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Jueves, 15 de octubre de 2026

El vocabulario de la decadencia

El vocabulario de la decadencia
El vocabulario de la decadencia
Diseño: Inteligencia Artificial
Stella Ramírez Granobles
Stella Ramírez Granobles

En tiempos de crisis democrática, cuando los poderosos sienten que el suelo les tiembla bajo los pies, surge una estrategia tan vieja como efectiva: degradar el lenguaje para degradar el debate. No es casualidad. El lenguaje es el espejo del pensamiento; cuando este se enferma, aquel se pudre. Por eso, cada vez que una figura pública recurre al insulto, a la grosería o a la chabacanería, no está expresando fuerza: está confesando su precariedad intelectual.

El lenguaje vulgar es el refugio de una mente enferma, incapaz de sostener un debate decente. Lo que no pueden defender con argumentos, lo escupen con rabia. Lo que no pueden explicar, lo convierten en gritos. Y aquello que no pueden justificar, lo maquillan con agresiones que buscan intimidar y confundir al interlocutor.

Pero lo verdaderamente grave no es la vulgaridad en sí misma, sino su función política. El insulto se ha convertido en arma de quienes les temen a las ideas. La agresión verbal es la cortina de humo de quienes huyen del escrutinio público. Y la normalización de ese lenguaje corrosivo abre la puerta a un clima de odio que luego se traduce en violencia real.

El insulto no es inocente. Es el síntoma de una élite en decadencia que, incapaz de dialogar, pretende imponer su visión a los golpes, como si el país fuera un ring y la ciudadanía su público cautivo. Nada más lejano de la democracia que esa lógica brutal.

Frente a esta degradación, el reto de quienes aún creemos en la palabra como herramienta de transformación es no caer en la misma trampa. El lenguaje digno no es debilidad: es resistencia. Argumentar cuando otros gritan es un acto de valentía. Pensar cuando otros insultan es una forma de insurrección. Defender la decencia en el debate público, hoy, es un gesto político.

Porque el país no se reconstruye desde la vulgaridad, sino desde la razón. No se cura desde el odio, sino desde la verdad. No se avanza desde la chabacanería, sino desde la discusión honesta. Y quienes hoy pretenden gobernar a punta de insultos olvidan que el pueblo colombiano ya aprendió a leer más allá de las palabras: sabe distinguir entre la vehemencia y la violencia, entre la crítica y el escarnio, entre la firmeza y la agresión.

La vulgaridad no es el lenguaje del pueblo: es el combustible del lenguaje del odio, esa maquinaria que busca quebrar la democracia desde el veneno y no desde las ideas.

Pero el odio siempre tiene fecha de vencimiento.

La decencia, en cambio, permanece.

Y será desde la palabra limpia —no desde el insulto— que este país volverá a encontrarse.


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