Un poeta es la cosa más antipoética que existe…


Foto: Arquitectura y empresa.
Un poeta es la cosa más antipoética que existe…

Por estos días he visto reproducido en varios muros de Facebook el siguiente texto: – supuestamente escrito por el importante poeta chileno Jorge Teillier Sandoval (1935 – 1996) –:
“No me interesa hablar de poesía, prefiero hablar con mi gato o el jardinero. Aprendo más y me aburro menos. No me interesa ser personaje, porque cuando te ven así, tu poesía pasa a segundo plano. No me interesa si escribes o no escribes. En cambio, ser poeta en serio es una responsabilidad. La gente no debe escribir poesía, deben ser poetas. La poesía no es una carrera, eso queda para la hípica. La poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño. La poesía no me interesa sólo como acto estético, sino ético. Una manera de cambiar el mundo es empezando a cambiarse a sí mismo. No importa ser bueno o mal poeta, sino transformarse en poeta, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos”.
Y digo ‘supuestamente escrito’ porque el texto realmente es un pastiche, un desafortunado collage, una burda colcha de retazos hecha con frases que el poeta dijera alguna vez en una entrevista concedida al entonces joven periodista Vicente Parrini. Y lo más grave, con frases que el poeta jamás escribió o dijo.
Por ejemplo, la primera línea: “No me interesa hablar de poesía, prefiero hablar con mi gato o el jardinero”. Lo de ‘hablar con mi gato’es un invento, textualmente la entrevista dice: «No me interesa hablar de poesía, prefiero conversar con Marchant -rondín del fundo El Ingenio- o el jardinero…Aprendo más y me aburro menos…» (Marchant fue un rondín; es decir, un vigilante, del fundo o finca de caña de azúcar El Ingenio). Al mistificador se le ocurrió esto del gato seguramente porque en la introducción escribe el señor Parrini que el poeta vive en compañía de su tercera esposa –la pintora y escultora Cristina Wenke– y los 14 gatos de esta («…y el vino –su más fiel compañero–»).
También es un injerto del autor del pastiche ese “concepto” de que “La gente no debe escribir poesía, deben ser poetas”. El cual viene repitiéndose de múltiples formas, tal vez porque impresiona y deslumbra a los esnobs, a los bobos que la ven como una paradoja original, bella y profunda, cuando en realidad no pasa de ser una contradicción, un disparate, un absurdo.
No es suya la frasecita de político o sociólogo de pacotilla “una manera de cambiar el mundo es empezando a cambiarse a sí mismo”, el manido eslogan, la vulgar patraña que a diario utilizan los desvergonzados simios de todas las ramas para engatusar imbéciles y venderles cualquier basura.
Tampoco podía haber dicho una “poética” majadería por el estilo de “…no aceptar los valores que no sean poéticos”; y menos aún lo que al parecer para muchos lectores del texto constituye “la cereza del pastel”, la joya con que realmente “la sacó del estadio”: “…de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos”.
Y digo que ‘menos aún’ porque de la misma entrevista se desprende que el poeta al parecer; aunque no lo hubiera leído, estaba de acuerdo con aquello que en carta a su amigo Richard Woodhouse escribiera el poeta John Keats: «Un poeta es la cosa más antipoética que existe…». Un juicio del que cualquier poeta honesto y sincero podría dar fe. Al igual que todo aquel que haya tenido el infortunio de tratar íntimamente a algún ejemplar de esta extraña especie, de la que con toda autoridad el poeta Horacio dijera: Genus irritabile vatum: Raza irritable la de los poetas)
Veamos algunas partes de la entrevista que de alguna manera sustentarían la aseveración del poeta inglés, y también la del latino:
V. P: —¿Y los poetas aspiran al poder?
J. T: — Por supuesto… la mayor parte. Neruda, De Rokha, Huidobro, nuestros maestros, aspiraban al poder. Todos querían ser profetas y no se daban cuenta de que hay que estar solitarios… Como decía Baudelaire, «le tengo un miedo de perro a todo aquel que me imite o me lea». A él le interesaban las putas y las adolescentes, nada más.
V. P: — ¿De qué otra forma se expresa ese afán de poder que tú señalas?
J. T: — … Tenían su tribu, sus seguidores, se odiaban entre ellos en vez de amarse a sí mismos como dice El Evangelio. En el fondo eran dictadores.
