SURREALISMO EN TONO MAYOR


Dicen que el tiempo es oro, pero el papa Francisco (con el respeto que merece) y los dos antiguos siameses: Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, parecen nadar en el vil metal, ya que se permiten echarlo por la borda de manera patética.
Precedido de sus conocidas ufanías, Uribe “por respeto al Santo Padre”, como aclaró lleno de fervor católico, apostólico y paisa, se embarcó rumbo al Vaticano para confirmar el dúo donde el abrazo del oso con su antiguo cuate, se haría realidad bajo el báculo pontificio.
Pero de nada valieron galas talares ni vientos palaciegos. Juntos pero no revueltos, Santos y Uribe confirmaron que la sensatez no es característica propia de nuestros dirigentes. Ahí los vimos uno al lado del otro, dos egos a reventar, mirándose de reojo, listos a atrapar la mosca ajena, prestos a fulminarse en sagrado silencio.
¡Qué de sainetes ridículos te ves forzada a presenciar, pobre Colombia, calada hasta los huesos por dolores profundos! ¡Qué de maromas y payasadas propias de un circo barato!
Lo que sucede es que Su Santidad no vive aquí, no posee una bola de cristal ni mucho menos los polvos de la madre Celestina, -artilugios propios de arúspices y sibilas- que tal vez le aclararían porqué es más sencillo cruzar a nado el río Amazonas que lograr la reconciliación de los susodichos. No puedo asegurar con conocimiento de causa cuántos relinchos entre pecho y espalda cruzaron de una a otra orilla en el publicitado y abortado diálogo. Pero la experiencia, forjada a martillazo limpio por los amos de esta fragua, me repite a diario: para Uribe no existe vejamen más imperdonable que suplantarlo como protagonista de todo lo que ocurre “bajo el sol de la patria”.
¡Y pensar que mientras las mujeres colombianas caen asesinadas al por mayor como en una trinchera y nuestros niños se mueren de hambre y sed, estos dos tenores se fugan a cantar “¡O sole mio!” en las itálicas colinas, sin un ápice de vergüenza o de remordimiento!



