Se nos acabó el paseo


Se nos acabó el paseo

Me encontraba en cortas vacaciones familiares. Para disfrutarlas de verdad, me deshice del celular por unos días… No había experimentado lo liviano, fresco, desenvuelto, despreocupado y radiante que uno se siente sin el dichoso aparatico ése. Sin Whatsapp, ni Facebook, sin Instagram, ni Linkedin, sin llamadas telefónicas, ni You Tube, mejor dicho, nada virtual, todo natural. Hagan el ensayo por unos cinco días, luego me cuentan.
Para poder descansar y recuperar un poco mi salud, la mental sobre todo, afectada por el ajetreo cotidiano en la sala de redacción, también me desprendí de periódicos, revistas y noticieros, de la elaboración de noticias y de la crítica que ocupan casi todo mi tiempo. ¡Otro relajante ejercicio!
Así, sin el agotador fardo encima regresé a mi oficina. Pero, no voy a negarlo, retomo la cotidianidad un poco despistado y hasta desconcertado. Uno se sosiega por una temporada, pero las noticias no dejan de gravitar en nuestras vidas, menos las malas, que se siguen sucediendo como una ráfaga hiriente, generalmente tóxica, así uno quisiera taparse los ojos y oídos para encontrar un mundo diferente, mejor. Pero no, lo mismo, idéntica rutina, y creo que la situación en Colombia cada día peor, porque los dueños del poder, inclusive, intentan esconder las noticias que los afectan, y manipulan la gran prensa que tienen a su servicio para que pinten los pajaritos en el aire que necesitan que la gente vea.
Coincidencialmente, porque el viaje del grupo familiar integrado por 16 personas, lo realizamos por tierra siguiendo la ruta Santander de Quilichao – Santa Marta, y viceversa, visitando como todos unos excursionistas, interesantes poblaciones intermedias en el itinerario como la ciudad caldense con la escultura de un hombre-cóndor que honra al líder revolucionario Simón Bolívar; la población tolimense donde falleció y estuvo enterrado el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada; la ciudad colonial donde se construyó el primer puente de hierro de Sudamérica, el puente Navarro, construido en el siglo XIX, que cruza el Río Magdalena; o aquella que todo el mundo va a conocer por la Casa Museo de Gabriel García Márquez, donde vivió el famoso escritor ganador del Premio Nobel de Literatura, la Estatua de Remedios La Bella, la Casa del Telegrafista o la Tumba de Melquíades, y la famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, hacienda del siglo XVII dedicada a la producción de ron, miel, y panela, donde Simón Bolívar pasó sus últimos días y falleció el 17 de diciembre de 1830, que alberga el Altar de la Patria, un Museo de Arte Contemporáneo, un Jardín Botánico y las instalaciones coloniales de la hacienda propiamente dicha, y claro, las playas caribeñas, entre otras, en las cuales íbamos, junto con los niños, adquiriendo conocimientos geográficos, históricos, sociales, económicos, y obvio, turísticos y gastronómicos.
Decía que coincidencialmente con la situación de Colombia, en lo referente a la manipulación de la prensa por los que se adueñan del poder, porque aproveché los trechos del recorrido automotor para leer con fruición, la novela Cinco Esquinas, del Premio Nobel de Literatura (2010) Mario Vargas Llosa, la cual se refiere a la historia de un periodista implacable de la prensa amarilla, que fue asesinado en el contexto histórico-político de los últimos años de la dictadura de Fujimori-Montesinos en el Perú.
Cuando inicié esa lectura ágil, interesante, y amena, creí que iba a leer una novela histórica, pero hojas adelante todo parecía indicarme que sería de corte erótico, pero no, en un estilo narrativo nada complejo, se fue transformando en una novela política o de denuncia político-social frente a los chantajes, calumnias, intrigas y corrupción generalizada propios de aquella dictadura, muy parecida a la que hemos padecido nosotros con velo pseudodemocrático, y protagonizada por personajes de todos los estratos sociales, raciales y económicos, acosados por el terror, la inseguridad y la violencia generados por Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), sumados, desde luego, a la respuesta brutal del Estado.
Pero cuando ocurre el asesinato del periodista, entonces se sospecha que estamos frente a lo que podría ser una novela policíaca… Simultáneamente iba analizando y comparando la situación narrada con la de Colombia, pareciéndome que aún nuestra propia historia es, y ha sido siempre, mucho más escabrosa.
