Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Jueves:
Popayán 5 y 6
Cali 5 y 6
Jueves, 1 de octubre de 2026

Dosis controladas de saber para sociedades obedientes

Dosis controladas de saber para sociedades obedientes

Alfonso Luna Geller

  • El conocimiento profundo es un monopolio reservado a los países desarrollados
  • Nos administran dosis controladas de conocimiento
  • La educación que forma operadores, no creadores
  • El poder teme a quien piensa por cuenta propia

Estamos inmersos en un flujo vertiginoso de pantallas, algoritmos e inteligencia artificial. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano. Pero esa abundancia es engañosa, es una absurda paradoja: mientras más datos recibimos, menos tiempo dedicamos a leer con profundidad, a investigar con rigor y a pensar por cuenta propia. Así, la era que prometía democratizar el conocimiento también está produciendo una nueva forma de analfabetismo funcional. Para eso se creó la I.A.

Este fenómeno no es fruto del azar ni un simple efecto colateral de la era digital; funciona con precisión porque es novedosa estrategia política.

El conocimiento real —aquel que transforma realidades, genera producción soberana y otorga autonomía colectiva— sigue siendo un monopolio celosamente custodiado por los centros de poder de las naciones desarrolladas. Esas sociedades no exportan libremente la ciencia que reproduce su propio desarrollo y riqueza: la dosifican, la licencian, la concesionan y la venden bajo estrictas condiciones de dependencia.

Lo que llamamos “progreso” nos llega casi siempre bajo concesiones, formatos y licencias importadas. No tenemos verdadera creación estructural; los profesionales son formados en universidades moldeadas para la operatividad, “terminan sus estudios” convertidos en operadores eficientes de sistemas diseñados en otras latitudes. Ensamblamos, aplicamos protocolos, repetimos modelos, obedecemos estándares, importamos soluciones y celebramos como progreso lo que muchas veces es apenas permiso concedido.

La ciencia se administra en cuotas estrictas para evitar que se sobrepasen ciertos límites reservados a los creadores, transformadores o competidores industriales.

El verdadero conocimiento, obviamente, funciona como propiedad intelectual, con derechos de autor. En consecuencia, en países como el nuestro, seguimos operando mucho de lo que otros inventan; no fabricamos computadores, vehículos, medicamentos, ni tecnología estratégica propia porque nos acostumbraron al dato servido, al pensamiento prefabricado. Nos entrenaron para consumir información, no para construir conocimiento.

Es más, quien lee o estudia de verdad, no solo para obtener un título o cumplir una exigencia académica, quien investiga, duda, compara y piensa por cuenta propia, deja poco a poco de ser un consumidor dócil de información y empieza a convertirse en un sujeto político crítico. Por eso la lectura profunda resulta tan incómoda para cualquier forma de poder: porque no se limita a pasar los ojos sobre una página, sino que activa un proceso mental lento, reflexivo y deliberado, capaz de comprender, analizar, interpretar y relacionar ideas complejas. Leer así ensancha la conciencia, fortalece la memoria, afina el criterio y despierta preguntas. Y cuando esas preguntas se unen a la investigación rigurosa, el pensamiento deja de repetir lo que otros imponen y empieza a producir sentido propio. Allí comienza la verdadera autonomía intelectual.

Por eso, la lectura crítica —en esta época de inmediatez digital— es un acto de rebeldía. Leer es recuperar el tiempo propio en un mundo que pretende robarnos la atención. Investigar es negarse a vivir de emociones prefabricadas y versiones oficiales. Pensar por cuenta propia es romper la cadena invisible de la subordinación.

Claro está, también hay quienes se deleitan en la sumisión y encuentran comodidad en la obediencia. Son muchos los que prefieren la jaula si viene bien decorada, la subordinación si les evita el esfuerzo de pensar, la esclavitud si se les presenta con entretenimiento, seguridad o aplausos. Frente a esa servidumbre voluntaria, poco puede hacerse. La libertad no se impone, se elige; también exige carácter, y no todos están dispuestos a pagar el precio de ejercerla.

Imagen destacada es una ilustrativa creada con IA.


Otras publicaciones de Alfonso Luna Geller en Proclama del Pacífico:Alfonso J. Luna Geller