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Jueves, 1 de octubre de 2026

¡SOY YO… NO SEA PENDEJO!

Rostro de Bolívar1
Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar

Sacar el retrato de Bolívar de la manera como se hizo con irrespeto y alevosía, del recinto de la Asamblea venezolana, porque su rostro- según dijo- el derechista Henry Ramos Allup, que funge de presidente de la institución legislativa, porque su rostro, según la reconstrucción de su cráneo lograda en 3D, no se le parece, es una tontería justificatoria, agresiva y violatoria, la más fragrante conocida hasta hoy en cualquier parte de Latinoamérica.

¿Pero cuál es el verdadero rostro del Libertador?

Rostro de Bolívar1

No se sabe. Bolívar era un ser, que su rostro se mudaba, cambiaba, transformaba, según las circunstancias como cuando un relator cuenta que aquel 25 de julio de 1819, el conductor de los caballos, regalos de un hacendado patriota, porque los de su tropa estaban rendidos acabados, por la larga marcha desde los Llanos venezolano-colombianos, pasando por el Páramo de Pisba, hasta las tierras boyacenses, vio sentado en banca rústica, un hombre que le pareció viejo, flaco, afligido, con aire de enfermo, cansado. Todo fue leer la nota del rico dueño de los frescos potros donde le manifestaba a su apoyo a la causa libertaria, que Bolívar transformó su rostro anciano en un instante, en otro radiante, de joven de treinta y seis años, edad que había cumplido el día anterior.

Simón Bolívar - Armando Orozco Tovar

Lo mismo debió a su rostro ocurrir en Pativilca- Perú- cuando Bolívar, años después, encontrándose en situación semejante de derrota lo halló don Joaquín Mosquera: “enfermo, agotado y extenuado, que me causó su aspecto muy acerba pena”. “Estaba sentado en una pobre silla de vaqueta, recostado contra la pared de un pequeño huerto y atada la cabeza con un pañuelo blanco, y sus pantalones de jin que me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas, su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Le pregunté: ¿Y que piensa hacer usted ahora? Entonces su rostro, se cambió por otro avivando sus ojos huecos y con tono decidido, me contestó: “Triunfar”.

Rostro de Bolívar

José María Espinosa, abanderado de Nariño en el batallón Granaderos de Cundinamarca, dibujante que llegó a la historia, también como el más importante artista plástico colombiano del XIX, pintó a Bolívar como un anciano, días antes del atentado santanderista de San Carlos. Narra  en sus formidables crónicas “Memorias de un abanderado”, entre otras, que después del triunfo de Boyacá y en Santa Fe”, apenas habíamos andado dos leguas cuando vimos un militar bajo de cuerpo y delgado, a todo paso de un magnífico caballo cervuno; todo fue divisarlo Maza y exclamar; “allí viene un jefe godo de los derrotados”…

… Y diciendo esto picó espuelas al suyo, y cuando estuvo a unos treinta pasos de distancia, gritó: “alto ahí, quien vive”. El desconocido no hizo caso de esta interpelación y siguió adelante, entonces Maza enristró su lanza y acercándose más, gritó lo mismo…

En aquel instante reconoció Maza al General Bolívar, que traía, el uniforme roto y lleno de manchas y la casaca- dice Espinosa- pegada a las carnes, pues no traía camisa. Su rostro fatigado por la larga cabalgata, puesto que al saber que el virrey Sámano, había huido. Voló solo a Santa Fe, dejando a los que lo acompañaban bastante atrás.

Simón Bolívar

Su rostro fue otro cuando las cuencas de sus ojos negros, vivos y eléctricos, se le hundieron un poco más, en el momento de decirle a Maza, que lo iba a atravesar don su pica: ¡Soy yo… no sea pendejo!

A Bolívar, comenzando por los niños y niñas, lo han pintado desde sus universos imaginarios, por lo que les han contado o visto, cuando existían en Colombia, las clases de historia patria, que la ciega estulticia gubernamental neoliberal, quitó hace rato. Muchos niños sólo recuerdan sus grandes patillas y su pelo alborotado, pero aún más el color blanco de su caballo Palomo. Cada cual tiene en la cabeza su propio Bolívar. Y Chávez tenía el suyo, como una insignia en el corazón, con los innúmeros rostros, como se cree que fue. Máscaras, que el tiempo puso en su cara, según las circunstancias de sus muchas dificultades enfrentadas en su corta existencia.

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