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miércoles 29 octubre, 2014 a las 12:23 pm

SEMBLANZA DE VALENTINA FERRER

Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar 

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Muy temprano al amanecer descubrí en la foto de mi bisabuela sus rasgos de mulata. Investigué sus orígenes acabando con prejuicios racistas familiares porque siempre es bueno antes de partir a la nada de la eternidad desmontar mitos y equívocos.

Nadie puede negar que seamos un revoltillo de sangre, tradiciones y costumbres. Todos habitantes bajo la tolda rota y zurcida por las sabias manos del idioma que demuestra no somos más que piel de palabras. Y como en el poema de Rimbaud: “Letras de arco iris con trajes de colores”.

Mi bisabuela era mulata: Eufemismo para no decir que era negra, porque su madre lo era. De su padre Ricardo Ferrer y su “franja blanca”, que vino en el siglo XIX al departamento del Chocó, sobre la costa pacífica colombiana, surgió de su hija Manuela Ferrer Escarpetta, el poeta y escritor Jorge Isaac, autor de la novela María (1867). La niña Valentina Ferrer, hija de una negra de su casa fue hija de don Ricardo, debiendo ser en su juventud una muchacha hermosa, porque cuando la vi casi a los cien años de su edad, conservaba la belleza mulata y la mirada limpia y sincera de unos ojos de esmeralda.

En Quibdó cuando niño, sobre la selva con su multicolor crepúsculo, y el río Atrato, que corre… “como un león adormecido y manso”, siempre se sentaba junto al balcón en su mecedora masticando tabaco y esputándolo en la escupidera. Un día le pregunté como si yo fuera una Caperucita roja indagando a su abuelita: -“¿Mamá Tina: ¿Por qué tiene los dientes tan blancos?” Contestándome ella -“Por limpiármelos con tabaco”.

A mi papá, cuando estaba por sus años a punto de partir también le inquirí preguntándole: “¿Soy yo descendiente directo del autor de María?” Y él sin mirarme fijamente a los ojos como siempre lo hacía desde su cama me reveló: -“Ni tan directo”- No diciendo más.

Hoy en este amanecer sin fronteras, ni razas, la presiento, como un remoto torrente de antílopes y caimanes africanos corriendo por la sangre. Sé que Valentina está en el polvo de las estrellas, y en el cimarrón que huye aún por los montes.

Valentina Ferrer murió en Bogotá a comienzos de los 60, donde fue traída a tan elevada altura y edad, en vez de llevarla a terminar sus días en Medellín, la capital antioqueña donde residía con su familia otro de sus hijos, porque es una ciudad con un clima más amable diferente al de la capital.

Como dibujante a la foto de su vieja tarjeta de identidad le quité años, borrándole líneas, quedando la bisabuela cercana a su juventud.

Qué error fue no preguntar por ella al debido tiempo, y sus orígenes. Pero estoy seguro que no hubiera recibido respuesta alguna.

Alegría de Pío. Octubre 20 de 2014/ 8:40 A.M.

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