Valientes soldados
Rodrigo Iván Otálora Soto
Poco se ha escrito sobre la tropa y los soldados de tierra, de mar o aire en Colombia. Apenas sabemos por ejemplo que el soldado del ejército libertador Pedro Pascasio Martínez era en 1819 un niño que trabajaba en una hacienda de Belén, Boyacá, y que al paso de Bolívar se enlistó en el ejército como su palafrenero. Éste, al terminar la batalla del puente de Boyacá, capturó al general Barreiro, quien según dice la historia estaba escondido tras un arbusto y le ofreció unos reales, pero el honesto soldado lo presentó ante el Libertador. Le fue asignada por Bolívar una mesada de cien pesos oro de por vida.
También sabemos del soldado Juan Bautista Solarte Obando, un valiente nariñense, con una excelente hoja de vida, que fue llamado a las filas durante la guerra colombo-peruana en 1932-1933. Fue quien en una canoa y con un machete en la mano cruzó el río Putumayo e hizo que el fuego de una posición de ametralladora se dirigiera contra él y no contra cien soldados colombianos que se disponían a desembarcar en suelo peruano. Solarte fue encontrado por sus compañeros abrazando el arma que le segó la vida y les permitió continuar la de ellos. En su memoria existe una condecoración que lleva su nombre.
De la historia más reciente se puede hablar del marinero Luis Alejandro Velazco, quien en 1955, navegando en el destructor ‘ARC Caldas’ desde Alabama a Cartagena, fue sorprendido por una ola que barrió la cubierta del buque y con casi una decena de compañeros más cayó al mar; fue el único sobreviviente luego de estar 10 días a la deriva. Velazco fue llevado por efecto de la corriente hasta el golfo de Urabá, donde apareció una mañana en la población de San Juan de Urabá. De este suceso Gabriel García Márquez escribió un libro y le cedió los derechos de autor de las ediciones en castellano.
La más reciente historia de valor individual que tenemos escrita es la fuga del subintendente de la Policía Nacional John Frank Pinchao, quien estuvo secuestrado por las Farc después de la toma de Mitú durante nueve años, y en abril de 2007 realizó una fuga espectacular de sus captores. Luego de deambular por la selva durante dos semanas sin comer ni dormir y sin saber nadar, recobró la libertad. Se le otorgó una beca y en la actualidad estudia en una universidad de París.
Durante mucho tiempo, cuando estuvimos secuestrados en las ciudades por el accionar del terrorismo, vimos más de una decena de acciones que nos sorprendieron y nos atemorizaron como ciudadanos, en las que quedábamos perplejos y no sabíamos qué hacer, ni nadie hacía nada, ni siquiera el mismo Estado… Recordemos el robo de los fusiles del Cantón Norte por un túnel una noche de año nuevo; o el equipo de deportistas que jugaba en una zona verde de la ciudad universitaria y luego se tomó la embajada de la República Dominicana; la fuga de Pablo Escobar de ‘la Catedral’, como si se hubiera desintegrado a bordo de la nave Enterprise, o el grupo que se llevó los diputados de Cali en pleno medio día soleado como si fuera en el film de una escena cinematográfica, solo por nombrar algunos casos.
Parece ser que este tipo de acciones desestabilizadoras son propias de los ejércitos de vencedores. Parece ser que cuando un ejército está siendo derrotado, en su afán de retirada no tiene tiempo de crear ni llevar a cabo acciones sorpresivas sino de transitar rápidamente y mirando hacia el suelo por sus líneas de retirada, y esto igualmente indica que el actual conflicto en Colombia tuvo su punto de inflexión en el periodo 2006-2010, como lo tuvo la guerra de nuestra independencia a partir de las batallas que se dieron luego del paso del páramo de Pisba en 1819.
Las originales operaciones ‘Jaque’ en 2008 y ‘Camaleón’ en 2010, entre otras más, dan cuenta de ello; fueron perfectas y de acuerdo a la observación que se hace desde la sociedad civil, que se descubre entre líneas en los diferentes artículos y entrevistas realizadas a los actores, deja ver que fueron pensadas, ideadas e inventadas por mandos subalternos y la tropa, que son quienes tienen y llevan el esfuerzo principal de la guerra, y no por los que hoy se valen de sus resultados para convencer a sus seguidores en sus propósitos, como si fueran propias. Estas operaciones fueron de principio a fin hechas por nuestros valientes soldados movidos por una política clara y por el deseo de llevar la libertad a cada rincón del país y al corazón de los colombianos.
A ellos hay que reconocerles y premiarlos oportunamente por su compromiso, su alta moral y su espíritu, y nos exige a quienes contamos la historia de nuestra tierra contar y escribir también sus historias, como en el pasado se contó la historia de quienes hoy son nuestros héroes y nos han ayudado a construir la nación colombiana en estos doscientos años de vida desde nuestra independencia.
No puede ser que en medio de tanta admiración periodística nacional e internacional por los hechos de las operaciones ‘Jaque’, ‘Camaleón’ y muchas otras más no hayan estado allí unos soldados de nombre Pedro Pascasio, Juan Bautista, Luis Alejandro o John Frank.
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