Si ustedes “señores de las Farc” no lo saben, en Colombia, el país más bello del mundo, nuestra hermosa patria natal que también es la de ustedes mismos (y que sería un paraíso terrenal si no existiera esta violencia que nos ha carcomido por más de 50 años), existimos, mejor, sobrevivimos y sufrimos más de 5 mil víctimas, producto de esa maldita violencia que llevamos como un pesado lastre a nuestras espaldas, a la manera del mítico dios griego Sísifo, condenado de por vida a llevar siempre una pesada roca sobre sus espaldas, sobre una pendiente y cuando llegaba a la cumbre era devuelto al comienzo y así eternamente. Ahora bien, si ustedes no lo saben, me considero víctima, junto a mis 10 hermanos, 5 hombres y 6 mujeres, quienes por culpa de ustedes, “señores de las Farc”, quedamos huérfanos de madre, desde hace 12 años largos y eternos, cuando ustedes nos la asesinaron a sangre fría, el 8 de diciembre del 2000, en Popayán, durante un ataque planeado a un puesto de la policía, en pleno día de la Inmaculada, cuando ella, salió ilusionada a ver las “luces de Popayán”, sin saber que ustedes ya estaban al acecho por la noche, calibrando sus armas fatídicas, para hacer el mayor daño posible, pero ella estaba allí, en un colectivo urbano y ustedes con toda la saña y la cobardía del mundo, dispararon al colectivo, y me la hirieron de muerte. Tenía 65 años (hoy tendría 77 años). Junto a nosotros, también nuestro gran padre, quien ya cumplió 89 años, es víctima por culpa de ustedes, pues le quitaron al amor de su vida, y hoy ya lleva 13 años amándola en silencio, sufriendo por esa muerte absurda y extrañándola de por vida. A propósito de esta historia, la escribí en forma de crónica titulada: “Vivir en paz, vivir en Popayán, morir en Popayán”, publicada en el libro “De la Realidad y la Utopía”, lanzado el pasado viernes 14 de junio del presente año, junto a 11 escritores quilichagueños más.
El daño causado por ustedes es irreparable, nos marcó para siempre el alma y nuestros días ya no son los mismos, la vida de toda la familia se truncó dramáticamente: a mí por ejemplo, nunca me habían gustado los diciembres por esa prisa de la gente, por ese afán consumista, por vivir a la carrera, y siempre era mi deseo irme para la montaña, a buscar un poco de paz, a respirar aire puro, a meditar, a disfrutar un poquito más la vida, a vivir un poquito más tranquilo, escapando de esa parafernalia y agite decembrino. Desde la muerte de nuestra madre, Amelia Medina de Dorado, por ustedes, ahora la situación es peor y los diciembres son más tristes que antes y quisiera tener el poder de dar un salto por encima del mes y que de un momento a otro, pudiera dar el salto desde noviembre hasta enero. Y qué tal mes de mayo, imagínense ustedes, en el día de la madre, el sufrimiento es indecible y doloroso. Y así todos los días del año, a cada rato, a cada instante, cuando miro la foto de ella, me pregunto en silencio: “¿por qué me la mataron, madre mía?”. Como ustedes se dan cuenta, ahora que están bien orondos y sentados en La Habana, dialogando sobre el fin de este absurdo conflicto, el daño causado es infinito y si supieran las historias, parecidas a esta, de las miles de víctimas colombianas, creo que su corazón se les ablandaría y dejarían las armas para siempre. Estoy de acuerdo con el presidente Santos, cuando afirma que, no tendrían sentido las conversaciones de paz, si no hay entrega de armas, pues este acto sería el fin ideal de todo el conflicto eterno colombiano. “Señores de las Farc”, disculpen estas confesiones de unos colombianos víctimas del conflicto, y sepan que, estoy dispuesto a perdonarlos, así ustedes hayan cometido semejante tragedia familiar. Dejen las armas por favor y no le sigan causando más daño a Colombia. Ya es justo, bueno y necesario.
