PREJUICIOS Y GAVIOTAS

![Rodrigo Valencia-Donaldo Mendoza[1]](http://www.proclamadelpacifico.com/wp-content/uploads/2013/03/Rodrigo-Valencia-Donaldo-Mendoza11.jpg)
Especial para Proclama del Cauca
R: — ¿Por qué tanto prejuicio «cultural», «intelectual», contra cierto tipo de literatura? Si yo lograra escribir un librito más famoso que Juan Salvador Gaviota, me sentiría con peso para dudar de la validez de ese y otros muchos libros que han caído en la «desgracia» de volverse populares.
D: —Gaviota es realmente una literatura ligera, como para adolescentes, o tantos adultos que llegan a esa edad y necesitan de esas «ayudas» liberadoras.
R: —Se me ocurre mirar el comienzo; tiene un tono apacible, invita a leer. Prejuicios, simplemente. Todos somos bebés y adolescentes en este mundo que se las da de maduro, inteligente, cuerdo. Y todo ello me afirma más en mis pocas querencias hacia un universo cultural donde las suspicacias son muestras de “madurez intelectual”.
D: —Su lectura es agradable; yo lo hice hace muchos años en Selecciones. Adolescente, porque es una pedagogía de la libertad; el librito es una delicada alegoría sobre ese ideal: la formas del vuelo, la altura que se puede alcanzar, la relación con los otros… No pone en riesgo tu condición, al contrario te siembra optimismo; sales «fortalecido», pero con la seguridad de que ese librito no lo volverás a leer, se agota en la primera lectura.
R: —Yo leí Juan Salvador Gaviota cuando tenía unos 22 años. No se puede pontificar en cuanto a que uno no volverá a tal o cual libro; eso depende de las inquietudes e inclinaciones de cada quien. Por otro lado, la libertad que pregona ese librito es la máxima aspiración del ser humano; no tiene edad, y nadie, por «maduro» que se sienta, deja de ser esclavo de sí mismo ni del mundo que le rodea. A mí me parece un libro bello; y la belleza tiene atracción eterna, es trasunto de lo mejor, de lo más alto, de lo trascendente y libre.
D: —En cuanto a volver a leer o no ese libro, hablo exclusivamente de mí, sé que hay autores y obras que demandan más de una lectura, y según los años que hayan pasado el libro que se vuelve a leer ya es otro; estoy seguro que Gaviota no me depararía esa novedad. Insisto, es un libro que se agota en la primera lectura. Tú quizá recuerdas un libro que hace unos 30 años era un verdadero best seller; yo no lo leí, pero lo oía comentar: Tus Zonas Erróneas. Hoy es una sepultura editorial; creo que Gaviota es mejor, pero…
R: —Leí Tus Zonas Erróneas hace unos diez años, también; nunca lo había querido leer, tenía también prejuicios contra este tipo de psicólogos que prometen resolverlo todo, y sin embargo me pareció una buena pauta para reparar comportamientos y autoestima.
D: —Te parece que Zonas hace ese aporte; pero sabes que a ti no te aporta mayor cosa, porque tú has desarrollado una capacidad de discernimiento que no tienen esos que buscan la literatura liviana de autoayuda y superación.
R: —Estoy lleno de problemas, como todo el mundo; pero siempre he tratado de ser mi propio psicólogo. Me acuesto en mi diván psiquiátrico, me introvierto, miro, limpio rincones… y aparecen muchos más. Finalmente, convivo con ellos sin que me importen mucho esos enemigos pesadillezcos que desarman mi esqueleto.
D: —La persona que me habló la primera vez de Zonas lo hacía con especial admiración, como quien había hecho el hallazgo de su vida: «Hay que vivir el presente. Deja de lamentarte de lo pasado, nada puedes hacer para solucionarlo. Vive cada momento como si fuera el último». Y otras simplezas del sentido común. Yo la escuchaba, y lo hacía de manera que ella creyera que lo que me decía me llegaba como luminosa revelación.
R: —Pero son luminancias simples; tienen poder. Y dígame: ¿quién vive realmente en el presente, con lo que toda esa estructura significa? El presente esquivo, única realidad, cura los demás nexos que confunden la vida. El presente axiomático y vivencial, también inquietud primordial de los maestros zen, de Krishnamurti, Osho y otros, incluso de los existencialistas, más “intelectuales”.
D: —Lo cierto es que sólo el PRESENTE es real. Días y noches que se alternan con el mismo sol y la misma luna. 24 horas que se replican hasta el infinito.
R: —En 24 horas nos repetimos en una rutina incesante que no renueva en nada nuestra vida. Prisioneros de un círculo repetitivo hasta lo imposible, despertar y dormir vienen a ser exactamente lo mismo, una costumbre doméstica, un aferramiento a la insignificante «levedad del ser».
D: —Así es. Lo que nos libra de la locura es la ilusión de que el tiempo pasa. ¿Qué tiempo, por ejemplo, le va a pasar a un tipo a quien sentencian a cadena perpetua?
R: —Le pasa y le pesa el interminable tiempo de la espera; aunque puede terminar acostumbrándose a él, en una laxitud e indiferencia. Y todo ello demuestra que el tiempo depende de nosotros, no al revés. El tiempo es el mayor castigo para la sensibilidad espiritual; es su enemigo perpetuo. Buscar la escapatoria, romper el círculo, fugarse de la temperatura y el tiempo acosando en cada uno de los poros, es el anhelo de toda libertad utópica que se solaza más allá de los puentes sobre las aguas de abajo.



