Terceras fuerzas políticas


El poder hegemónico del bipartidismo que ha estado vigente en toda nuestra historia republicana, ha hecho difícil la consecución de una cultura política pluralista en nuestro país. Lo cierto es que las guerras intestinas en el siglo XIX, la lucha política en el seno de los partidos tradicionales durante el siglo XX y las múltiples expresiones de partidos y movimientos políticos de la actualidad, sólo han servido para constatar el desencanto que producen unos partidos ajenos, de participar como verdaderos intermediarios entre la sociedad civil y el Estado. Convertidos en maquinarias electoreras y preocupados más por la disputa del poder y por captar votos mediante la demagogia y el clientelismo, que por una dinámica capaz de transformar la difícil situación socioeconómica y cultural de una Colombia ávida de profundos cambios tanto en el régimen como en el sistema político. Sus programas, dirigentes y acciones han sido inferiores a las circunstancias históricas.
El Frente Nacional permite olvidar los odios heredados entre liberales y conservadores, a cambio del reparto burocrático y el monopolio del poder entre ambos partidos, al tiempo que se obstaculizan opciones diferentes con ganas y posibilidades de poder. Si bien fue cierto que el Frente Nacional frena la violencia política bipartidista, perpetúa la hegemonía de los partidos tradicionales y el desconocimiento del pluralismo como asunto fundamental en una verdadera democracia. Las denominadas causas objetivas y subjetivas de la violencia, comprometen históricamente a los partidos políticos tradicionales. En las primeras se ubica la pobreza y en las segundas, la falta de una apertura política.
Como tercera fuerza se entiende todo grupo, movimiento o partido político, que bajo unos ejes programáticos propios y una estructura organizada, actúa independientemente de los partidos tradicionales. Por lo tanto, disidencias partidistas o coaliciones bipartidistas, nada tienen que ver con las terceras fuerzas.
En Colombia, se han dado intentos de ruptura de la estructura bipartidista; sectores de las clases dominantes y medias desde el mismo bipartidismo, han tratado de organizar terceras fuerzas, lo mismo ha sucedido con los trabajadores con importantes iniciativas. Sin embargo, como bien lo afirman Eduardo y Jaime Nieto, “existe la tendencia tan difundida como superficial, a validar como tercera fuerza política a todo tipo de agrupamientos o coaliciones con nombres diferentes al de los dos partidos tradicionales”.
De esta manera, durante el siglo XX movimientos tales como el de Reconstrucción Nacional del general Rafael Reyes, la Unión Republicana de Carlos E. Restrepo en 1910, la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR) de Jorge Eliécer Gaitán en 1933, el Movimiento de Acción Nacional (MAN) en 1954, el Movimiento Nacional personificado en las Fuerzas Armadas en 1956, el Frente Civil de 1957, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de Alfonso López Michelsen, la Alianza Nacional Popular (ANAPO) del general Gustavo Rojas Pinilla, el Movimiento Nacional de Belisario Betancur, el Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán, entre otros, en todo el rigor de la acepción, no pueden llamarse terceras fuerzas políticas.
En su libro “Las huellas del socialismo”, el investigador y tratadista Diego Jaramillo Salgado, reconoce que al formarse el Partido Socialista (1919), por primera vez en Colombia se manifiesta un discurso socialista asimilado y elaborado de manera autónoma por diferentes sectores populares, con relativa independencia de los partidos tradicionales de las clases dominantes, cuyo respaldo social le permite convertirse en alternativa de poder. Agrega que este discurso dejó de ser alternativa de poder con la extinción (1922-1924) del Partido Socialista, debido a su indefinición frente al sector radical del Partido Liberal, que lo asimila en parte.
De otro lado, Pierre Gilhodes, afirma que las inclinaciones socialistas se convierten en el Partido Comunista que, a pesar de la adhesión al marxismo-leninismo, tiene mucha dificultad de diferenciarse del liberalismo.
Por lo tanto, se buscan terceras opciones políticas frente al bipartidismo, capaz de lograr consenso que puedan convertirse en alternativa de transformación nacional. Algo difícil dentro del juego democrático por el poder en la actualidad, debido entre otros factores, a las diferentes coaliciones relacionadas con los partidos tradicionales que coyunturalmente se conforman en aras de la consecución y distribución del poder. El transfuguismo campea por todo lado y por lo que se siente, prospera en visos de legalidad y legitimidad.
La crisis de los partidos se evidencia cada vez más, sin embargo, al no haber otras formas ‘democráticas’ por fuera del clientelismo, partidos y seudopartidos se producen y reproducen por debajo de las expectativas de una población que transita entre el escepticismo y el desencanto. Colombia requiere de unos partidos fuertes y organizados, fundamentados filosóficamente, coherentes y con unos ejes programáticos concretos y realizables. Ello podría dar existencia a unas terceras fuerzas que oxigenen el espectro político.
Coletilla: Excelente el artículo de Jaime Vejarano Varona “Popayán se agranda pero no se engrandece”. Coincide con aquello que hemos venido tratando: Modernización sin modernidad.



