Un año más


Muere el año 2013. El de los maravillosos “Pies Descalzos” de Shakira y el atareado báculo del procurador. El que miró volverse polvo de miseria al zar esmeraldero y bailó con Santos en la cuerda floja. Truenan las faltriqueras parlamentarias; Gaviria y Pastrana, Robledo y Lizarralde, Uribe y Santos, Montealegre y Morelli -como Puchilanga y Bernabé- se dan de lo lindo y “se jinchan los pies”. Agoniza el 2013 sobre las buenas intenciones del papa argentino y mueren de abandono las víctimas de las EPS. Caterine Ibargüen vuela en Europa con una medalla de oro sobre el pecho, blanquea la miseria, tiemblan las mujeres y los niños, el medio ambiente se arruga como un trapo viejo; me roban, te robo; me matas, te mato; maman atemporalidad ex presidentes y congresistas mientras los hermanitos Samuel e Iván Moreno intentan evadir hasta la ley de gravedad. Gracias al desfase de Alejandro Ordóñez, Gustavo Petro salta de alcalde en vías de extinción a héroe de plaza pública. Por primera vez gobierno y Farc parecen acercarse; los indígenas cierran las vías, los indígenas confluyen como ríos menguados; la televisión es un divertimento, el amor un ejercicio, la constitución un evangelio apócrifo. Fueron borrados de la vergüenza patria periodistas, defensores de derechos humanos, policías, transeúntes, bebés, mujeres embarazadas, políticos de oposición, trabajadores de las dos orillas. El salario mínimo es una parodia. A falta de Atenas suramericanas, nos abastecen Farc, Bacrim, Rastrojos, Eln y demás vituallas. Año de los dolores inmarcesibles molidos por la criminalidad del volante, de los heroísmos silenciosos, de los feminicidios, de los desvelos de nuestro corazón llanero, andino y dos veces marítimo, que entre el día y la noche, continúa esperando.
Esto a vuelo de pájaro como esbozo de una parte de nuestra historia urbana. La otra, hundida en un silencio de sepulcro, pide a gritos un acto de contrición colectivo. La escriben a diario los innumerables hombres y mujeres sepultados en vida. No utilizan cédula de identidad porque no la requieren. Soat, pasaporte, fe de nacimiento, tarjeta de crédito o partida de defunción, desentonarían en su “silencio mudo”. Olvidaron con cuántos años cuentan y en qué día viven; ignoran si son o no huérfanos, si son o no padres, cómo pintan ahora el rostro de los hijos, las canas de la madre, el mundo de los otros. Para ellos no hay afanes navideños, agua caliente, sopa casera, cumpleaños o cementerio y hasta los rasgos familiares se esfumaron entre el tormento de una vida indigna y el olvido de la parte “civilizada” del país.
Son “nuestros” secuestrados que una vez más cruzarán en silencio ante la frivolidad nacional y el tiempo despilfarrado en subterfugios y arbitrariedades; los grandes olvidados, los perpetuos yacentes, ejemplos del absurdo y la degradación en que caímos. Un recuerdo para ellos donde quiera que lluevan y la amarga confirmación de cómo se nos arrugó el alma. Ésta es la manera más eficiente de envejecer.



