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Martes, 6 de octubre de 2026

Rulfo y Gabo: Los arquitectos de nuestra identidad

Rulfo y Gabo Los arquitectos de nuestra identidad

Imagen por: https://gemini.google.com/

GLORIA LEÓN VALENCIA
GLORIA LEÓN VALENCIA

El Día del Idioma no es solo una efeméride en el calendario; es la conmemoración de una herencia viva que nos permite resaltar la riqueza de nuestra lengua, el poder de la palabra y la identidad que nos une como hispanoparlantes. El español es una lengua que no solo se habla, sino que se siente, se escribe y se vive en cada rincón de nuestra América.

En esta fecha, resulta imperativo rendir un sentido homenaje a los maestros de la palabra. Primero, a ese arquitecto del silencio y de la memoria que fue Juan Rulfo. A cuatro décadas de su partida física, su presencia permanece viva en cada lector que se adentra en su universo literario. De igual manera, recordamos a nuestro Nobel, Gabriel García Márquez, quien a través de su pluma nos universalizó. Su realismo mágico se mantiene como una historia viva que nos saca de la cotidianidad para invitarnos a mundos imaginarios que, a menudo, resultan ser los más reales.

Tanto Rulfo como Gabo nos enseñaron cuán profundo y humano puede llegar a ser el lenguaje. Nos hicieron recorrer caminos como esa Comala, suspendida en las brasas del infierno, o aquel Macondo donde lo imposible era parte de la rutina.

En las páginas de Rulfo el silencio habla, la memoria respira y el dolor se convierte en poesía; sus personajes, aun después de la muerte, siguen contando nuestra historia. Por su parte, García Márquez nos permitió reflexionar sobre Macondo como una metáfora de la fatalidad histórica de nuestra América: una región conquistada, colonizada y, tantas veces, violentada.

Hoy celebramos el idioma como herramienta de construcción y camino hacia el conocimiento. Honramos la palabra que educa, que inspira y que transforma. Que sea este el momento para invitarnos a leer más, a escribir con el corazón y a reconocer en nuestra lengua una fuente inagotable de cultura.

Debemos seguir haciendo de las palabras un acto de amor, de respeto y de creación. Al final del día, como bien sentenció el propio Rulfo: “Las palabras bien dichas nunca mueren”.


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