VINCENT VAN GOGH EL SUICIDA

VINCENT VAN GOGH EL SUICIDA

Durante el mes de julio, y me ha sucedido varias veces en los últimos años, termino evocando con mucho de asombro y mucho de admiración, dos personajes y figuras estelares, uno de la historia política y otro en la historia de la cultura; se trata de Simón bolívar, nacido un 24 de julio y el otro, Vicent Van Gogh, quien empezó a suicidarse un 27 de julio y termino muriendo el 29 de julio.
Sobre ambos tengo escritos respectivos libros, que han gozado de reconocimiento pero que desgraciadamente ahora sus ediciones están completamente agotadas.
Mi extensa novela “BOLIVAR DELIRIO Y EPOPEYA “, fue publicada por Villegas Editores en el año 2008 y fue novela finalista en el premio Rómulo Gallegos, el galardón mas sobresaliente, con el cual se reconoce y se exalta el trabajo literario en la América Latina.
El segundo libro “SONATA PARA CUERVOS LEJANOS, O DE LOS RITUALES DE VICENT VAN GOHG” se publicó en el año 2013 y su edición esta igualmente por completo agotada.
De los muchos libros que yo he publicado, considero como el mas intenso y el mas cercano a mis intimas aspiraciones de escritor, el libro sobre Van Gogh, que lo categorizo como una especie de novela y biografía emocional, a cerca del extraordinario y atormentado artista que vivió casi siempre acosado por su tragedia y muy probablemente por su propio, profundo e incomprendido talento.
Hoy, en esta breve nota de prensa y en homenaje evocativo a su memoria, quiero compartir con mis posibles lectores, algunos fragmentos de ese libro relacionados con las circunstancias de su suicidio.
“Hoy es 27 de julio, un día tibio y morosamente atravesado por la plenitud del sol. Hoy, pondré fin al tiempo que se me dio sobre la tierra. Hoy creo haber conquistado un poco de esa luz que he amado tanto. ¡Hoy he visto!, hoy cuando quiero regresar al otro lado del espejo, sé que la noche es una criatura que palpita en frenético amarillo y que si voy a ella mis ojos ya no encontraran tinieblas. Mis ojos, estos ojos que estuvieron abiertos al misterio y al asombro, se cerraran para enamorarse perpetuamente del intimo color y de la íntima verdad que yo he buscado: DIOS ¡SI ¡DIOS es el color y lo he pintado y algo lo he entendido y ese color, que es como una tibia dulzura desparramada en todo el ser, sabrá decirme que se le puede perdonar al hombre el haber intentado mirar de frente los destellos con los cuales la intuición se acerca a lo divino!
Hoy, cuando deliberada y dulcemente voy al encuentro de mi muerte, la felicidad me acoge en sus azules. Y sentiré que sangres amarillas y sangres de todos los colores derramaran sobre este ultrajado cuerpo mío y sobre esta, mi alma embelesada, destellos de una luz que ya no podrá escapársele a mis sueños.
El disparo ha penetrado, rauda y despiadadamente por algún lugar de mi cansado cuerpo. Pero el dolor que se extiende primero llega al alma. Parece que en lo abisal de un autentico dolor humano, los elementos que han separado al cuerpo de su alma, alcanzan una fusión suprema. En ese dolor cuerpo y alma, se abrazan, identifican y reconcilian con la intima verdad que encarna la esencia de haber sido. El dolor es el espacio atormentado de un encuentro donde el hueso se hace alma y el alma se hace lagrima. Allí, y por un precario instante, deslumbramos la unidad perdida.
Saberse morir es intuir que saltamos indefensos, irremediablemente y para siempre, a ese infinito abismo donde alguna y nueva unidad tal vez ya no será posible.
Dejare mi cuerpo y sus fatigas bajo este sol ardiente que me quema. Seré cadáver. Y ojalá que los cuervos, los antiguos cuervos que siempre han habitado y torturado mi memoria, no se transformen en feroces buitres que devoren mi carne con sus huesos, aspiro que se conviertan en ángeles de luz que se lleven mi alma hacia otro mundo imaginario.
Moriré para culminar este dolor supremo: haber alcanzado la unidad para perderla.
En este preludio de inquietudes que antecede a la muerte, todo adquiere una nitidez que a veces parece despiadada. No podría afirmar que estoy sufriendo, por momentos persigo una especie de euforia desquiciada que fluye de mí mismo y les regala a mis recuerdos la sensación de que todo el tiempo que he vivido vuelve y se hace instante. ¿No será que morir es una forma de vencer en la desigual batalla contra el tiempo? ¿no será que mi suicidio me prodiga esa serena lucidez que me permite comprender, tal vez por prima ves, la forma más profunda lo que mi vida ha sido?.
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