboles no volvieron a dar frutos. Sucedió lo mismo con la plazoleta de la pequeña parroquia. Talaron árboles y mutilaron otros, quedó al descubierto y libre de sombras protectoras la pista donde los niños del vecindario juegan baloncesto o futbol, las niñas más discretas y juiciosas pasean en bicicleta, las más pequeñas tratan de aprender su manejo o a mantener el equilibrio en sus intentos de patinaje. Una cuadra más adelante está la estación de policía, sobrepasando la carrera decima el edificio de un supermercado nunca solitario vecino a otro de exclusiva variedad de frutas y legumbres. Campea la población afrodescendiente, dicen que representa un 60 por ciento, soldados y policías son del mismo orden que los conductores de taxis y buses interurbanos. No he podido encontrar un índice que me indique la estructura étnica. Aparte de los afrodescendientes de pura cepa hay un grupo variopinto de mestizos, mulatos, cuarterones, criollos desmejorados por el clima y el caótico comercio donde abundan las peluquerías, las panaderías, los salones de belleza, los talleres reparadores de vehículos y motocicletas, los comedores que no restaurantes que ofrecen pollos asados, almuerzos ‘’ejecutivos’’, “empanadas a 4 x 1000”. Uno del lejano oriente hace gala de su especialidad, arroz chimbo, perdón, arroz chino. La población indígena es invisible. No se sabe su existencia, los ya aculturados se ven haciendo compras, las mujeres pasean por el parque luciendo sus galas y niños chupando helados o paletas, a la par con la población morena y los sobrevivientes de fotógrafos ambulantes a la caza de clientes.
Los almacenes de ropa son incontables, los ecuatorianos de Otavalo tienen tres bien surtidos de cobijas de lana, ropas de lana y vestimentas modernas de textiles propicios para el cálido clima. Ahora entre esos grandes almacenes de ropa de toda índole y reconocidas marcas luce sus galas un nuevo local para “Herpo” que ofrece asimismo variados artículos finos y de precios accesibles. “Herpo” está estratégicamente situado a pocos pasos del llamado Parque de los Cholados, una especialidad de los lugareños que producen con una increíble y variada cantidad de frutas adicionadas de jarabes, mieles, leche malteada, helados y todo cuanto la imaginación tropical de estas habilidosas gentes puede hacer realidad.
La plaza principal, el Parque Municipal, nunca solitario. Existe en uno de sus costados un centro cultural, varios expendios al aire libre de artesanías y ocasionalmente también venta de libros. Los lustrabotas tienen su sitio privilegiado y un ingenioso librero una estantería móvil, un escaparate a ruedas lleno de libros y revistas. Tres escribanos públicos ofician con sus máquinas de escribir portátiles, quizá pronto aparezca alguno con un ordenador moderno con impresora apto para sus labores públicas. La alcaldía está a pocos pasos frente a la inmensa iglesia que solamente abre sus puertas los domingos y fiestas religiosas. Abundan los templos llamados cristianos adaptados en locales que quizá fueron al principio hechos para guardar vehículos. Algunos tienen buenos oradores, en otros los canticos y los salmos son notables como los que suelen verse en las películas gringas. Es un pueblo alegre al parecer de gente feliz, pero la nota triste la ponen mujeres indígenas que con sus críos estáticas y silenciosas permanecen sentadas en algunos andenes vecinos al parque en cuyo centro se yergue con su lanza inhiesta el cacique Hamoundi que le da nombre a esta pequeña localidad de aproximadamente cien mil habitantes situada a 20 kilómetros de distancia del perímetro sur de la ciudad de Cali. Dolor y lástima me causan estos grupos indígenas que no extienden la mano para rogar la caridad de Dios, solamente exhiben un cartón con un mensaje mal escrito en español: necesitamos, ropa, comida y alimentos. Una hermosa mujer afrodescendiente hace un alto en su camino para extraer de su cartera un billete que pone en manos de una de estas indígenas, mientras la otra que carga unas botellas de plástico con agua baña a dos críos, que ríen en su indigencia alegres y divertidos, para amainar el calor sofocante de la mañana. La caritativa y bella mujer de ébano comenta a su compañera: “¡pobre gente!, quien sabe dónde pasaran la noche”. Los “blancos”, los mestizos son indolentes, como el país que se precipita al vacío con sus malos gobernantes autoelegidos con la benevolencia de un pueblo que perdió la fe y la confianza, un pueblo que sobrevive por inercia, que paulatinamente abandona las filas de la iglesia católica y busca refugio en los “pastores” que han encontrado un buen negocio para canalizar ese desengaño y la búsqueda de alguna esperanza en un país que lo ha perdido ya todo a manos de una elite que busca su propio beneficio a costa de mucha violencia y de mucho crimen. Ya no cree en milagros ni en las autoridades que provocan actos de terrorismo para inculpar a otros en su afán de perpetuarse en el poder. Me conmovió al infinito una niñita indígena, quizá menor de dos años, cuando me aproximé al grupo para darles no solamente dinero sino también una bolsa con pan y frutas para los niños, la pequeña sin ningún temor se acerca para poner en mis manos un trocito de manzana del que ella disfrutaba en su inocencia. Se me llenaron de lágrimas los ojos y de congoja el corazón. Dios las bendiga y las tenga en su Santa Misericordia.





