
En la antigua Grecia hay dos conceptos elementales: oikos y πόλις. El primero está unido con el hogar, la administración de la casa, la vida familiar. Más allá del espacio del mundo privado se estableció el espacio público, la política. Esta unidad constituyó un avance, pues los griegos no se quedaron encerrados en la casa. La polis establece la comunidad autónoma que gobierna en vista al bien. Así, la vida doméstica y la comunidad política se constituyen en dos polos que viven en tensión. Se habita la casa (oikos), la familia. La puerta de la casa constituye el umbral; fuera se erige la vida social que lleva a la política. De esta manera, el oikos es el espacio del hombre y la política (πόλις) hace del hombre el ciudadano, en la democracia, en la Ciudad Estado.
El totalitarismo de estos tiempos se ha consolidado en una forma cada vez más inquietante; erosiona la democracia. En un tiempo en que se ha gestado la tecnología, la cual modifica la relación entre el oikos y la πόλις, en el seno de la democracia. Las nuevas tecnologías y las redes modifican la relación entre lo cercano y lo lejano. Cantidad de artefactos, máquinas, dispositivos cubren la superficie terrestre. Y el resultado es problemático, pues se ha roto la unidad del oikos con la polis en el poder democrático.
“No se trata del fascismo de Hitler, Mussolini o Franco. No se recurre al terror totalitario”. No se presenta el fin de la historia, tampoco el neoliberalismo, la pandemia ni las contínuas guerras que se han gestado en los últimos tiempos. Se ha llegado al tecnofascismo, una categoría política en la cual convergen las redes digitales, las grandes tecnologías, la extrema concentración del poder económico y las nuevas formas del autoritarismo. Las grandes tecnologías se convierten en herramientas del poder social, ideológico y el espacio democrático. “La ceremonia de la posesión de Trumph, en la que los líderes de las empresas tecnológicas como Amazon, Apple, Open AI, Google o Meta (o Facebook) ocupan la primera fila, desempeñan un antiguo papel de los poderes de la nueva élite tecnológica”.
Hoy la democracia (demos-kratos) es deslegitimada, pues la ciudadanía no tiene poder ni fuerza. La democracia se subordina a las tendencias tecnocráticas con respecto a la economía, cuestión que favorece a las grandes empresas, como plantea el tecnofeudalismo (Varoufakis). El tecnofascismo, planteado por Donatella, es la tendencia tecnocrática que se materializa en la política. En esta directriz, la ciudadanía se mantiene vinculada a la nación. Los pueblos son gobernados por la seguridad, con apelación a la identidad de la nación. El nacionalismo sirve para aglutinar a unos y excluir a otros por “extranjeros”. No son extrañas las víctimas del racismo, inmigración, limpieza étnica, odio anti-musulmán, rechazo al pobre. Así se “acepta al trabajador, pero se le rechaza como extranjero”.
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