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Lunes, 19 de octubre de 2026

55 años aprendiendo el arte de contar la verdad

Del oficio a la cátedra A pocas semanas de conmemorar el Día del Periodista en Colombia, el próximo 9 de...

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55 años aprendiendo el arte de contar la verdad

Del oficio a la cátedra

55 años aprendiendo el arte de contar la verdad

A pocas semanas de conmemorar el Día del Periodista en Colombia, el próximo 9 de febrero, resulta imperativo abrir la bitácora de la memoria. Más allá de la celebración protocolaria, esta fecha exige revisar los cimientos de un oficio que ha mutado en las formas, pero no en la esencia. Desde Proclama del Pacífico, nos anticipamos al calendario para recordar por qué el conocimiento, la experiencia y la adaptación tecnológica son las únicas garantías de vigencia en medio de la vorágine digital.

Alfonso Luna Geller

La tradición del periodismo en Colombia posee una raíz profunda, anterior a los diplomas y a las facultades. Existe un linaje de reporteros que aprendimos el oficio untándonos de tinta en los talleres, gastando suela en la calle y devorando libros bajo la luz de una lámpara cuando la academia aún no había sistematizado este arte. Hoy, al valorar la formación universitaria de las nuevas generaciones, resulta indispensable mirar el retrovisor para entender por qué Proclama del Pacífico acumula más de medio siglo de vigencia: nacimos en la época de oro del empirismo ilustrado y nos mantenemos en la era digital con la misma obsesión por el estudio.

Mi ingreso a este mundo ocurrió a mediados de los años sesenta. Siendo un estudiante de bachillerato en el Instituto Técnico de Santander de Quilichao, dirigí el Vocero Estudiantil. En 1970 fundé El Observador y para 1983 di vida a Proclama del Cauca. En aquellos años, el periodismo se ejercía como una vocación vital, un llamado que ignoraba horarios y exigía una autoformación rigurosa. Mi facultad fueron las lecturas de los grandes maestros globales. Mis docentes a distancia fueron Bob Woodward y Carl Bernstein, quienes desde The Washington Post enseñaron al mundo el poder de la investigación con el caso Watergate.

Aprendí la técnica narrativa leyendo a Tom Wolfe y a Gay Talese, padres del Nuevo Periodismo que demostraron que la realidad supera la ficción si se cuenta con calidad literaria. Estudié la reportería visceral de Ryszard Kapuściński en África y la confrontación directa de Oriana Fallaci en sus entrevistas. Y abracé la prosa necesaria de Eduardo Galeano, quien desde Las venas abiertas de América Latina me enseñó que el periodismo es la memoria encendida del continente y la voz de los que han sido silenciados. Esa fue mi escuela. Una formación personal, disciplinada y constante que me permitió cimentar un criterio propio mucho antes de que existiera un título que lo certificara.

El nacimiento de la academia

Mientras yo editaba mis primeros periódicos en el Cauca, Bogotá presenciaba un hito histórico. En 1967, la Pontificia Universidad Javeriana fundó la primera Facultad de Comunicación Social del país. Fue el tránsito formal del oficio a la disciplina académica. Lo interesante de aquel génesis radica en quiénes fueron los maestros. Ante la inexistencia de comunicadores titulados, la cátedra la impartieron sacerdotes jesuitas como José Celestino Andrade y Ángel Valtierra, junto a filósofos, literatos y, por supuesto, periodistas de oficio.

La academia se nutrió de la práctica. Figuras como Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador, o el novelista y jefe de redacción de El Tiempo, Eduardo Zalamea Borda, llegaron a las aulas para enseñar lo que vivían en las salas de redacción. Fue un momento fundacional donde la experiencia práctica dictó la teoría. Posteriormente, en la década de los setenta, la Universidad del Valle expandió esta oferta al suroccidente, consolidando un enfoque que integró lo comunitario y lo organizacional.

La legión de los intrusos brillantes

La historia del periodismo colombiano está escrita por ingenieros, abogados y médicos que terminaron seducidos por la noticia. Grandes referentes nacionales llegaron al periodismo desde otras orillas del conocimiento. Gabriel García Márquez, nuestro Nobel, se forjó en las redacciones. Guillermo Cano, mártir de la libertad de prensa, fue un autodidacta excelso.

La lista es contundente y demuestra que el periodismo es, ante todo, una actitud intelectual. Hernán Peláez Restrepo, el ingeniero civil que revolucionó la radio deportiva; Daniel Samper Pizano y María Isabel Rueda, abogados que encontraron en la columna de opinión su estrado; Yamid Amat y Juan Gossaín, empíricos puros que definieron el lenguaje de la radio y la televisión moderna. Incluso Pirry, publicista de formación, encontró en el documental periodístico su lenguaje. Todos ellos validan una verdad: el título abre la puerta, pero la curiosidad intelectual sostiene la carrera.

De la tinta de plomo a los algoritmos

Este viaje no fue solo intelectual; fue una metamorfosis tecnológica que vivimos con las manos manchadas de tinta. Los primeros periódicos que publicamos transitaron por la artesanía ruda de la tipografía y el plomo -recuerdo el Editorial Pacífico, en San Nicolás, Cali, años 70- luego, migramos hacia los procesos litográficos -diarios El Pueblo y El Caleño que tenían rotativas- y dominó la alquimia del offset y la fotocomposición. No nos detuvimos ahí: abrazamos la impresión digital -diario El Tiempo– cuando era una novedad y hoy, con la misma curiosidad de antaño, implementamos con éxito las metodologías de la Inteligencia Artificial. Proclama del Pacífico no solo ha contado la historia; ha evolucionado con el soporte mismo de la historia.

La vigencia del estudio perpetuo

Hoy, con 55 años de ejercicio ininterrumpido incrustados en la piel, sigo estudiando. La tecnología avanza con una velocidad que convierte la novedad de hoy en la obsolescencia de mañana. Proclama del Pacífico entiende que la formación universitaria actual es vital para navegar este ecosistema digital, ético y técnico. Valoramos la academia porque sistematiza el conocimiento, pero recordamos a los nuevos colegas que el diploma es apenas el punto de partida.

El periodismo exige una actualización diaria. Requiere la humildad del estudiante eterno. Esa fusión entre la mística del reportero empírico de los setenta y las herramientas del comunicador digital del siglo XXI constituye el ADN de nuestra casa editorial. Somos herederos de una tradición fuerte y, al mismo tiempo, alumnos de un presente desafiante. Esa es nuestra fuerza. Esa es nuestra historia.


Otras publicaciones de Alfonso Luna Geller en Proclama del Pacífico:Alfonso J. Luna Geller[email protected]

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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