Y Piedad le dio nombre


Foto: El blog de Juan Carlos
Y Piedad le dio nombre

«Lo que no tiene nombre» (Random House/Debolsillo, 2017), es el título de la obra de Piedad Bonnett (Colombia, 1951), que intento reseñar. Varias intenciones subyacen en el título, cuyo núcleo temático es la muerte de su hijo, Daniel Segura Bonnett (1983-2011). En cuanto a estilo o género, ya el lector dirá: un diario, una novela de carácter autobiográfico… O simplemente dejarse llevar por el hilo de la historia.
La autora no tiene ninguna intención de ‘autoayudas’; pero, sin duda, halla asistencia en esta conmovedora catarsis. Indagó en la ciencia y en literaturas que le aportaron información para discernir momento a momento la dolorosa patología de Daniel. Para hallar algunas respuestas es preciso que «nadie llore», dice Piedad. En adelante, y hasta el final, la palabra, el narrar, el escribir, llevará a ella, como a nosotros, a una mirífica purificación: «Y escribo, escribo, escribo este libro, tratando de cambiar mi relación con el Daniel que ha muerto, por otro, un Daniel reencontrado en paz».
Porque sí. El narrar da distanciamiento y perspectiva para que acudan las respuestas y sentidos que se buscan. Porque contando la historia propia, otras confluyen en la suya. Y al sentirse vacilante ante una ayuda metafísica, la fe en las palabras es terapia espiritual y aliento para restañar heridas, y poder decir: «En mi memoria será bello, joven, dulce, para siempre».
Para llegar a este punto, Piedad nos cuenta la vida breve –28 años– de Daniel. En su niñez, una salud física y mental aparentes; hasta los veinte, cuando se manifiesta la primera crisis de esquizofrenia. No obstante, en los primeros años se advertía comportamientos que hacían de Daniel un niño distinto a los demás: «Recordaba que cuando apenas era un niñito de seis años, de voz extrañamente ronca para su edad, dejaba listos desde la noche anterior su uniforme sobre la silla, las medias entre los zapatos y la corbata verde de rayas rojas anudada sobre la camisa. Un adulto en miniatura, un pequeño monstruo perfeccionista que nos causaba admiración y risa». Eran los inocentes años felices de toda la familia.
Con notas sobresalientes en el colegio y en la universidad, Daniel desarrolla su inteligencia y talento; un espíritu interior no demora en decirle que lo suyo es el arte, y lo asumirá con pasión y tozudo esfuerzo: “investiga, analiza y sistematiza sus conocimientos sobre arte”. Sus compañeros y profesores respetaban y valoraban sus aportes críticos sobre ese saber. Justamente este desempeño de Daniel dio señales de los días oscuros que estaban por venir. Del año 2000, a los 17 años, su cuadro ‘Autorretrato’, “… muestra un Cristo en azules, tenso, sufriente, con el vientre en llamas, pintado con «una técnica expresionista», según el comentario que la acompaña (…) Habla de la úlcera que lo atormentó en la adolescencia, de su perfeccionismo…”.
Desde los veinte años, hasta los veintiocho, la enfermedad mental, cual hidra, se fue apoderando de Daniel, cerrándole con los días el círculo. Ya la fuerza de voluntad no le alcanzaba para paliar un sufrimiento que le hacía sentirse a veces en cuerpo ajeno, al punto de sentir odio hacia sí mismo. Para agravar su dolorosa pasión, al advertir comportamientos extraños en él, algunas amigas se distanciaban. Un especialista describe estos ‘trastornos del pensamiento’ en Daniel, como «alucinaciones, delirios, paranoia, voces que incitan… Con la consecuencia inevitable del retraimiento social, y una soledad desalmada que lleva al sufriente paciente a la desesperación y… al suicidio».
Al final, Piedad, el padre, las hermanas de Daniel, y probablemente el lector, encuentran el nombre que se ha buscado, para decir al oído de Daniel, que «su opción fue legítima, que es mejor la muerte a una vida indigna atravesada por el terror de saber que el yo, que es todo lo que somos, está habitado por otro». Un mensaje descifrado para los que de este lado quedamos.
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