Oportunidades de empleo en el posconflicto

Ojalá en nuestro querido Cauca el sueño se convierta en realidad y la inclusión laboral, en el campo y en la paz, se extienda a los 42 municipios que conforman esta linda comarca del territorio colombiano.
Necesitamos una política de empleo sostenible y que las oportunidades de ocupaciones de calidad lleguen a las zonas rurales, consideradas claves en el posconflicto. Ya no necesitamos discursos. Se necesita empleo.
Después de que se firmó la paz en La Habana, en 2016, a nuestros territorios la paz no llegó con empleo. Llegó con más desempleo, muertes, violencia y desplazamiento. Les dijeron: “Dejen las armas”, pero no les dijeron: “¿Y ahora de qué van a vivir?”.
Esto también lo reafirmó el programa de gobierno de la “paz total”. Sin embargo, queda una pregunta que, a mi juicio, nadie ha respondido durante estos diez años: ¿cómo puede haber paz sin empleo?
En este momento se nos dice que el proceso de paz ha permitido visibilizar los retos del campo colombiano, especialmente los del Cauca, que durante décadas ha sido foco de la violencia. Las brechas sociales y el déficit en el acceso a servicios básicos siguen siendo grandes, así como las dificultades para ingresar al mercado laboral y acceder a oportunidades de trabajo decente.
Hace una década, la Misión para la Transformación del Campo ya advertía sobre varios de esos problemas y planteaba la necesidad de cerrar las brechas entre el campo y las ciudades.
Pongamos un ejemplo. Pensemos en un muchacho de Argelia, El Tambo, Bolívar, Mercaderes, Balboa, Toribío, Jambaló o cualquiera de nuestros municipios rurales. Puede encontrarse con tres opciones reales: raspar coca por $1.200.000; ingresar a un grupo armado por $800.000, además de una moto y cierto poder; o sembrar café, cacao o cítricos por $400.000, siempre que la cosecha no se pierda y exista una vía para sacar el producto.
¿Qué escogería un joven de 19 años, sin bachillerato completo y con una mamá enferma?
El problema no es simplemente que la gente quiera la guerra. El problema es que, muchas veces, la guerra paga y la paz no.
También debemos revisar cómo entendemos las cifras de empleo. Los indicadores oficiales del DANE no siempre permiten retratar por completo la realidad cotidiana del Cauca rural. Allí, muchas personas no tienen un empleo formal. El campesino, el afrodescendiente, el mestizo o el indígena viven del rebusque, mientras muchos jóvenes quedan por fuera del estudio y del trabajo, aunque sí aparecen actores ilegales dispuestos a ofrecerles ingresos.
Mientras no exista un empleo legal que pueda competir con la coca, la marihuana y el fusil, el posconflicto corre el riesgo de quedarse en un discurso bonito para congresos en Bogotá.
Sin embargo, considero que el Cauca también es uno de los departamentos con mayores oportunidades para crear empleo alrededor del posconflicto. Pero no necesariamente debemos buscar esas oportunidades en el modelo que tradicionalmente nos enseñaron. Aquí probablemente no llegará una gran ensambladora de vehículos. Las posibilidades están en economías que ya existen, pero que siguen siendo informales o mal remuneradas.
Una de ellas es el café especial y el cacao. Otra está en el turismo, un potencial que todavía no terminamos de reconocer. También está la restauración ambiental, que puede convertirse en una fuente de empleo; la construcción de aquello que durante décadas quedó pendiente, como vías terciarias, acueductos y escuelas; y la economía del cuidado y la tecnología, que podrían formalizar el trabajo de muchas personas que viven en el sector rural.
Esta problemática debe abordarse desde los sectores público y privado. Los entes territoriales también tienen una responsabilidad directa.
Generar empleo en el campo requiere una mirada amplia porque se trata de una situación compleja en la que participan múltiples actores. Y aquí aparece otro problema. Recursos existen. Hay regalías para la paz, cooperación internacional, programas PDET y otras fuentes de financiación. El reto está en conectar esos recursos con las necesidades reales de los territorios.
En demasiadas ocasiones, los recursos terminan concentrados en Popayán, en consultorías y talleres, mientras no llegan de manera efectiva a jóvenes de municipios como El Tambo.
Un joven de una vereda probablemente no necesita otro taller sobre “proyecto de vida”. Necesita cosas concretas.
Necesita un título que le sirva y formación del SENA cerca de su vereda, sin tener que desplazarse necesariamente hasta Popayán. Necesita un capital semilla y no un crédito que posiblemente no pueda pagar. También necesita un comprador fijo. No sirve de mucho decirle que siembre y después dejarlo solo buscando a quién venderle. Tiene más sentido establecer acuerdos claros: “Si siembra limón Tahití, yo se lo compro”.
Tal vez uno de los problemas del posconflicto en el Cauca fue pensarlo principalmente desde el perdón, olvidando que el perdón sin oportunidades económicas puede terminar convertido en frustración.
Ojalá esta tarea sea atendida por quienes representan al Cauca y por las instituciones responsables de construir políticas públicas. Este territorio sigue necesitando paz, progreso, bienestar y, sobre todo, oportunidades reales para su gente.




