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Sin culpa.

Confrontación en la habitación

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SILVIO AVENDAÑO

El proceso, relato de Franz Kafka, escrito en 1914-1915, publicado en 1925, traza una situación que no tiene nada de racional. En las primeras líneas de la novela se traza el absurdo: una mañana, al despertar, se encuentra con unos personajes que están en su alcoba. “Seguramente se había calumniado a José K…, pues, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”.
Al preguntar por qué se le apresa, quienes lo detienen cumplen la orden de detención; no saben los motivos, pues no está en su función saber tal cosa. José K., desconcertado, no tiene conocimiento de la ley. “Usted está detenido, ciertamente, pero no se le impide que vaya al trabajo”. Así se encamina al quehacer en el banco, donde labora. Y llega el primer interrogatorio, sin saber de qué se le acusa. “…que sea condenado no solamente siendo inocente, sino también sin conocer siquiera la ley”.
En ese enredo judicial transcurre la cotidianidad del personaje. No puede llegar al juzgado y, si lo hace, no consigue su propósito, dado que la burocracia es un enredijo. “Es un proceso criminal”, “no se trata de un proceso ante la justicia ordinario”. Es algo grave, muy grave.
José K., como no sabe de qué se trata la acusación o el delito que ha cometido, cae en la indiferencia. “Los expedientes de la justicia y principal, el acta de acusación, permanecían secretos para el acusado y su abogado”. Y vueltas por un lado y otro. El acusado no poseía, en efecto, derecho a examinar los expedientes; muy difícil saber por los interrogatorios lo que podía haber en los papeles de la acusación.
El jurista, a quien contrata, no llega a conocer los cargos. Poco a poco va creciendo en José K… el sentimiento de culpa. En una catedral habla con un abate (sacerdote), quien le dice: “Se te tiene por culpable”, y añade: “Eres inocente pero la causa es mala”.
Crece la culpa sin causa. Paso a paso se hace más grande en el interior de José K… la culpa. ¿Dónde está el juez que lo condena? Y llega la culpabilidad y luego a la pena.
Y, en la antevíspera de trigésimo primer aniversario de su nacimiento, se presentaron dos señores en el domicilio. K…, vestido de negro, se había sentado cerca de la puerta, en la actitud de un señor que espera a alguien, y se ocupaba en ponerse unos guantes nuevos.
Y llegan los señores que conducen a K… fuera de la ciudad, por aquel lado donde desembocaba casi sin transición en el campo. Fue allí donde se detuvieron.
Y “uno de los señores acababa de agarrarle por la garganta; el otro le hundió el cuchillo en el corazón, y se lo volvió a hundir dos veces más. Con los ojos moribundos, vio todavía a los señores inclinados muy cerca de su rostro, que observaban el desenlace mejilla con mejilla. – ¡Como un perro! -dijo, y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle”.


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