SENTADO EN EL RETRETE


Cuando comencé a estudiar bachillerato en Bogotá después de llegar de las lluvias perpetuas y de los sufrimientos sin término de la primaria chocoana, pero también de tardes felices sabatinas o dominicales yendo a nadar a la Platina, un charco de aguas verdes y transparentes donde también aprendí a bucear a pulmón limpio.
Estando en la capital me encontré con el poema de José Asunción Silva, que dice:
¡Poeta!, ¡di paso
los furtivos besos!…
¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mía
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
el contacto furtivo de tus labios de seda…
La selva negra y mística fue la alcoba sombría…
En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda…
Filtró luz por las ramas cual si llegara el día,
entre las nieblas pálidas la luna aparecía…
(…) Y sin darme cuenta de un momento a otro por primera vez me enamoré del sonido de las palabras, y este primer poema me lo aprendí de memoria.
Fue cuando en Quibdó, la capital del Chocó, adonde me enviaron a raíz del accidente aéreo del DC3 HK 328 de Avianca, en que pereció mi abuela paterna, María Isabel Echeverry Ferrer, con la natación, la lectura de poesías religiosas y otros de temas patrióticos, tomados de los manuales escolares, que me ponían a recitar los maestros en las sesiones solemnes, terminé por entusiasmarme con la poesía. Al principio en esta región fui un extranjero discriminado por ser el más blanquito del salón. Recibiendo muchas veces a la salida de clases puñetazos y pedradas. Sufrimientos que me volvieron sin darme cuenta poeta definitivamente. ¿Pero cuándo fue el momento de acometer como escritura por primera vez la poesía? – Ocurrió una tarde en noviembre del 56, mes en que volví con mi familia a Bogotá, que vino de Cali a la capital.
En aquel año cincuenta y siete no pensaba en conocer escritores famosos, fuera de los citados por los profesores en las clases de literatura. Sólo leí algo interesante en el segundo semestre del año cincuenta y ocho, cuando cursaba por segunda vez el primer año estando convaleciente en mi casa por un grave accidente ocurrido en la ciudad de hierro del Parque Gaitán.
Hacia el final de ese año encontré en la pequeña biblioteca de mi papá, que era jefe de vendedores de la Compañía Colombiana de Alimentos Lácteos -Cicolac-, las Poesías completas de José A Silva, en edición de Aguilar, Madrid, 1951. Y Paraísos artificiales de Charles Baudelaire. Autores que disfruto desde entonces. Creo que por aquella época la poesía comenzó a ser mi principal interés, al encontrar en ella más que en la prosa respuestas a mis angustiados conflictos adolescentes. De esta forma y de chiripa llegué vivo al año cincuenta y nueve, el mismo del triunfo revolucionario de los barbudos cubanos contra la dictadura de Fulgencio Batista. Lucha rebelde que seguía con atención desde las revistas Bohemia, Carteles, y la gringa editada en La Habana, las Selecciones de Readers Digest.
En la década de los primeros de los cincuenta entré a estudiar a la escuela Marco Fidel Suarez de Cali, y cuando Rojas pinilla, que había dado un golpe militar impulsado por la oligarquía liberal conservadora, cuando fue en los primeros días de mandato dictatorial a Cali, nos llevaron como Guías colombianos, una modalidad Scout colombiana, a atajar con nuestras garrochas a la gente, que se precipitaba sobre su coche para ver de cerca al teniente general Gurropín. Por esa época también fui con la escuela como explorador a excursiones por los Farallones de Cali, y en una semana santa a la isla Gorgona, isla situada al frente del Ecuador, a diez horas navegables desde Buenaventura. Años después esta isla sería por el Estado convertida por en prisión, donde recluían a los peores criminales y presos políticos.
De niño nadé en ríos y charcos y asesiné con mi cauchera pájaros de todas las especies y colores. Crimen antipoético del cual, cuando tomé conciencia, me arrepentí con lágrimas para siempre. Por los montes aledaños a Cali, hice disparos con escopetas de fisto, conseguidas con amiguitos del barrio en Siloé. Fui lector de historietas como Los halcones negros, El Santo y El enmascarado de plata, folletines que venían de México. Me pasaba a toda hora leyendo estos comics, haciéndome olvidar los deberes escolares. Con Álvaro Vallejo mi vecino de la misma edad, los domingos íbamos al Teatro Aristi, alguna vez de aristócratas, que cuando asistí en los años 52 y 53, estaba ya extendido. Y al cine Roma, situado en la periferia de la ciudad, que una noche desapareció con la explosión de ocho camiones cargados de dinamita del ejército en agosto del 56, arrasando a la vez diez barrios de Cali.
En la infancia como casi todos los niños no fui futbolista, y pésimo deportista, menos en la natación. Igualmente fui anticatólico por el intento de un cura pedófilo que quiso violarme en el Colegio San Luis Gonzaga, donde iba a jugar con mis amigos del barrio aledaño al Cerro de las Tres Cruces donde vivía.
Por el sonido de la palabra, y no por su significado, el cual desconocía, me volví comunista. Gracias a que iba a jugar a la casa de al lado en el barrio San Fernando Viejo, con los dos hijos, Yojanior y Berenice, del folclorista Octavio Marulanda, también sociólogo, musicólogo y gestor cultural del Valle del Cauca, que era miembro del Partido Comunista, donde oía hablar de esta doctrina.
Un día y en plena violencia liberal – conservadora, estando mi papá bebiendo con amigos, me preguntó a cuál de los dos partidos yo pertenecía, seguramente para que contestara que al liberal, al cual él pertenecía por temperamento… Y de inmediato sin titubear le respondí que comunista. Respuesta que lo disgustó hasta llegar a romper con los vecinos.
En Bogotá y cuando apareció la alucinante década de los sesenta, tuve por primera vez novia, que era cuatro años mayor que yo, llevándome a los quince años esta relación a escribir el primer poema con notoria influencia del poeta suicida bogotano, y autor del Nocturno III… sentado en el retrete.




