Sobre Nietzsche

Sobre Nietzsche / Por: Víctor Paz Otero.
Escribió libros cuyos títulos son un puro esplendor: El origen de la tragedia en el espíritu de la música y La filosofía en la época trágica de los griegos. Muchísimos títulos que incitan al estupor y que terminaron socavando las académicas y falsas seguridades en las cuales torpemente creía sentirse invulnerable el pensar humano.
En correspondencia y en fidelidad absoluta con su demencia exquisita y desmesurada, se trazó el proyecto de una transmutación de todos los valores. Lo continúa haciendo y no nos cabe duda de que aún después de muerto, su obra lo seguirá haciendo.
Amaba los aforismos, pues los aforismos son una forma de pensar y sentir con relámpagos. Abominaba los sistemas, esas formas rituales y burocráticas con las cuales la mediocridad de los profesores imagina que se logra pensar o conocer.
Sus «carretas», sus desafíos y sus vértigos son multitudinarios y explosivos. Rindió culto exaltado al concepto de lo APOLÍNEO, como oposición casi radical y visceral al concepto de lo DIONISIACO. Privilegió lo dionisiaco, pues lo consideraba equivalente a la voluntad de vivir y a la afirmación sin límites de las fuerzas de la vida.
No soportaba al prepotente y al manso de Hegel. Lo veía como a un filisteo y como un apologista de lo real, como un totalitario que se atrevía a pensar y a escribir que todo lo real era racional y que, por consiguiente, solo lo racional era real. Contra él descargó dardos profundos e iluminados y se burló con ironía y sevicia de toda su ampulosa catedral conceptual.
Anhelaba y predicó que vivir en peligro era necesario. El mundo gris que suponía la existencia burguesa era para él la negación del riesgo y del peligro, la acomodación a la conciencia del rebaño. Un mundo que convertiría al héroe en burócrata, que eliminaba las complacencias con el riesgo, ese riesgo que implica comprender y afrontar el verdadero significado de la lucha por la vida. Despreció y escupió blasfemias contra la bovina mentalidad burguesa.
Los valores, el eje de su pensar y de su sentir, de su enloquecer, los descubrió en los arduos combates contra la moral, en especial contra la moral cristiana. Consideraba al cristianismo como la moral de los esclavos y de los vencidos.
Padecía de insomnios torturantes y circulares, en los cuales siempre alucinaba para que su filosofar fuese más profundo y enigmático. Desenmascaró la moralina, sustancia viscosa y oscura que mana del árbol del cristianismo y somete la vida a un flujo que la obliga a negarse a sí misma, la ensucia y la empobrece.
Odiaba todo igualitarismo, el de los cristianos, el de los socialistas y también el ilusorio igualitarismo predicado por los demócratas. Afirmaba con lúcida contundencia que el ESTADO es para los superfluos. Creía y sabía que la vida tiene que ir más allá del bien y del mal, que no es el reino de lo homogéneo, sino el triunfo de la diferencia y de lo heterogéneo. Que solo la vida es la norma y el valor supremo. Que solo los creadores viven, orientan, transforman y esclarecen.
No cabe duda de su inmenso impacto tanto como filósofo como de poeta. Sin embargo, el gran público lo asocia a la repetición incomprendida de una frase inquietante y demoledora: «GOTT IST TOT» (Dios ha muerto), que apareció por primera vez en 1882 en su obra La Gaya Ciencia. Por supuesto, esto no se refiere de manera particular ni al Dios bíblico ni al Dios del cristianismo, sino que hace referencia al fundamento divino del mundo suprasensible, a la arquitectura metafísica de lo real, que fue lo que intuyó y proclamó como el gran pensamiento filosófico del mundo griego a través de Platón.
La muerte de Dios también anuncia y proclama la muerte de los grandes ideales, de los principios supremos, de los imperativos categóricos morales. Todo aquello que se derrumba da paso a la llegada del NIHILISMO.
El nihilismo es el fin de la metafísica, el proceso mediante el cual los valores supremos pierden su valor. Y al acabarse los valores, tanto la historia como la vida comienzan a carecer de sentido. Por eso, para que todo no quede flotando ni disolviéndose en el vacío o en la pura sinrazón, Nietzsche anuncia una nueva opción de salvación tanto para la historia como para el hombre: la llegada del SUPRAHOMBRE.
Vociferaba que el hombre debe ser superado, ya que hasta ahora solo ha sido una cuerda tendida entre el gusano y el superhombre. «Cosa vana es el hombre. ¿Qué habéis hecho para superarlo?» Esa es la gran interrogación de Zaratustra. Ese es el anuncio y la profecía del filósofo enérgico y desquiciado.
Con esta pregunta desconcertó y asustó a muchas almas. También extravió a muchos pueblos. Hitler, en sus delirios, imaginó que él, a su manera, podría encarnar y asumir la misión del superhombre. En cambio, los estadounidenses, en su simplicidad filosófica, continúan creyendo que Superman es el superhombre.



