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Jueves, 1 de octubre de 2026

Se me olvidó envejecer

Se me olvidó envejecer 1

Alfonso Luna Geller

Me preparo para cumplir años en este agosto, el mes de los Leo. Algunos dicen que llegar a los 74 es casi un atentado. Los años se acumulan en el calendario, en la memoria y en alguna arruga que antes no estaba, y pesan de manera distinta según quien los cargue. Hay edades que se cuentan con números y otras que se miden por las ganas, por la curiosidad, por los proyectos que aún hacen levantar temprano y por la certeza de que queda mucho camino por recorrer.

El cuerpo cambia, el cabello blanco se impone, visible, sin remedio. Las canas llegaron sin prisa, desde que tenía casi la mitad de la edad que hoy cargo. Han aparecido también algunos achaques, pero los asumo como el desgaste natural de una vida vivida sin demasiadas pausas.

Ya había alternado en mi primaria de La Tello entre las cartillas oficiales de aprendizaje como La Alegría de Leer, con sus icónicas frases como «Mi mamá me mima» o «Ese oso sube a la loma», y la Cartilla Charry y el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, de Carreño, con el Catecismo de Astete y la Historia Sagrada, además de las Fábulas y Cuentos de Rafael Pombo, cuando comencé a leer seriamente bajo la orientación de mis padres.

Primero llegaron los Clásicos Jackson, una colección de 41 tomos en los que desfilaban Platón, Shakespeare, Goethe, Miguel de Cervantes con su Quijote, las Confesiones de Rousseau, varios historiadores de Indias, obras escogidas de Voltaire y Diderot, novelas y cuentos de Dostoievski y Tolstói, entre otros.

Después llegó la Historia Universal Pirenne, una obra monumental de ocho tomos que todavía conservo y consulto, porque permite seguir la evolución de la humanidad desde las antiguas civilizaciones hasta el siglo XX. En aquellas páginas aprendí que la humanidad también envejece, se equivoca, cae, se levanta y vuelve a comenzar.

Ya no leo esas obras con la disciplina que exigía estudiarlas en serio. Las visito de vez en cuando, como quien vuelve a la casa paterna donde todavía resuenan viejos ecos. Ahora disfruto a mis amigos escritores y poetas. Leo a José Navia Lame, Juan Carlos López Castrillón, Felipe Solarte Nates, Marco Antonio Valencia Calle, Gricerio Perdomo Vélez, Víctor Paz Otero, Juan Carlos Pino Correa, Felipe García Quintero, Antonio Bolívar, Omar Henry Velasco – El Gran General -, y tantos otros autores cercanos que forman esa frondosa pléyade de mis afectos literarios.

Me gradué como bachiller en el Instituto Técnico de Santander de Quilichao, cursé algunos semestres de Ingeniería Química en la Universidad del Valle y tomé después otro rumbo. Me hice oficial del Ejército colombiano, ingeniero militar, lancero, paracaidista, y pasé por cursos de inteligencia militar. Conocí la disciplina, el rigor, el riesgo, el deporte y la obediencia. Mi carrera militar terminó poco antes de que llegara el momento de ascender al grado de capitán. Vendrían después otras batallas, menos visibles pero igual de exigentes, como cuando fui visitador fiscal de la Contraloría General del Cauca, ejerciendo el control previo, o cuando trabajé en la Oficina de Prensa de la Gobernación del Cauca.

Fumé sin interrupción durante cincuenta años, desde los 20 hasta los 70. Hoy miro ese dato con asombro. Fue una cifra absurda, una costumbre larga, una imprudencia sostenida, y también una etapa superada.

La vida enseña, a veces con retraso, que el cuerpo puede resistir mucho, pero no debe confundirse resistencia con invulnerabilidad.

En simultánea, llevo más de medio siglo escribiendo editoriales, crónicas, reportajes, comentarios y notas de toda clase. Nunca he calculado cuántos tomos saldrían si alguien organizara una antología con esos textos. Serían muchos, y en ellos estaría, dispersa, una parte considerable de mi vida: mis entusiasmos, mis desacuerdos, mis certezas de entonces y también algunas opiniones que los años se encargaron de corregir.

Se me olvidó envejecer

Me tocó vivir desde adentro la transformación del periodismo y de los procesos de impresión. Empecé en la época de la máquina de escribir, cuando los textos pasaban al linotipo, aquel sistema artesanal de plomo que fue remplazado por la fotocomposición, y después por la impresión offset, la rotativa y los computadores.

Más tarde tuve que aprender a domesticar pantallas, disquetes, programas informáticos y aquel internet primitivo que parecía una curiosidad destinada a unos pocos. Todo cambiaba, pero yo insistía en seguir escribiendo.

Lo que al comienzo parecía incompatible terminó siendo continuidad. La era analógica, la digital y ahora la inteligencia artificial se sucedieron, se complementaron, se desafiaron y nos obligaron a volver a aprender.

