VENEZUELA AL LÍMITE DE SU DESTINO


Loco-mbiano

Aquí, a miles de pasos al noble pueblo en donde Bolívar nació, un innominado escritor se atreve a meterse en la boca del lobo. Esto de opinar y de sentarse a mirar el humo que sale del horizonte parece ser ahora un crimen. Los poetas, los locos que intentamos mirar con caleidoscopio las cosas mientras sorbemos mocos, tal vez, somos unos enfermos que soñamos despiertos y decimos sandeces.
Pero me atreveré, como el otro Leopoldo, a decir que lo que mi pecho siente, de ese pedazo de tierra con petróleo que está al lado de mi cama. Soy un hombre libre y bajo esta condición diré, con la lengua y los dedos, lo que veo y oigo por TV y la prensa que vuela por internet.
Con la misma claridad que muestra el sol para Colombia y veo las flaquezas y fardos podridos que crecen en mi patria, diré que estoy abismado de lo que ha sucedido en esta semana que aún no termina en Venezuela, tierra de Simón Díaz, a quien lloraremos desde ayer.
Lo vemos y no lo creemos. Con tanta voz de mando, con tanto ejército, con tanta multitud que lo sigue, con tanto aparato publicitario, con tanto petróleo en sus pozos y tanta ira que sale de sus ojos, no es necesario que apabulle más con poder desbocado a quienes no son sus seguidores. Puede seguir reinando como un Zar en Miraflores. Desde su despacho puede mover reinas, alfiles, caballos y peones para cuadrar su ajedrez gubernamental.
Pero a la diosa Libertad no la debe tocar. No es necesario echar por la borda a ese ícono que adoró el Libertador Bolívar. Porque dejaría de llamarse Venezuela República Bolivariana. Y quedaría como un feo apodo. No se puede matar y comer del muerto.
No voy a esgrimir el predicamento de que están sufriendo mis compatriotas en lejana y extranjera patria. No. Lo hago por el sensible pueblo venezolano, bravo, pero noble y ciudadano. No merece ser tratado en suelo propio como un advenedizo, como un paria sin quien lo proteja, que no encuentre ni pan que calme su hambre, ni papel para limpiar sus lágrimas y heces.
Largos años han pasado desde que Bolívar quitó el fusil que el verdugo cernía sobre los cuerpos de los llamados súbditos y las cadenas que herían sus talones. Las escenas no pueden reproducirse con sus mismos hijos y frutos de la sangre llanera y libre de esta república no sometida ni gobernada por sátrapas, inquisidores o dictadores.
Venezuela podrá poner ante invasores o enemigos foráneos sus tanques, aviones, sus sables y artillería. Pero no lo puede hacer sobre las cabezas de sus propios conciudadanos. Venezuela puede exhibir tener tradición y vocación democrática, revolucionaria, socialista y por eso no hará exterminio y devastación contra su propio pueblo.
Lo podrán hacer potencias imperialistas, apelando a la represión, a la fuerza de las armas porque no tienen motivaciones altas y porque sus pies como los de Atila borran la huella de la humanidad y de la fraternidad para conseguir propósitos nefandos y absurdos. Ese es su estilo. Mas eso nunca lo haría el Libertador Bolívar.
20-02-14 3:25 p.m.



