UN INNOMINADO AMIGO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Hace unas semanas, no más, lo conocí por uno de esos albures que la vida nos pone enfrente. Estaba parado junto a la puerta de su casa. Miraba jugar a unos chicuelos en la calzada de piedra que lleva al convento de la Merced en el centro histórico de Cali. Lucía un vestido amarillento y en sus ojos brillaba la alegría. Nos vio pasar, a mi señora y a mí, y ella le hizo un guiño de complicidad y él corrió hacia nosotros zalamero. Percibió nuestra amistad y recogió el cariño que le hicimos con la mirada y se devolvió al lugar de donde había venido.
Me causó alegría verlo y conocerlo y presentí que otra vez lo vería, pues habita sobre el recorrido que usualmente frecuentamos para ir a pié a la Plaza de Caicedo o hacia las librerías o los bancos y sus cajeros o a ver y comprar chécheres en el abigarrado Pasaje Cali. No tuve la precaución de preguntarle el nombre. Realmente fue una falta de urbanidad mas la prisa que llevábamos y la mirada de sus familiares nos inhibió de hacerlo.
Hoy sábado, después de ver de la carnicería que le hizo Alemania a Argentina, salí por la vía que lleva al centro de la ciudad por la casa del chicuelo del que les hablo. Y estaba allí, dormitando en la acera, sin reparo de quienes pasaban por su lado, pasando el sabor amargo de la derrota ya de tres suramericanos. Chile, Brasil y los dirigidos por Maradona y Bilardo. Más tarde caería también Paraguay. Lo divisé desde lejos y me culpé de no poderlo llamar por su nombre, aunque también pensé que era mejor dejarlo soñar con piruetas y saltos con sus compañeritos.
De pronto, como si hubiera presentido mi presencia o mi olor hubiera llegado a su nariz, se levantó como un resorte y vino batiendo la cola hasta mi cercanía. El joven can tal vez creyó traía un pan o un trozo de cabano. Tal vez pensó que vendría acompañado de mi amada y ella le sobaría la espalda sedosa y le musitaría los cariños que acostumbra cuando se encuentra con cachorros como él. Lo miré compasivo y, al sopesar la situación, hizo una venia y regresó a su base.
En estos días que deba transitar por esa vía me prometo llevar, sin falta, alguna golosina para premiar tal afecto tan canino. En verdad, me devolví mohíno culpándome de no tener a la mano una recompensa que lo hiciera dar vueltas y mover la cola de contento. A uno de papá le gusta que sus hijos muestren su alborozo dando las gracias con un beso, una sonrisa o abalanzándose sobre uno en un abrazo. Dicen que es más grato dar que recibir y eso lo hacen patente los perros aunque no sean de raza fina ni lleven su pedigree colgado al cuello.
Si me va bien en el propósito que ahora hago, tal vez resulte volver a pulsar las cuerdas de este instrumento y les comparta la escena que, con seguridad, se repetirá: batirá la cola, se acercará, me olerá, mirará mi mano y recogerá en aire el bocado. Lo tragará y, sin apenas haberlo engullido, dará saltos y se parará en la cabeza como un saltimbanqui. Eso pasa aquí en Cali, en China, en Ciudad del Cabo o en la Patagonia.
03-07-10 – 18:15 p.m.
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