VIOLENCIAS Y MIEDOS

Sin lugar a dudas, uno de los temas sociológicos del cual más se han estudiado y debatido a lo largo y ancho de Colombia, ha sido el de la violencia en todas sus manifestaciones y clases, por cuanto ella ha repercutido inexorablemente en la vida social de nuestras sociedades y de nuestros compatriotas en todos los contextos habidos y por haber. Tanto es así que incluso, al estudiar e investigar una de esas clases, la violencia política o partidista desde la década del 50 y 60, que es una de la que más le ha hecho daño al tejido social de nuestra patria, ha hecho posible la existencia de una ciencia especializada en dichos análisis denominada violentología y a sus investigadores se les llama violentólogos (véase al respecto, el libro denominado “Un manual del conflicto colombiano: Violentología”, escrito por Stephen Ferry).
Ahora bien, sea cual fuere la clase de violencia que se estudie y se investigue, junto a ella va inscrito un detalle de carácter sicológico, estrictamente humano que actúa como una sombra que nos persigue a cada instante y el cual no lo podemos dejar, por más que lo intentemos y tratemos de escabullirnos de él: el miedo. Recuerdo muy bien a propósito, cuando era niño y me enteraba por la radio y por las noticias del periódico El Siglo que ya la violencia se había apoderado de Colombia, rogaba a Dios que por favor esas montañas que protegían a mi pueblo, Bolívar (Cauca), como eternos vigías y guardianes milenarios, nos protegieran de los “bandoleros” como se llamaban en esos tiempos a los guerrilleros de las Farc y no se entraran al pueblo a hacernos daño y a destruirnos. Teníamos físico miedo y por eso, a las seis de la tarde todo el mundo cerraba sus casas con doble llave y solamente se escuchaba el suave sonido del viento recorriendo las calles del pueblo fantasma, acompañado del ladrido lastimero de los perros a la distancia. Y aquí viene la cruel paradoja del destino, tanto miedo que le teníamos a las Farc en el pueblo, incluso mi familia y mi madre emigraron del mismo hacia Popayán, huyendo de ellos y el 8 de diciembre del 2000, fue asesinada dentro de un colectivo urbano, hace ya 15 años (léase al respecto mi crónica titulada: “Vivir en paz, vivir en Popayán, morir en Popayán”, publicada en el libro en colaboración “De la Realidad y la Utopía”, de la Editorial Poemia, junio de 2013).
Precisamente el día miércoles 25 de noviembre del año en curso, cuando en horas de la mañana se realizaba en Santander de Quilichao la primera marcha de las mujeres al recordar el Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres, y en Popayán y Colombia se realizaban jornadas históricas similares, me acordaba de ella, junto a los tres millones de mujeres víctimas del conflicto, un dato muy preocupante que muestra la fatal realidad de la violencia descrita al inicio de esta columna, la cual también se inscribe dentro de la llamada violencias de género y de pareja, que en Colombia muestra índices preocupantes de ignominia y vergüenza, debido al machismo exagerado y otras causas.
Ojalá que el nuevo ambiente que ahora se está irrigando por todo el país desde La Habana, cambie esos escenarios nefastos de las violencias colombianas y los consiguientes miedos, para que por fin respiremos un poco más tranquilos.