Esa novela es válida para quienes ejercemos la pasión por mantener al público informado porque también es una protesta contra el periodismo sensacionalista, contra la prensa amarilla, los periodistas vendidos y sin escrúpulos, generalmente con talento para escribir y encontrar escándalos, pero sin principios, que sólo atinan soluciones fáciles en el chantaje y la extorsión, frente a la historia casi heroica de una periodista (la Retaquita) que en medio de ese ambiente, en un inesperado e improbable giro, produce un riesgoso desenlace que el autor titula en el último capítulo como un ¿Happy End? (así, en inglés y con justificados signos de interrogación). La recomiendo.
Ya en mi oficina llego a preguntar entonces sobre lo que ocurrió en nuestra ausencia… ¿Qué pasó con el narco embajador? ¿Sigue representando a los de la Casa de Nariño y alrededores, en el Uruguay? Alguien responde que le dieron unas vacaciones y que se robaron el cargamento de cocaína que fue incautado en su hacienda – laboratorio. Recuerden, por favor, que ya nos salimos de la novela y que esto es lo que ocurre en la realidad colombiana.
Sigo solicitando que me pongan al día: ¿qué pasó con la guerra comercial y política desatada entre los E.E.U.U. y China y que llaman Coronavirus? ¿Ya comenzó el meganegocio: las ventas públicas por todo el planeta de miles de millones de vacunas para combatir el peligroso invento biológico?
Me enteraron de que otra vez metió la pata a nivel mundial el torpe Gobierno Nacional al rechazar y atacar el Informe anual de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, porque, según Duque, no se acomoda exactamente a los intereses de su grupo político y dizque se trata de una intromisión en la soberanía de Colombia (desconociendo las funciones internacionales de la ONU). ¿Entonces el 2019 no fue el año con mayor número de masacres ocurridas desde el 2014? ¿No leyó la parte donde dice, por ejemplo, que el año pasado fueron asesinados en el Cauca 108 defensores de derechos humanos y 66 indígenas? El presidente debiera mostrarse muy preocupado por las víctimas… pero no, a él le preocupa es el informe que las detalla… Eso que no debiera salir tampoco en la prensa, me imagino que se imagina.
¿En qué quedaría la intención de Lafaurie y Acevedo de intervenir la memoria histórica para adaptarla a sus excluyentes y comprometidas propuestas y ahora pasarse, de manera oportunista, al lado de las víctimas?
¿Qué pasó con la iniciativa del CD de meterle politiquería también a las tropas y ponerlas a votar en elecciones? Al respecto, ya había comentado que desde que Uribe manoseó a las Fuerzas Militares y de Policía como unos estamentos a su servicio privado y político se degradaron a tal punto que pasaron a ser instituciones corruptas y politizadas. Me da lástima de tanta infamia porque yo fui militar antes del desastre institucional. Los obligaron a todos a ser uribistas uniformados, o en uso de buen retiro, cuando antes eran instituciones del Estado colombiano (ni siquiera del gobierno de turno). Inclusive, aún hay quienes justifican la degradación, porque, de manera ignorante, creen que sigue vigente el Rey Sol, aquel que hizo famosa la frase «El Estado soy yo», un tópico político atribuido a Luis XIV de Francia (¡hace 365 años!), y que creen vulgarmente reencarnado en el senador Uribe. ¡En estas es que anda este pobre país que padecemos!
¿Y en qué quedaron las denuncias de Aida Merlano hechas en entrevista con la periodista Vicky Dávila desde Venezuela? ¿Fueron convertidas en meras habladurías sin soportes para judicializar a nadie de los escándalos criminales?
¿Al fin qué pasaría con la perversión oficial evidenciada con los cientos de nuevas víctimas de ‘falsos positivos’ encontradas en los cementerios Las Mercedes, de Dabeiba, y los Jardines del Ecce Homo de Valledupar, que presuntamente habrían sido presentadas como bajas en combate por parte de agentes del Estado? ¿Se tragaron completica la versión del general Montoya según la cual él, como comandante del Ejército, no tuvo ningún mando sobre los soldados ignorantes, brutos, como él los calificó, de estratos uno y dos, a quienes les trasladó olímpicamente la responsabilidad de esas masacres?
No más, por ahora, seguiré preguntando más cosas mientras alguien escribe la verdadera historia de Colombia, no la que pretenden desde el Centro de Memoria Histórica porque es negacionista… Y si no es verdadera y reparadora ¿qué futuro nos esperaría?
Se nos acabó el paseo, hemos aterrizado otra vez en esto que parece una implacable novela narrada en directo por los propios protagonistas sobre nuestra resistida patria colombiana… seguiremos informando, ah, y criticando.
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