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Domingo, 4 de octubre de 2026

La luna del 26

la luna del 26 análisis

Imagen por:https://gemini.google.com/

Por: Jaime Cardenas

Regresaron los astronautas de su viaje a la Luna, le dieron la vuelta y, con bombos y platillos, volvieron como héroes en un momento en que los Estados Unidos carece de ellos. Descendieron en 1969, pero si hoy intentan pisar el suelo selenita, seguramente serán rechazados y humillados; tendrán que volver inmediatamente al país del monstruo, de los piadosos masacradores.

En 1969, la información que se disponía en la Luna sobre el país de Neil Armstrong era por demás precaria. Se contraía básicamente a la revista mensual Selecciones, a Life y a Time; había que agregar Playboy, del privilegiado Hugo. Publicaciones técnicamente muy bien realizadas, pero que nada decían sobre el carácter criminal y racista del gobierno de los Estados Unidos. Eran, de una u otra forma, una exaltación del american way of life, del éxito a través del individualismo más cerrero, del consumo y de la publicidad que vendía un sueño: el sueño americano, en el cual se podía llegar a ser feliz partiendo de cero, sin importar el prójimo.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy la Luna no es ajena a las fechorías y villanías de los Estados Unidos. Las redes sociales le han permitido saber lo que antes ignoraba. De haber sabido en 1969 lo que el gringo había hecho, lo hubiera echado, como los vietnamitas en su momento. Para esa fecha, los Estados Unidos en nuestra América venían de un reciente golpe de Estado en Brasil, de otro en Guatemala, y de asesinar al Che con sus rangers en Bolivia. Y si se mira atrás, se habían llevado a Panamá de Colombia y, un poco más atrás, en el siglo XIX, se engolosinaron con un bocado exquisito: medio México.

Por eso, la Luna, en este sangriento abril, no hubiera dejado entrar a los gringos. Y no debe permitir que lleguen colombianos. Idolatran la paracocracia, a los asesinos de jóvenes, y son ruidosos; contaminan lo que tocan. Donde pueden, montan una taberna con horribles vallenatos o una caseta para vender choripapas y perros calientes. Y ojalá tampoco deje entrar a los venezolanos, a menos que se les exija pasado judicial actualizado y certificado laboral. Y, claro, veto absoluto a los sionistas, la peor peste contemporánea. En general, es de esperar que se prohíba el ingreso a los indiferentes que ven a niños hambrientos acudir en la franja de Gaza a coger un miserable plato de comida y, en el acto, son masacrados por los semianimales de los sionistas, mientras continúan impávidos viendo TikTok.

Es de añorar que la nueva organización mundial, que supla a la decadente ONU, determine una restricción total al ingreso a la Luna; de lo contrario, llevaremos lo peor de la humanidad fuera de este planeta. Veremos los letreros: “No pase”, “Propiedad privada”, “Cuidado con el perro”, “Cuerdas de alta tensión”, “Zona militar”, “Prohibido el ingreso”, “Central atómica”, “Peligro”, “Zona de confort restringida”, con playas artificiales y hoteles cinco estrellas. Veremos bancos por todo lado, iglesias pentecostales, adventistas, de los santos de los últimos días, de los testigos de Jehová, y veremos en la televisión al padre Chucho vendiendo al contado una romería a Tierra Santa. Y allá arribarían Julito, Felipe Zuleta, Marbelle, María F. y sus vaquitas, y a Sarmiento Ángulo y sus acólitos.

Sería injusto. Desde siempre la Luna ha sido nuestra aliada; ha sido amante, consuelo, cómplice. ¿Qué sería de Drácula, de Frankenstein, de los lobos, sin ella? Ella hace crecer las plantas, anima a los mares, reconforta los manicomios e inspira a los poetas. De ahí que, por lo general, los poetas vivan en la Luna. Poeta que se respete le ha dedicado algún verso o un poema. Diego Fallón, en Colombia, le escribió uno larguísimo que el profesor, el Rano —apodo que hereda o se transmite por ósmosis gracias a su novia, conocida como la Rana—, por allá en el quinto B, pretendió que lo recitáramos de memoria. Nos salvó de unos ceros colectivos el flaco Escandón, que lo hizo de manera impecable y, por ello, fue seleccionado para recitar, en nombre del curso, con elocuente mímica, en la izada de bandera. Coincidencia o hechizo: su novia se llamaba Luna, Luna Restrepo. Creo que lo sigue iluminando hasta el día de hoy.

Safo, la poetisa griega de la antigüedad, en pocas palabras mostró la trascendencia y la belleza de la Luna:

La Luna
Las estrellas alrededor de la hermosa Luna
se desvanecen y desaparecen muy pronto,
cuando, redonda y llena, su rostro plateado
aparece ante nuestros ojos e ilumina todo el espacio.

Pero no solo los poetas le han cantado a la Luna. Grandes cantores de aquí y de allá, de ayer y hoy, lo han hecho. En el pasado: Javier Solís, Bienvenido Granda; lo mismo la negra Celia en su versión de La Vieja Luna. De este tiempo, está la salsa de Willy Colón: Calle Luna, calle Sol. La canción de Los Fabulosos Cadillacs, Siguiendo la Luna, es extraordinaria, como lo es la versión de Sinatra: Fly Me to the Moon; y ahí está esa maravilla de canción: Moon River, en la voz de Audrey Hepburn. Por su parte, Debussy y Beethoven, con sus Claro de Luna, dejan para ella en su piano notas inmortales.

Puede ser que los niños y las niñas del futuro —si hay futuro— redescubran el encanto de la Luna, su magia y su bondad, y que celebren su misterio. Este tiempo llama a pisotear lo sagrado, al fin del mito, al irrespeto de la belleza. Confiemos en que el rumbo de la humanidad se corrija, que volvamos a levantar la mirada y, en el encuentro con la noche, la vieja Luna nos vuelva a seducir, a alegrar nuestro paso, siempre fugaz.


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