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Domingo, 11 de octubre de 2026

Y el río Quinamayó tenía sardinas

Quinamayó

CRONICA

FELIPE SOLARTE
Por Felipe Solarte Nates

“Tu recuerdo se me va… se me va como agua entre los dedos”: balada

Hacía años no visitaba Quinamayó. Esta vez con el loco Víctor y Omar, llegamos en bus. Los viejos ranchos con paredes de bahareque y techos de hojas de palma, habían sido remplazados por numerosas y modernas casas construidas al lado de las de sus abuelos y padres, por los descendientes de los antiguos esclavos de los Arboledas que en los siglos XVII, XVIII y parte del XIX, explotaron el abundante oro en los reales de minas de Quinamayó, Dominguillo, Santa Ana, El Canalón y Vilachí.

Algunas eran de dos plantas y con negocios bien surtidos y grandes congeladores y vitrinas refrigeradas. También había un negocio con dos mesas de billar y una de pool y varias mesas donde en medio de gran animación los vecinos jugaban dominó, cartas y parques.

Los tres caminamos hacía ‘el charco de la cuadra’. Antes de llegar volví a ver a las morochas que con sus bateas ‘barequeaban’ arena del río, para extraer el polvillo de oro, con el que cuadraban sus ingresos. El charco estaba lleno de bañistas.

Me escondí tras un matorral para ponerme la pantaloneta. Después de zambullirme en la frescura del río Quinamayó me paré en el fondo del charco a mirar a través de las aguas cristalinas la arena fina, salpicada de pedruscos de variados colores y visos metálicos brillando al sol del mediodía.

Mientras el torrente fluía hacía la desembocadura en el río Cauca, abrí la puerta a los recuerdos, transportándome 45 años atrás, cuando tenía 12. Entonces el agua me llegaba al cuello y varias veces me detuve en el mismo charco, tal como estaba ahora, quieto, para que arrimaran los cardúmenes de sardinas y sabaletas ‘rabicoloradas’, a picotearme la punta de los dedos de los pies, creyendo que eran lombrices gigantes.

Quinamayó

En las vacaciones de verano, nos reuníamos con ‘Calambre’, ‘Cabeza de tarro’, ‘Garra’, ‘Care diablo’, ‘Negro mono’, ‘Pinocho, ‘Pepino viejo’, ‘el loco Víctor’, Omar y el resto de la gallada, para organizar paseos a los ríos que rodeaban a Santander de Quilichao. Los organizábamos desde el día anterior, sentados en las bancas de Fermín, del parque central, cubiertos por el laberinto de crotos gigantes con sus ramas y hojas entrelazadas de una era a otra y bajo la sombra de la gran ceiba.

Tras largas discusiones, -pues nadie quería prestar los trastos de la casa, ya que al final de la merienda eran agarrados a pedradas-, acordábamos quién llevaría la olla para el arroz y la paila para fritar las sardinas que íbamos a pescar en el mismo río.

Planeado el paseo, al otro día salíamos temprano con nuestras varas de pescar y caucheras para dispararles a las torcazas, pájaros y perros bravos que nos topáramos en el sendero veredal, hacía el sur del pueblo, por el que caminábamos cerca de cinco kilómetros, deteniéndonos a coger guayabas, mangos, naranjas y demás frutas que abundaban a la vera del camino y la mayoría de los dueños las dejaban podrirse en los árboles y el suelo.

Ya en el río, después de descansar y desacalorarnos para meternos al agua, organizábamos el fogón con grandes piedras para poner a cocinar el arroz y debajo la leña y hojarasca recogidas en los alrededores, y con un machete escarbábamos los barrancos de la orilla del río buscando las lombrices que servirían de carnada. Pasadas dos o tres horas de pesca, reuníamos 150, 200 y más sardinas y sabaletas y los que no tenían varas de pescar se encargaban de sacarles las tripas y descamarlas, antes de echarlas en la paila, hasta dejarlas tostadas y crujientes para comérselas con espinas y aletas, bajándolas con limonada. Después seguíamos en el agua y rematábamos nadando en el ‘charco de la cuadra’.

