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Viernes, 2 de octubre de 2026

PONCIO PILATOS Y JESÚS

Poncio Pilatos y Jesús
Paul Disnard
N. Sandoval-Vekarich

No conozco el original. Se trata de un texto apócrifo que han repetido publicaciones de sociedades de ocultistas, primordialmente de Francia, en este caso proviene de una copia que apareció en la revista “Tajna” de Belgrado, antigua capital de Yugoslavia, número 9 de l988. Es evidente que el autor o los autores retratan a Jesús como un ser privilegiado de cabellos rubios y ojos azules dentro de un conglomerado humano asentado en Palestina, semitas en su totalidad de piel oscura y cabellos negros y crespos. El judío no es una raza específica, no lo es el israelita, son semitas como los árabes mismos, la diferencia estriba en que ellos aceptaron un dios único y rechazaron los miles de dioses de sus coterráneos palestinos. No son rubios ni de ojos azules, no lo era Abel, tampoco Caín, falta saber en realidad quién era Moisés o si María tenía algo que ver con los arios de la India, la ascendencia de los romanos estaba en los etruscos y una antigua civilización pelasga que dio reyes y emperadores convertidos por la leyenda en dioses cuando el Senado de Roma decidió que desaparecieran las academias e instituciones etruscas para dar paso a la nueva era de un Imperio deseoso de gloria y de riquezas asimilando, sin titubeos, a una población de migrantes y mercachifles dueños ya de incalculable fortuna y fructíferas propiedades. Fueron, desde ese momento, declarados excelsos hijos de Roma. Ser “romano” era una carta de inmunidad y derechos privilegiados de los que no disponían quienes, en ese mismo instante, dejaban de ser ciudadanos de Roma. Era, como hoy diría Obama, el imperio más poderoso de la tierra. El adn actual de los judíos ya no concuerda con el adn de la época en que eran primos hermanos de los árabes, en millares de años de trashumancia y mezcla inevitable de enamoramientos y casorios podrían tal vez hoy parecerse a Jesús de Nazaret, tal vez no al mismo Bar Abaá, el jefe rebelde de los elotes cuya liberación le pedían a Pilatos confundiéndole con el Hijo del Padre, como solía llamarse así mismo el Profeta de la Montaña.

Poncio Pilatos y Jesús

CARTA DE PONCIO PILATOS A TIBERIO CESAR

Tiberio César:

En Galilea ha aparecido un hombre joven que, en el nombre de Dios que le ha enviado, predica una nueva ley: la humildad. En los primeros momentos pensé que sus intenciones eran las de incitar al pueblo a una revuelta contra Roma. Pronto abandoné las dudas. Jesús de Nazareth habla como si fuera más amigo de los romanos que amigo de los judíos.

Un día sorprendí a este joven hombre entre un grupo de gente, recostado en el tronco de un árbol, hablando con tranquilidad a la multitud que le rodeaba. Me dijeron que era Jesús. Eso era evidente por la enorme diferencia entre Él y aquellos en torno suyo. Su barba y sus cabellos rubios le daban una impresión divina. Era de unos treinta años, nunca antes había yo visto un rostro tan agradable y amable. Qué diferencia entre Él con su piel clara y aquellos de barba negra que le escuchaban.

Como no quería mortificarle continué mi camino, diciendo de todas maneras a mi secretario que se acercara al grupo y escuchara. Más tarde mi secretario me dijo que nunca, entre las obras de los filósofos que había leído, podía encontrarse algo con que comparar las enseñanzas de Jesús y de que Él en ningún momento incita a la gente a seguir un camino equivocado ni era tampoco un agitador. Por lo tanto resolvimos protegerlo. Era libre de actuar, de hablar y de convocar a la gente. Esta ilimitada libertad provocó resentimiento en los jerarcas judíos, no intranquilizaba a los pobres sino a los ricos y poderosos.

Más tarde escribí una carta a Jesús rogándole una conversación en el Foro. Él vino. Andaba yo en mi paseo matinal cuando el Nazareno se presentó, mirándole quedé paralizado. Parecía como si mis pies estuvieran atados con cadenas al suelo de mármol, tiritaba yo como si fuera culpable de algo, Él estaba tranquilo.

Alterado durante algún tiempo analicé a este hombre excepcional. Nada había de desagradable en su aparición o en su carácter. En su presencia sentía un profundo respeto hacia Él. Le dije que en torno suyo había un aura y de que su personalidad tenía una contagiosa simplicidad y lo coloqué por encima de todos los actuales filósofos y maestros. Dejó una profunda impresión en todos nosotros, gracias a sus agradables maneras, simplicidad, humildad y amor.

Esta es, Excelso César, la obra que se refiere a Jesús de Nazaret, he necesitado tiempo para informarte con detalles sobre este asunto. Mi opinión es la de un hombre capaz de convertir el agua en vino, que sana a los enfermos, que levanta a los muertos y calma el mar agitado, no es culpable de obra criminal. Como ya otros lo han dicho, debemos reconocer que Él es un verdadero hijo de Dios.

Tu fiel servidor,

Pontius Pilat.

Tomado y traducido de la Revista serbia “Tajna”, número 9 nov. 1988.

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