VOLVER A CONOCER EL HIELO

VOLVER A CONOCER EL HIELO
Por JAIME CÁRDENAS / Que una novela llevada a las pantallas haya generado tanta expectativa, es señal de que existe para las especies condenadas a cien años de soledad una segunda oportunidad sobre la tierra.
Y quien más expectante estuvo de la primera entrega de la serie fue el mismo García Márquez, quien acompañado de su viejo amigo Fidel Castro en lo profundo del infierno, – a donde no demora en llegar María Fernanda Cabal-, tomó un buen ron cubano para agotar la espera.
De nuestra parte, aguardando la llegada de Macondo, surgió el entusiasmo, la pasión de leer nuevamente la novela, pasión que por el prodigio de la literatura permanece intacta no obstante el paso del tiempo.
Sabemos que escritura y formato audiovisual son dos mundos distintos y que deben ser por tanto dimensionados a partir de esta abismal diferencia. Pero, para aceptar que era posible ver la novela en televisión, en un seriado producido por Netflix, debimos superar el prejuicio, siempre latente, de que es imposible llevar al cine esas obras que cada cual tiene como sagradas, por lograda que sea su realización.
Razones no faltan. Una de ellas, la novela se pesa por las palabras, por su construcción, su música, el ritmo, el entramado de sucesos y personajes, el desarrollo de la temática, muchas veces con repercusiones en planos inabordables, salvo en el pensamiento, como ocurre con Los Hermanos Karamasov; en ella se juega un tiempo distinto al de la imagen y su movimiento que tiene sus propias claves. Además, por su naturaleza, habrá obras literarias que carecen de atractivo para el cine, el Ulises de Joyce nada hace en lo audiovisual, ya su propia lectura es un reto. En el caso de Cien Años de Soledad estamos frente a una novela que además de lo dicho carece de diálogos; está más cerca de la prosa poética.
Rodrigo García Barcha, el hijo de Gabriel García Márquez apunta a que lo importante es que se traduzca el río de la vida, que dice está presente en la obra de su padre y creo que es un argumento valioso y con él, de soporte o de excusa, me he sentado, como tantos otros espectadores en el mundo, a ver la primera entrega de la serie Cien Años de Soledad, la novela de nuestra Latinoamérica, -incluido el Brasil-, un continente donde la realidad y la magia se juntan y se confunden, un inmenso Macondo en el que la lucidez tiene por aliada al talento y a la locura del primer Buendía; tierra de guerreros infatigables y mujeres incansables en el cuidado de la vida y en el amor, de tesoros enterrados en un viejo galeón, de alquimistas, de músicos parranderos, de juglares y hechiceras; este mundo del mago de Aracataca que sigue seduciendo al lector de Siberia o de la Patagonia y que ahora se hizo imagen, en una creación tan desaforada como los personajes de la novela, porque en el seriado no solo fueron millonadas de dólares los que se invirtieron, sino que hubo que construirse un Macondo en el Tolima y allí cuidar de cada detalle, de los colores, de la música, de que las mujeres aprendieran a bordar y el niño Aureliano se volviera ducho en el arte de la platería, donde se repitió hasta el cansancio una misma canción del caribe.
Fueron varios años los invertidos en seleccionar cuidadosamente a los actores, a los directores, quedando entre ellos la talentosa colombiana Laura Mora. Encontrar al narrador fue una aventura propia de José Arcadio por lo persistente. Todo un esfuerzo gigantesco, macondiano.
Empecé a ver la serie. Dos capítulos. Suficiente para anotar que es superior a lo que supuse. Es extraordinaria. Por ello he optado por el método que emplean los pastusos y los brasileños, ora cuando comen cuy, ora cuando comen cangrejo. Abordan una presa, la dejan sobre el plato y minutos después vuelven sobre ella, para dejar el plato vacío. Si empezara de nuevo con la memoria, leería esta saga de García Márquez, no de un tirón, así lo hice en su momento, alucinado con esas historias y esa insuperable manera de contarlas, sino muy despacio, degustando ese prodigio.
Siempre imaginé la llegada de los gitanos y el descubrimiento del hielo por Aureliano. Ahora las escenas de la serie sobre este hecho enriquecen mi propia versión, son magníficas, como lo es la actuación – Pilar Ternera, bellísima, la belleza mestiza, así debió ser en la vida imaginaria-, que se engrandece con la deliciosa dicción caribe; es extraordinaria la escena de Rebeca en el desierto y su llegada a la casa de los Buendía, es poesía. Habrá que esperar la forma en que se recrea a Remedios, la bella, a la ciudad de los gringos en las bananeras y el paso silencioso del tren en la noche llevando los muertos de la masacre.
Dejemos a los expertos la sabiduría. Como un simple espectador digo que la obra es perfecta y que se unirá a los clásicos de los audiovisuales seriados y que perdurará entre las ruinas de algún archivo olvidado después de que el viento de la desgracia haya arrasado con la vida.
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