OTRO TESTIMONIO DE «LO EXTRAÑO»


(Rodrigo Valencia Q) / Del amigo, abogado y artista Oscar Torres Gallego, transcribo textualmente su personal experiencia de «lo extraño».
En 1964 tenía nueve años; vivíamos en Roldanillo, un pueblo que a la fecha tiene cuatrocientos cuarenta y un años, fundado por Francisco Redondo Ponce de León; un pueblo agricultor, amable, culto, con familias con herencia histórica, y acompañadas por un tinte político bipartidista nefasto, como el sectarismo que cabalgaba sin tregua, dejando seres sin huellas, amontonados y con el silencio a cuestas, después de un corte de franela. Vivíamos en una casa pequeña a una cuadra del parque. Mi madre en sus ratos libres cosía en una máquina Singer comprada en Bugalagrande hace aproximadamente sesenta años, que todavía existe; por comodidad la colocaba siempre frente a mi cama. Un día cualquiera llegó la noche y me acosté como de costumbre a pensar y a soñar despierto; minutos después y bajo la sombra, una imagen en forma de una mano salió de debajo de mi cama; cogió el pantalón que estaba encima de la máquina de coser y lo tiró al suelo. No sé por qué no sentí pánico; pensé que debería tener alguna explicación; el pantalón cayó, sonó la hebilla de la correa; sorprendido por esto me asomé debajo de la cama, y con sorpresa vi que había un niño sentado con un sombrero grande que miraba fijamente; sentí pánico, me arropé cubriéndome la cara sin importar el calor que hace en ese pueblo. No entendía este espanto, que coincidía con la leyenda del duende que se contaba con frecuencia en el pueblo, acompañada por otros cuentos como la historia de «cosiaca», «el verraco de guacas», «la madre selva», «la llorona»; en fin, cuentos en los que jamás creía, porque mi padre siempre estaba presto a que no creyéramos en cuentos de fantasmas, ya que «eso era imposible», y que «realmente nada de eso existía»… La noche fue eterna, no veía la hora de que amaneciera para contar lo sucedido y sostener que realmente algo había visto, extraño e inexplicable. Amaneció, pero sabiendo que mi padre no me iba a creer, resolví no contar nada. La experiencia me atormentó por muchos años, sin saber si lo que había visto era real o era el fruto de mis fantasías, que siempre me acompañan; hoy en día todavía tengo la duda, pero que algo vi, vi algo.
Mi vida cambió a raíz de esto; comencé a tener conciencia de que alguna cosa más allá de este mundo podía no sólo existir, sino que me podía perturbar, y que protegerme iba a ser difícil. La experiencia de ese «encuentro cercano» no solo me atormentaba, sino que sabía que me iba a enfrentar a una pelea muy mal casada, la pelea con la muerte. Comencé a cambiar, tirando dardos en forma de cruces para salvar a otros, resoplando malos pensamientos, caminando y esquivando rayas que no podía pisar, y la locura como alternativa final para exorcizar, no al miedo, sino al miedo del miedo. Mi mente se llenaba con imágenes oscuras, como el rojo sangre, el blanco de las ánimas, el gris de una lápida… imágenes que ahuyentaba con la música, con juegos o juguetes que inventaba con cartulina, que era mi gran aliada; con ella tenía acceso al puente del Enterprise de «viajes a las estrellas», al Júpiter 2 de «perdidos en el espacio», o las naves espaciales de los thunderbird en acción, y así controlaba en algo mis pensamientos. Mi cabeza tenía que estar en constante movimiento; la pelea no era fácil pero todo esto no bastaba; tenía que encontrar nuevas formas de afrontar mis miedos.
Mis padres, muy jóvenes y con ideas liberales, chocaban con la filosofía de la iglesia católica, pero no con Dios, que era el arquitecto del universo, proyectado al final, al universo personal manejado según su libre albedrío. Por lo tanto, las imágenes religiosas no hacían parte de los muebles o adornos de mi casa, como el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen del Perpetuo Socorro, y menos un Crucifijo. ¿Cómo podía enfrentar algo sobrenatural, si en mi casa no existía al menos algo espiritual? La pelea seguía siendo muy mal casada; tenía que encontrar la forma de protegerme de este mal. Y no sé si fue lo mejor o lo peor; mi abuela en uno de sus viajes de visita, accidentalmente dejó en un cajón cualquiera un rosario de esos que alumbran de noche; no era la duda, el silencio, el miedo complejo y la pregunta a la espera… una soledad infinita.
Oscar Torres Gallego



