SONRISA DE PIEDRA VERDE



Oh, qué hallazgo, qué prodigio de la Naturaleza, que brillantez de mujer entre aquellos restos milenarios nos trae la ciencia y el trabajo de incansables viajeros en pos de antigüedades.
«Hace más de 1600 años una mujer caminaba por las avenidas de la majestuosa Teotihuacán, la ciudad prehispánica en el centro de México», escribe Luis Pablo Beauregard en El País de España. Se ha encontrado una grandiosa calavera con maquillaje aún, con todos los dientes en magnífico estado y uno de ellos en la mandíbula inferior, una pieza incrustada, de esmeralda o de pirita. Los restos faciales de la mujer maya en su edad más reluciente, 30 a 40 años, tiene el rastro indiscutible de la perfección que ostentaba en su vida social.
Es la mujer de Tlailotacan, dicen los antropólogos que la encontraron junto a Oaxaca aunque ella era extranjera. Probable que fuera de la élite de la sociedad por esa exclusividad del cuidado de su dentadura en varios dientes, como se observa en la fotografía. Y le han dado el nombre «de la piedra verde» al vestigio maya que le tocó en suerte a los orfebres y dentistas de la época.
Qué cortejo tendría esa beldad de tan finas facciones, a juzgar solo por la muestra ósea que nos queda. Cómo serían su cabello, su espalda, su torso, sus caderas y sus piernas, sus pies y sus sandalias si así cuidaba su boca. Debía ser una diva, que se consentía y la adoraban a la par que al Jaguar sagrado, a su Águila y la Serpiente.
Caminaría con garbo, despacio, para dejar que la cubrieran todas las miradas de quienes la esperaban en los terraplenes y en las gradas de las pirámides teotihuacanas. Todos esperaban verla sonreír bajo esa ventanilla bucal con los brillos verdes que salían de sus tres dientes labrados. Era el grito de la moda entre la sociedad de entonces, parecida a la de hoy en rebuscamientos y poses.
Cómo resplandecería con su cara lisa y lozana, el achiote y las pinturas con que la adornaban, el vestido hecho a mano con los símbolos de su tribu y de sus dioses y en medio de príncipes y sacerdotes de paso hacia la altura de la pirámide de la Luna.
Apenas nos ha quedado su impecable calavera que hoy nos parece recién maquillada con retoques suaves de color en la frente, mentón y pómulos.
No la pudimos conocer en persona, pero nos dejó más que sus fotos o sus selfies. Nos legó el soporte de su cara, el lugar donde tuvo sus ojos, la cavidad donde tuvo asiento el perfil de su nariz y los dientes sobre los cuales se posaron sus labios desde los cuales enviaba sus besos a todo el que la admiraba. Y hasta conserva la boca semiabierta desde la cual aún nos sonríe.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/07/15/actualidad/1468554286_006371.html



