Un suspiro en el Tiempo


Un suspiro en el Tiempo

“Escribiendo yo existo”
Jean Paúl Sartre
El 25 de mayo de 1910, en un ignoto rincón del universo, desparramado de innumerables y centelleantes montañas, bordeado de límpidas aguas, iluminado por cielos multicolores, poblado de gentes amables y sencillas. En ese remoto paraje de la geografía caucana, la poesía se fecundó de magia y permitió al mundo conocer el secreto más grande de Tierradentro. Nació Matilde Espinosa en medio de la nada. Un minuto soberbio y mágico para la literatura universal.
El dolor de abandonar su pedazo de cielo se evidencia en 1956 en el libro Por todos los silencios el poema Los caminos: No encongraré su límite/ Los primeros caminos fueron tantós/ y tan pequeños y tan blancos. Cicatrices terrestres!/ Unos en montañas,/ guarnecidos de piedras y musgos./ Otros, en las llanuras/ ávidamente verdes./ Otros, alucinantes/ de cantos y pesebres./ Los que siguen en mí/ ya son llanto,/ mas con el mismo aroma/ de la primera lluvia,/ de la primera lluvia,/ de la primera nube,/ de la primera alada,/ cuando la tierra/ eran pocos cielos/ para tánta mirada.
Al observar ese hermoso y frágil cuerpo de mujer, luego de un par de respiraciones, el imponente volcán nevado del Huila bramó hasta estremecer los cimientos del paraíso y fue así como el dios de las palabras en su infinita bondad se congració con la pequeña Matilde. Bastó un destello de su ojos moros para que el astro rey alegrara los cielos. Los suspiros de la delicada alondra permitieron a las límpidas aguas del Páez descender por valles y cañadas irrigando de fe y esperanza todo a su paso. La naturaleza se pobló de un sonoro y festivo canto.
Es menester recordar que la fábula de su niñez le permitió crear perfectos trazos y con el tiempo elevarse al más alto pedestal de la poesía femenina universal. Pese al impacto poético de su obra, Matilde es desconocida, una poetisa anónima en su tierra. Para hacer enfásis, traigo a colación el poema La vida esta diciendo, que fue publicado en 1955 en el libro Los ríos han crecido: La vida está diciendo: me arrebatan los sueños,/ estoy entre los hombres/ como cosa olvidada.
No pretendo revelar una obra poética no valorada porque no ilustró suficientemente la realidad, ni describió el dolor de ser madre en una sociedad ajena y volátil, ni gritar que sus versos fueron la denuncia de lo lamentable, posesivo y sombrío del amor terrenal, ni el título de sus poemarios inferían lo estéril y arbitrario de la política y la norma, ni el aspecto que tiene el intelecto humano en la naturaleza de una mujer y menos que algunos de sus poemas fueron una exaltación a las emociones de las razas que perviven en el territorio.
En este sentido, su voz, en el poema Un tiempo del libro La ciudad entra en la noche del año 2001 es un reclamo: padezco el extravío de un tiempo/ supuestamente mío;/ lo transito y devuelvo/ como se cruza un puente/ desconocido y solo, es preudio de su soledad.
Hoy cuando han pasado ciento once años de su nacimiento, al leer entre líneas podemos navegar por los aires de Tierradentro con ese mismo pathos y eros que le posibilitó sentirse parte de ese mundo ancestral y mítico así se diga a los vientos lo contrario. En abril de 1987, su poemario Memoria al viento nos demuestra que somos frágiles ante la arremetida del tiempo, su poema El rostro nos cuestiona: Ahora/ conoces mejor mi rostro./ Clara constelación/ de astros ocultos/ palpita entre tus manos./ Llueve/ y la música del agua/ silencia algo que va profundo/ a donde llega el mar?
En esta época de la historia, me atrevo a decir que en sus poemarios existen verdades en las que nace y muere el amor, la paz, la alegría, la fe, la razón, la verdad y el tiempo. Todos son extensiones de la eternidad de su pensamiento, porque cuando terminaba un poema, de nuevo su mirada poética se abalanzaba sobre una frase, un gesto, un acto, un grito, una bala, una ley y solo bastaba un trazo de su pluma para inmortalizarlo.
En este sentido, su poesía sobrepasa lo humano, y solamente seremos poseedores de su magia cuando nos abajemos y le permitamos a su hado creador tomar nuestra realidad. De no ser así, jamás entenderemos su obra, ni llegaremos a saber sobre sus dolores y miedos, fantasmas y demonios, alegrías y penas, angustias y suspiros, lágrimas y risas.
Hoy, el espacio es ajeno y hostil para descubrir que el uso de metáforas le permitió reconstruir su entorno, porque eran tan enormes las verdades en su existir que no podía dominarlas, y a pesar de leves acuerdos maritales, producto del amor o la posesión le endilgaron conceptos alquilosados y normas discriminatorias. Por lo tanto, sus amores y desamores intentaron deconstruir su mundo y crear uno nuevo, regular y rígido, que podría parecerese a una jaula de oro y escarlata. Gracias a estas realidades, su impulso creador migró a otras latitudes en busca de actividad, idiomas, personas, ideas y responsabilidades que con el paso del tiempo permitieron que hoy Matilde sea mito y leyenda, y su obra poetica arte.
Entonces, se podría inferir legítimamente que si los reconocimientos estuviesen solamente determinados por la génesis del lenguaje y por el impacto de las obras, podríamos exigir que la obra poética de Matilde Espinosa merece un capítulo aparte en la historia cultural y literaria del departamento del Cauca y no únicamente una exaltación completamente subjetiva.
Del pequeño caserío que la vio arribar a nuestro mundo nada queda; la mano del opresor humano y la furia de la naturaleza borró tan apreciable y significante paraje en la que Matilde Espinosa fue feliz y del cual alimentó su hado poético.
En fin, la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Una sublime operación lingüística con la capacidad de trasformar mundos; precisamente por ese efecto de mutación, la actividad poética de Matilde ha sido tildada de revolucionaria, explosión de premoniciones, ejercicio espiritual y catártico, método de liberación interior, reconocimiento pletórico de formas, denuncia social y familiar. Termino preguntando, ¿será que solamente mediante el olvido podemos alguna vez llegar a imaginar lo trascendental de un artista o reconocer su obra? Ojalá no sea el caso de la niña que nació, creció y murió inocente ante el fuego.
Termino invocando la santa amonestación de Matilde en Señales en la sombra, un poemario para comprender las distancias, los presagios y los dolores, en especial con el poema Distancia: Ahora soy distancia/ separo la zarza de la espuma/ la luna golpeada por los ríos/ la jornada que rompe la montaña/ la columna de humo que borra las ciudades/ el canto unicorde del lejano pájaro gris/ trastorno de la noche. Todo lo separo/ para quedarme/ en la escueta raíz/ de un tiempo seco/ como avellana al sol./ Ni brújulas/ ni preguntas/ ni confesiones bordeando los espacios, / nada./ Me detengo y solo escucho el torrente que nunca vuelve.
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