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Domingo, 18 de octubre de 2026

Crepitaciones: 43 años de una columna, una vida y una palabra que no calla

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Crepitaciones: 43 años de una columna una vida y una palabra que no calla

Crepitaciones: 43 años de una columna una vida y una palabra que no calla

Homenaje a Javier Enrique Dorado Medina

Alfonso Luna Geller

Hay hombres que llegan a un lugar y lo adoptan, y hay lugares que adoptan a los hombres. Javier Enrique Dorado Medina y Santander de Quilichao son de esa segunda especie: se eligieron mutuamente, y el tiempo les dio la razón.

Nació en Bolívar, sur del Cauca, ese municipio que él lleva en la voz cada vez que habla de su tierra originaria con el mismo amor con que habla de la tierra que lo acogió. Hoy, con el orgullo tranquilo de quien sabe lo que vale, se declara quilichagueño por adopción. Y Quilichao, la Ciudad de los Samanes, la Tierra de las Aves, la gran Tierra de Oro, lo reconoce como propio.

Hace más de cuatro décadas, este licenciado en Español y Literatura tomó la pluma y escribió su primera columna para Proclama del Pacífico. La tituló Crepitaciones. No era un nombre cualquiera. Crepitar es el sonido que hace algo vivo cuando arde. Y eso ha sido esa columna durante 43 años: una llama que no se ha apagado, una voz que no ha pedido permiso para decir lo que piensa.

El maestro que llegó con mil ciento cuarenta pesos y un sueño

Corría el año 1970 cuando el joven Javier Enrique Dorado Medina pisó por primera vez como docente la vereda San Rafael de Santander de Quilichao. Llegó a dirigir una escuela rural con un sueldo de $1.140 mensuales. Una suma que en aquellos tiempos, cuenta él mismo, alcanzaba para todo. Y para él alcanzó para dos lujos que definirían el resto de su vida.

El primero: viajar cada mes a Cali, a la Librería Nacional, y comprar sus propios libros. Por primera vez en su vida, sin tener que pedirlos prestados.

Porque desde niño, en su Bolívar natal, Javier había sido lo que él mismo llama con satisfacción un auténtico ratón de biblioteca. Los libros que leía no eran suyos: eran de sus amigos y vecinos Gonzalo Velasco, el Chalo, y Gustavo Adolfo López Bermeo, sus dos mecenas del alma, quienes tenían mejores comodidades económicas y podían comprarlos. Javier los leía prestados, con esa gratitud particular de quien sabe que el conocimiento no tiene dueño definitivo, solo custodios temporales.

Cuando ese primer sueldo de maestro rural le permitió comprar su propio libro en una librería de la capital, algo se selló en su destino. No era solo un libro. Era la declaración de independencia de un lector que se volvería escritor.

La madre, el dolor y la poesía que nació de las cenizas

Hay una fecha que Javier Enrique Dorado Medina no puede olvidar, aunque quisiera: el 8 de enero del año 2000. Ese día, las FARC asesinaron a su madre, Amelia Medina de Dorado, en Popayán.

Colombia ha producido una literatura del dolor que pocos países del mundo pueden igualar. Javier se inscribe en esa tradición no desde la rabia sino desde algo más difícil y más duradero: desde el amor. Cuando publicó su primer libro de poemas, Cada día un poema, lo dedicó a ella. A su memoria. A esa mujer cuya ausencia violenta no logró apagar en su hijo el amor por la vida ni el asombro ante el universo.

El libro también está dedicado a su padre, José Antonio Dorado Zúñiga, a quien llama su gran héroe musical y testigo silencioso de su amor por la buena literatura. A sus once hermanos, cómplices silenciosos de su admiración por la vida y la poesía. Y a su señora, Ana Arboleda Perdomo, a quien llama con una ternura que es ya un poema en sí misma: Ana Felicidad. Junto a sus cuatro hijos, joyas diamantinas que hacen perdurar la vida.

Una dedicatoria así no se escribe en un día. Se escribe en toda una vida.

El poeta que se inspira en la mujer, la naturaleza y la injusticia

Hace ya varios años, el poeta Fabio Holguín Marriaga, al presentar Cada día un poema, encontró las palabras precisas para describir lo que Dorado Medina hace con el lenguaje: lo convierte en un salvavidas. Sus versos, dice Holguín, invitan a despertar del letargo en que caemos cuando perdemos de vista nuestra propia mortalidad. A disfrutar del gran poema del universo. A deleitarse cada día con el verso del ocaso y la luna llena.

Javier es, en palabras de quien lo conoce de cerca, un poeta romántico que se inspira en la naturaleza, en lo cotidiano y especialmente en la mujer. Pero también es un poeta con conciencia social: cuando las injusticias y la ola de violencia tocan las fibras más sensibles de su corazón, la pluma responde. La poesía no es para él un refugio del mundo sino una manera de habitarlo con más profundidad.

43 años de Crepitaciones: el periodismo como vocación sin retiro
Crepitaciones: 43 años de una columna una vida y una palabra que no calla
Edición septiembre de 1983

Javier Enrique Dorado Medina se pensionó como docente. Pero nadie le ha podido notificar jubilación como periodista y escritor. Las Crepitaciones crepitaron en las páginas de Proclama del Pacífico hasta el año pasado, con la misma constancia de quien entiende que escribir no es un oficio que se ejerce sino una condición que se es.

Durante más de cuatro décadas, esta columna fue registro vivo de la historia de Quilichao y del Cauca.

Un hombre que llegó de Bolívar con un maletín, un sueldo de mil pesos y una biblioteca prestada en la memoria, terminó convirtiéndose en uno de los cronistas más constantes y más honestos del norte del Cauca.

Poeta, historiador, docente, periodista. Quilichagueño por adopción, bolivarense de alma. Hombre que perdió a su madre en la guerra y respondió con un libro de poemas dedicado a su memoria.

Ninguno de los colaboradores ha acompañado a Proclama del Pacífico con la constancia y la entrega de Javier Enrique Dorado Medina. Desde su fundación, este medio y este hombre han caminado juntos toda la vida. Fue, desde el principio, una creación a dos manos: la del director y la del columnista, la del medio y la del territorio. Como director, no encuentro palabras suficientes para retribuirle lo que ha dado. Solo puedo abrazarlo, y decirle que Santander de Quilichao lo quiere como a muy pocos.

Personajes como Javier Enrique Dorado Medina, en efecto, no se dan silvestres. Gracias, siempre, gracias.


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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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