Sarita y la Thatcher


Murieron casi al tiempo y con ellas dos iconos de una época que abarcó la segunda mitad del siglo XX. Sarita Montiel brillando en el espectáculo desde los cuatro años de edad, en Orihuela, la misma tierra de Ramón Sijei, a quien el poeta Miguel Hernández dedica la Elegía, cantada por Serrat. La Thatcher encarnando con Reagan, la mano dura que al impulsar la carrera nuclear, ayudó a poner en crisis al socialismo soviético, ya minado por las contradicciones internas y el destape del escabroso pasado estalinista y de sus sucesores que promovió Gorbachov con el “Glasnost y la Perestroika”.
La Montiel desde niña filmó sus primeras películas, después de ganar un concurso de canto que la llevó a que la formaran artísticamente en Madrid. A diferencia de Joselito, ‘el niño cantor’, cuya fama se esfumó al entrar en la adolescencia, Sarita siguió de largo, presentándose en teatros y llamada a actuar en películas durante la adolescencia, edad adulta y hasta cuando superó los ochenta años, pues hasta última hora acudió a cirugías plásticas, vestía con picardía, continuaba con sus presentaciones en los escenarios y los medios de comunicación seguían pendientes de su vida de diva eterna con varios matrimonios encima.
La Thatcher, primero convulsionó la vida socioeconómica de Inglaterra. Después junto a Reagan, sacudió todo el capitalismo al promover el ‘neoliberalismo’, caracterizado por la privatización de la salud, la educación y desmontar el ‘Estado benefactor’ que le garantizaba innumerables derechos laborales, la jubilación a todos los trabajadores y empleados y subsidiaba tradicionales sectores como la minería del carbón a la que desmontó después de enfrentar duras huelgas. También minimizó las instituciones creadas por el Estado para controlar las ganancias de los capitalistas, dejándolas a la ‘libre autorregulación del mercado’, que en las décadas de los 80 y 90, impusieron a través del Banco Mundial y el FMI, llevándonos a la crisis socioeconómica que afrontaron la mayoría de países latinoamericanos y en la actualidad mantienen postradas a las economías europea y norteamericana al desbordarse los abusos especulativos de los grandes monopolios industriales y financieros ávidos de ganancias y sin control de los estados.
Cuando Sarita sintió que la censura del franquismo encarcelaba su creatividad y potencial artístico se fue a México, donde, además de protagonizar películas con Pedro Infante y otras estrellas de la época, aprendió a escribir y a leer con maestros como su compatriotas encabezados por el poeta León Felipe, numerosos intelectuales que escaparon a la dictadura de Franco y con Alfonso Reyes, Frida Kahlo y Orozco compartieron veladas bohemias donde brillaba la inteligencia y alegría. De México atrajo a productores de Hollywood donde fue dirigida por prestigiosos cineastas filmando varias películas con Burt Lancaster, Gary Cooper y otras estrellas. Cuando se cansó de que sólo la tuvieran en cuenta en papeles donde actuaba de ‘mexicana’ o latina, regresó a España y como protagonista filmó y cantó en numerosas películas como “La Violetera” y el “Ultimo Cuplé”, que la consagraron como estrella y diva en su país, Europa y toda Latinoamérica, compartiendo esa condición de símbolos sexuales de los 50 y 60 con Sofía Loren, Brigitte Bardot, Liz Taylor y Marilyn Monroe, entre otras.
La Thatcher, al aceptar el reto lanzado por los dictadores argentinos buscando lavar su imagen de asesinos y torturadores al ocupar las Islas Malvinas, actuó como el “hombre más duro de Europa”, según hablaba de ella su compañero de andanzas, Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos durante la recta final de la ‘guerra fría’, e indirectamente aceleró la caída de Videla y sus compinches, discípulos de Pinochet, otro gran amigo de la Thatcher.
Con estas dos mujeres muere una época convulsa que marcó a quienes nos acercamos al sexto piso. En nuestra niñez y adolescencia Sarita Montiel nos hizo soñar en las desaparecidas pantallas de los viejos teatros. La Thatcher y Reagan, en las de televisión, nos hicieron temblar cuando con Breznev y otros patriarcas de la Unión Soviética se amenazaban con hundir los botones para desencadenar el apocalipsis nuclear.




