SE NOS FUE LA ILUSION SURAMERICANA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Cuando el plato estaba servido a los suramericanos, llegaron Atila, los teutones y los vascos y nos dejaron con el hambre en la boca abierta. Tres de ocho se fueron en un abrir y cerrar de ojos. Así es la vida de simple, como la pompa de jabón o el resbaloso jabulani. Los mortales y fanáticos del fútbol creímos que la capa lisa y relumbrante iba a resistir el embate de los vientos y patadas. Pero la dicha sólo duró dos días.
Primero cayó el gigante Brasil con sus fornidos bisontes y jaguares. De su fuerza y velocidad dieron cuenta la técnica y la táctica exquisita de los holandeses. Atrás quedaron los herederos de Pelé, de Cafú, de Romario o Jairzinho. Perdió el brillo Kaká y el “jogo bonito” jamás apareció. Hasta fueron expulsadas sus estrellas que no exhibieron el buscado fair play. Cómo duele que rueden por la cancha las coronas y la gloria que teníamos en la retina.
Luego los favoritos albicelestes con su candidato a mejor jugador del mundo, a quien sólo le faltaba un mundial para emular con Maradona, se disolvió en el remolino que sopló en el campo el ciclón de Klose, Podolski, Ozil, Schweinsteiger y Müller. Ante los ojos de quienes veíamos el desmoronamiento de los argentinos se alzó la floritura inesperada de una Alemania ordenada, supertáctica, que en cuatro parpadeos dejaron en el suelo las aspiraciones de los pupilos del inquieto Maradona enfundado en su corbata y esperanzado en el amuleto engarzado en su mano santa.
Llegó por último el trago amargo de la estocada final que Villa nos hizo tragar en los estertores del juego de Paraguay. Los méritos de su campaña en la etapa de eliminación, los exhibió con su garra guaraní que todos conocemos. Fue fiel a su entrenador serio, disciplinado y calculador sin aspavientos. Murió en la batalla como caen los héroes. Sudando el uniforme, corriendo kilómetros, poniendo la cabeza al contendor, empujando con el hombro y dominando con el pase fuerte y al centímetro. Haedo, Morel, Da Silva, Cardozo pusieron el nivel en alto, los nervios y mostraron la tradición de su pueblo hecha buen fútbol.
Nos queda todavía un sorbo azul en la botella. Suramérica puede brindar con la cabeza y el arranque de Forlán, la seguridad del capitán Lugano y la magia del loco Abreu. A paso lento y conservando el juego vistoso, Uruguay ha llegado a cuartos de final de la mano experta de Tabárez. Su estilo es el de los charrúas, sorprendente en la puntada, callado y mesurado. Como bicampeón del certamen tiene méritos, un historial en el libreto y por eso es una esperanza en la caja de Pandora.
El Mundial 2010 en Sudáfrica no ha sido el ponqué supersabroso que todos esperábamos. Ha tenido sus altibajos, no fue la vitrina que mostrara las virtudes de muchas de las estrellas. Todo lo contrario, fue la sepultura, o el espejo quebrado que dejó ver el oropel y las fisuras de nuestros ex ídolos que decepcionaron o no pudieron jugar por falta de forma, exceso de peso o lesiones.
Casi un mes hemos respirado un ambiente de colores, vuvuzelas largas y estridentes, de un Continente fascinante de cebras, jirafas, leones, cascadas, lagos y ríos enormes. África nos ha llenado con su cultura extraña, su paisaje, sus labios negros, su tristeza milenaria, su vestuario amplio y fastuoso. Gracias, África, gracias, fútbol, gracias, TV y espónsores que nos brindaron la oportunidad de abrir los ojos y la boca para ver y gritar la magnificencia espasmódica del gol.
04-07-10 – 10:24 a.m.
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