Eran los tiempos en que en las calles del centro de Quilichao, se podían jugar partidos de fútbol, pues casi no circulaban carros y en el vecindario, sólo tenían televisores en blanco y negro, de 23 pulgadas, los Orozco y los Robledo, quienes los sábados y domingos nos invitaban a sus casas a intentar distinguir entre las imágenes borrosas de los dos canales, las figuras de los hermanos de Bonanza, al Llanero Solitario y al indio Toro, al pastor alemán Rin Tin Tin y a su colega ‘collie’ Lassy, a Bat Masterson, al ‘Caballo que habla’, al Pato Donald y toda su familia, al Dr Kildare y a Pacheco con Animalandia y demás personajes.

Corrían mediados de los 60, cuando la voracidad de las recién instaladas ensambladoras de camiones y de los concesionarios importadores, no habían influido en el alto gobierno para acabar con los ferrocarriles, y de Santander de Quilichao, se podía ir en tren y autoferro expreso a Cali, pasando por la estación de Timba. Recuerdo que con la gallada, aplanábamos las tapas de las gaseosas, para hacer zumbambicos, poniéndolas sobre los rieles, segundos antes del paso del ferrocarril y cuando caía la tarde nos íbamos dos kilómetros al occidente de la estación, a esperar los vagones traseros para ‘colearnos’, cuando el tren empezaba a disminuir velocidad y llegábamos a la estación, en medio de los atronadores pitazos y nubes de humo gris saliendo por la chimenea de la locomotora, alimentada con el carbón extraído de las minas de Suárez, Cauca.

Entonces, la carretera ‘vieja’ ya había sido reemplazada por la Panamericana y la ropa nos quedó estrecha a la par que sustituimos las aventuras de la niñez, por los aceleres, incertidumbres y urgencias de la adolescencia.

De un momento a otro, no volvió el tren y se acabaron las bandadas de ‘chicaos’ de copetes y pecheras amarillas revoloteando sobre los sembrados de maíz y arrozales y también desaparecieron las sardinas, sabaletas, bocachicos, guabinos, nicuos y roños, que abundaban en los ríos Quilichao, Quinamayó, Mandivá, Aguasucia, la Quebrada y demás afluentes y lagunas que rodeaban el pueblo. También disminuyó el caudal de los ríos. Al principio lo entendimos por la tala de los bosques ubicados en el cerro Munchique, donde están la mayoría de sus ‘ojos de agua’, pero lo de la extinción de los peces, ‘cucarachas de agua’ y cucarrones, vine a entenderlo años después, cuando organizamos el grupo ecológico en el colegio y leí que a mediados de los 60, llegó al país, como política agrícola gubernamental, la “Revolución Verde”, promovida por la FAO y el gobierno de los Estados Unidos, con la “Alianza para el progreso” del presidente Kennedy, con el propósito de “tecnificar y modernizar el campo”, estimulando el uso masivo de abonos, plaguicidas y demás químicos fabricados por las multinacionales y que gracias a los apoyos de las facultades de agronomía del país por fundaciones como la Rockefeller, empezaron a pregonar la ‘buena nueva’ de los productos mágicos y costosos, que reemplazaron la rotación de cultivos con leguminosas, para fijar el carbono a la tierra y a la ‘obsoleta’ boñiga de vaca para abonar la tierra y a la pala y el machete para limpiar los cultivos.

Claro, cuando llovía torrencialmente todos esos venenos se escurrían hacía los ríos, contaminándolos y de paso acabando los peces y demás especies anfibias, como las ranas que dejaron de croar en las fuentes de agua. Además, los mismos campesinos y habitantes de los pueblos cercanos contribuimos con el exterminio, al usar el jugo de la cabuya, la dinamita y las petacas de pólvora negra, como una que le voló tres dedos de la mano al ‘mono Ochoa’, para tirarlas a los charcos, que tapizaban su superficie de blanco brillante, tirando a plata, cuando salían boqueando a la superficie, centenares de sardinas y sabaletas aturdidas por la explosión y el veneno, sin olvidar que cada vez con más frecuencia arrimaban las caravanas de volquetas a tirarse los charcos, después de extraer toneladas de arena y piedras destinadas a la construcción de casas y edificios en Santander, Cali y Popayán.

Un manotón en la espalda me despertó del ensimismamiento. – ¿Qué te pasa apelotardado. Estás hipnotizando piedras, que hace rato estás con la mirada fija? – me dijo el loco Víctor Hugo. – No güevón, aquí recordando, cuando había sardinas y sabaletas y nos picoteaban la punta de los dedos de los pies. ¿Te acordás? -, le respondí, mientras, las aún cristalinas aguas del río Quinamayó, se llevaban hacía el mar del olvido, mis recuerdos de infancia.

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