GIOVANNI QUESSEP


Leyendo la poesía del maestro Giovanni Quessep queda uno salpicado de frases sibilinas, como en ronda de un tesoro. Puede volver la muerte entre cipreses, las rosas dirán un salmo para conjurar la tarde, el almendro dará su perfume a la noche bruja, el laberinto se iluminará con alas.
El maestro no renuncia a las visiones; las acrecienta como un prestidigitador con fuerza de luna, con canto redentor. Serán como de un libro en la edad infinita de la primavera, aunque el invierno haya dejado nieve de oro entre sus páginas, el verano vuelva con el rostro de la amada a inquirir por el castillo de bruma, o el otoño siga cantando en medio del lago todo el tiempo. ¿Y qué es la amada? La palabra con contornos de mujer, la danza que ejecuta su perfume, la niebla con piel joven. Sutilezas de Delfos, es decir, etéreas voces en continuo amanecer, tonos musicales de un murmullo florante; algo de las mil y una que fueron noche y hoy son día con resplandor de estrellas; el oráculo del adivino y el entendimiento que pugna por asir su luz en sombra.
La poesía del maestro Quessep sin duda revelará muchos nocturnos nimbados de parábolas, y quien los lea pasará la noche en vela; entonces vendrán espirituosas formas a quemar las vasijas de tierra, porque ya nada existirá como era sino con un rostro donde lo nuevo borrará todo; escoba mágica para desunir el tiempo o, por el contrario, bordarlo con la eternidad que une.
Leer la poesía de Giovanni Quessep devuelve la nostalgia de un pasado mágico; el telar de la vida acogerá todas sus estrellas.
«No traigas a mi puerto
la luz de un cielo que no tuve,
sus músicas no oídas.
Llámame en la memoria, búscame
desde adentro de un mal donde hubo cánticos,
leyendas que no cesan de apagarse en mi infancia.
No quieras, no, traerme un tiempo
de esperanza y de culpa, sus castillos de polvo».
(«Las músicas no oídas», de «El artista del silencio»).




