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Lunes, 5 de octubre de 2026
martes 14 mayo, 2013 a las 7:25 pm

Unas palabritas extemporáneas

Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

Pasado el domingo consagrado a exaltar la labor de la madre, se me ocurre que podríamos extrapolar la catarata de obsequios y palabras bonitas que el mundo derrama sobre ella en esta fecha y aunque los sé sinceros, reducirlos simplemente a que batieran palmas en torno a un más efectivo y sobre todo pragmático reconocimiento de lo que significa este animal magnífico que en buena hora marcó el norte en un mundo sin brújula.

Una vez asimilado el primer capítulo, pasemos al segundo. Sé muy difícil que tanto los caballeros como las damas nutridos por esa cáfila de fábulas y consejas -algunas representativas de la más refinada perversidad- que siguen dando coces en lo más oscuro del ancestro, le reconozcan la superioridad con que la naturaleza la proveyó para albergar, conducir, alimentar, armar y despercudir ese bichito indefenso que reconocemos como ser humano. Es decir, que todos, desde el Cid Campeador hasta Albert Einstein, pasando por los machos de Jalisco, los nautas descubridores, Safo o María Antonieta, somos producto de su talentoso corazón. Conclusión: la desvalida especie humana debe su supervivencia a las habilidades, mimetismos, intuiciones, capacidad visionaria y hasta arrestos salvajes de este extraño ejemplar.

Por lo tanto, “a mayores deberes, mayores derechos”. Ya es tiempo de que el Estado dé muestras de evolución política implementando una pensión digna para todas las madres (exceptuando a quienes disfrutan de un compañero amoroso y solvente y es sabido que nuestra sociedad exhibe en gran medida las características de un matriarcado). Debe proveerla además de oportuna atención profiláctica, sicológica y sobre todo humana, intentando avizorar lo ímprobo de la responsabilidad que porta, despojándose de tanta hojarasca seudo religiosa y de tan incontables intromisiones en su sagrado derecho a decidir sobre lo que solo ella conoce y siente. Logrado esto, viene la cuesta más difícil de remontar: la humanización de la comunidad. Ahí juega rol protagónico esa monumental hipocresía que rige casi toda actividad humana y la conduce a la usurpación del derecho ajeno y a la autonegación del propio, según la condición social, alcance mental y sobre todo índole sexual. Lo que hoy representa una particularidad biológica causante de humillaciones y desvelos sin cuento para la mujer, debería ser garantía de vida saludable tanto para ella como para el hijo. Una misión tan compleja y comprometedora como es la maternidad, requiere de la colaboración estatal y social. Además y por simple sentido común, la ley debería adjudicar a la madre el derecho a transmitir el apellido. No se asusten: el ser humano es animal de costumbres y nosotras no necesitamos ni admoniciones ni pruebas de ADN para reconocer lo que solo la naturaleza y el corazón confirman.