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Domingo, 4 de octubre de 2026

VIAJEROS PRIVILEGIADOS

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Bulevar de los días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano.

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Estoy leyendo aún las primeras páginas de El Viajero, la Torre y la Larva del reciente libro del argentino Alberto Manguel. En cada hoja encuentro varias expresiones que me servirían para escribir un texto. En la página 33 me he topado con una expresión que me ha maravillado como su hubiera hallado en el camino la entrada a la cueva de un tesoro.

Manguel dice que cuando el lector va posando sus ojos en la escritura de un libro se convierte en un viajero privilegiado. Viaja, en efecto, con el autor a los terrenos que muestra en el texto pero, además, aporta elementos propios conseguidos con sus experiencias. Ello le permite mejorar y complementar la alegría del viaje. Se añaden nuevos detalles o se miran con otra óptica.

Porque el lector no es un simple receptor de las experiencias que cuenta quien narra en un libro. Como ocurre en Viaje al Centro de la Tierra del grumete Verne. Él lo escribió con los elementos que tenía a la mano desde sus 11 años y le añadió la emoción que su imaginación le dictó. Con ese viaje nos guió cuando no existían los avances de la comunicación terrestre y espacial de la actualidad. Cuando los estudios de la tierra, apenas si precisaban los estudios del magma, ni eruptaban por doquier volcanes y no había el horror del fracking de los modernos buscadores de oro.

Cuando alguien va leyendo a Cervantes a caballo o en burro o en avión por los caminos de Castilla, de la Mancha va recreando con él tales lugares y los personajes que también Pereda, Pérez Galdós o Unamuno y Azorín describen. Cuando uno lee los cuentos de Las Mil noches y una noche y se adentra en la idiosincrasia de los personajes, de Shariar y de la poeta y bailarina Scheherazada recrea y se divierte otras noches como aquel lo hizo.

En este libro Manguel nos lleva de los cabellos hasta la época de Gilgamés, de Juan evangelista y Agustín de Hipona, otro viajero fascinante que describe terrenos no muy transitados. Y apenas digo que estoy detenido en la página 33. Falta ver por dónde nos hará viajar él que ya tiene varias nacionalidades y que tuvo de mentor al lúcido ciego Borges.

Viajar por este libro como por Una historia de la Lectura, El Legado de Homero o Conversaciones con un amigo o La ciudad de las palabras ha sido un placer que a todos invito. He conocido a Homero, amante no solo de Circe sino de una serie de Mujeres, he viajado de la mano con Manguel por monasterios, bibliotecas y librerías. Con él he conocido ciudades mágicas y editores con sus trucos e imposiciones y mujeres como Casandra, madre del periodismo.

El libro, como el primero que escuché de boca de mi profesor de matemáticas Alfonso Olaya A través del desierto del nobel polaco Enrique Sienkievicz, fue un viaje del que no he regresado. Los viajes me llaman, la selva con sus sonidos de garzas que levantan vuelo, el canto de guacharacas como maracas que lleva el viento como un rito en el anochecer.

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