V. P: — En varias entrevistas has hablado contra ciertas características de lo que llamaste “el chileno básico”…
J. T: — Yo también tengo la característica del chileno básico: criticar al prójimo, a todos mis prójimos. Una característica que tenía Edwards Bello y que ahora la tiene Lafourcade, el personaje más inolvidablemente antipático que se ha dado en el medio literario chileno. Creo que hay mucha envidia, porque no nos gusta que nadie sobresalga, no se reconocen mucho los méritos. En la poesía, la Mistral es una fiel exponente, una víctima de la envidia. Ella decía que no podía vivir en Chile. Amaba profundamente el país, pero vivió casi toda su vida en el extranjero. En Chile no se suelen reconocer los valores superiores. Todos quieren ser maestros y no discípulos. Otro de nuestros males es la hipocresía.
V. P: — Si pudieras retroceder, volverías a tomar lo que has tomado…
J. T: — (Se ríe) He bebido mi cuota y la de varias generaciones. No creo que sea ningún ejemplo digno de imitar (se pone serio). Pero tampoco soy un predicador ambulante ni arrepentido.
Otras frases de Teillier, en la misma entrevista:
- Yo soy un solitario como Rilke. Estar con gente, ser un personaje público me da asco.
- Según la gente yo no quiero a nadie y eso es malo también… me quiero demasiado a mí mismo. No me quiero porque me autodestruyo, pero autodestruirse es quererse tanto que no soportas al prójimo…
- Lo de maldito es un slogan que me han puesto. Soy un tipo tranquilo de casa, no tengo nada en contra… de casi nadie.
- Los poetas verdaderos, entre comillas, escriben para tener figuración y eso a mí no me interesa en absoluto, si me llega me llega. La poesía no es una carrera: eso queda para la hípica…
- Tal vez me relacionan por el trago y porque soy un marginal en el sentido de que no me interesa que me vaya bien con la poesía… Claro que los poetas tienen otras necesidades… Necesitan ocio, plata, regalos, mujeres que no molesten, tranquilidad…
- Es mejor morir de vino que de tedio.
El poeta murió a causa de cirrosis hepática el 22 de abril de 1996 en Viña del Mar, a la edad de 60 años.
FIN
APÉNDICE 1:
Cuando era muchísimo más joven, ingenuo y desinformado de lo que ahora soy, como tantos ilusos solía creer que el poeta, el intelectual y el artista eran personas buenas, justas y nobles per se; es decir, por su propia naturaleza (ignoro por qué razón “ignoraba” los contraejemplos de Nerón, Hitler y tantos otros criminales con que cuenta la historia). Y así, como tanto tonto engreído y pedante, también solía repetir esa famosa frase que era como el contrarrecíproco del razonamiento anterior. Una frase que en algún lado se le atribuía a Goebbels, y en otro a Göering o a Himmler: “Cuando escucho la palabra cultura, saco mi pistola”. La misma que a mí me gustaba parafrasear como “Cuando escucho la palabra cultura, desenfundo mi Luger”. Jamás le confesé a nadie que esa frase me parecía una imagen de una contundencia absoluta, que literariamente era perfecta, casi poética. Esto es, que sólo podría haber sido dicha o escrita por un auténtico poeta.
Pues bien, muchos años después pude confirmar que mi apreciación e intuición no era tan descabellada. He aquí la frase original: “Wenn ich Kultur höre… entsichere ich meinen Browning” (Cuando oigo hablar de cultura, le quito el seguro a mi Browning). Y de hecho no fue dicha por ninguno de los fachos mencionados. La escribió el poeta y dramaturgo alemán Hanns Johst (1890 – 1978) en su obra de teatro titulada Schlageter. Hanns Johst fue poeta y dramaturgo “oficial” del nazismo; es decir, otro facho, pero poeta, al fin y al cabo.
APÉNDICE 2:
La obra teatral titulada Schlageter fue estrenada con gran pompa el 20 de abril de 1933 con motivo del cumpleaños de Hitler y con presencia de este.
Albert Leo Schlageter (1894 – 1923) fue miembro de los freikorps alemanes (fuerza voluntaria paramilitar) profundamente anticomunista que se fusionó, en 1922, con el partido nazi.
Ante la ocupación por parte de Francia de la cuenca del Ruhr –en represalia por el no pago de indemnizaciones de guerra–, Schlageter formó una patrulla con la que se dedicó a cometer actos de sabotaje, logrando descarrilar varios trenes con suministros.
Schlageter fue considerado un mártir de la causa nazi. Tras su muerte se estableció una sociedad para preservar su memoria, que consiguió en 1933 erigir un monumento cerca del lugar de su ejecución, consistente en una enorme cruz entre círculos de piedra.
Entre otros reconocimientos concedidos por el régimen nazi, se le dio el nombre de Schlageter a varias unidades militares y a un navío de guerra.
APÉNDICE 3:
No sé por qué me cuesta más imaginar a un poeta portando una rosa, que esgrimiendo un puñal o una pistola. Digo yo.
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