El periodismo impreso constituyó durante muchos años el soporte dominante y luego se convirtió en parte de un flujo continuo a través de portales web y redes sociales. El impreso conserva, aun así, su dignidad y su valor. Facebook, X, YouTube, WhatsApp, Instagram y TikTok modificaron para siempre la circulación de la información. El periodismo dejó de ser únicamente texto impreso con cierre, para volverse una experiencia continua, que nunca cierra, donde convergen video, transmisión en vivo, fotografía, diseño, datos, opinión, inmediatez y narrativa visual.

Sin embargo, en medio de tanta velocidad y evolución, hay cosas que permanecen.

La precisión, la honestidad, la independencia y el respeto por el lector continúan siendo la columna vertebral del oficio. Pueden cambiar las herramientas, los formatos y las plataformas. Lo que no cambia es la responsabilidad de contar los hechos con rigor y con decencia.

Se me olvidó envejecer

Mientras todo eso ocurría, el cuerpo también iba cambiando y la mente se resistía a detenerse.

Cada transformación fue dejando huellas: experiencia, aprendizajes, amistades, equivocaciones, permanencias y también la conciencia de que una vida comienza a tener sentido cuando aquello que uno construyó puede continuar sin uno.

Llegaron nuevas herramientas y nuevas maneras de administrar la empresa periodística. La modernización trajo otros lenguajes, nuevas profesiones y exigencias que en mis comienzos resultaban inimaginables.

Se incorporaron periodistas, comunicadores, diseñadores, realizadores, productores, técnicos y administradores jóvenes. Ellos ampliaron un trabajo que durante muchos años había dependido del esfuerzo casi artesanal de unos pocos.

Se me olvidó envejecer

Mi hijo David, gerente de la empresa, contador público de la Universidad del Valle y magíster en Periodismo, asumió responsabilidad decisiva en esa transformación. Bajo su dirección, el proyecto familiar amplió sus horizontes, modernizó procesos, asumió desafíos empresariales y ocupó espacios que antes parecían lejanos.

Ver a un hijo tomar la posta, cuestionar lo que debe cuestionarse, conservar lo que vale la pena, renovar lo necesario y llevar más lejos una obra familiar produce una satisfacción difícil de explicar.

Mis otros hijos, Hernán y Diana, también aportaron energía, conocimientos y una manera distinta de mirar el mundo. Hernán, diseñador gráfico, periodista y gerente de proyectos; Diana, asesora jurídica, abogada de la Universidad Santiago de Cali y especialista en Derecho Administrativo.

Cada uno, desde su profesión, ayudó a comprender lenguajes que apenas comenzaban a surgir y a transformar un periódico tradicional en una empresa periodística multimedia con presencia regional y nacional.

La empresa entró en una nueva etapa. La obra que comenzamos Alfonso Luna Geller y Flor del Carmen Criollo Penagos, mi esposa, encontró manos nuevas, profesiones distintas y una generación dispuesta a llevarla más lejos.

Se me olvidó envejecer

Ahora vienen seis nietos empujando; piden espacios, preguntan, proponen y hasta crearon Proclama Junior como semillero. Con ellos recupero la capacidad de asombro. Me obligan a detenerme en aquello que la costumbre vuelve insignificante: una pregunta, un objeto, una ocurrencia, una mirada distinta sobre lo cotidiano. Cada encuentro con ellos renueva una parte de mí.

Todos estos procesos me mantienen en movimiento y, quizá por eso, se me olvidó envejecer. Con los años llegó también otra clase de sabiduría, la que la vida va dejando después de los errores, las pérdidas, los afectos, las responsabilidades, las renuncias y las oportunidades de volver a empezar.

Puedo mirar hacia atrás y reconocer al niño que leía bajo la orientación de sus padres y nadaba en la piscina pública frente a su colegio; al joven que estudió Química en la Universidad del Valle; al oficial del Ejército que se graduó muy temprano como subteniente ingeniero en la Escuela Militar de Cadetes, en Bogotá; al periodista de máquina de escribir; al editor que conoció el linotipo; al empresario que atravesó la fotocomposición, el offset, los computadores, internet y ahora la inteligencia artificial.

Todos siguen viviendo dentro de mí.

Se me olvidó envejecer

También puedo mirar hacia adelante. Todavía tengo textos por escribir, libros por leer, proyectos por acompañar, conversaciones pendientes, abrazos por entregar y días para disfrutar con mi familia.

Y me queda una aspiración profundamente ligada a mi propia historia: servir a Santander de Quilichao desde el Concejo Municipal. Este pueblo me dio la infancia, la escuela, los primeros lectores, los primeros amigos y buena parte de la vida que hoy puedo contar. Quiero devolverle, desde el servicio público, cincuenta años de oficio periodístico, la disciplina aprendida en el Ejército, la experiencia adquirida en el control fiscal y la administración pública, y una vocación de servicio que ha acompañado cada etapa de mi vida.

Se me olvidó envejecer porque he seguido leyendo, escribiendo, trabajando, aprendiendo, amando, equivocándome, corrigiendo, acompañando proyectos y celebrando la vida.

Y también porque todavía tengo algo por hacer.

Vivo a conciencia, con gratitud y con amor. Y mientras tenga algo que aportar, quiero seguir cerca de mi gente, útil a mi pueblo y presente en la vida de Santander de Quilichao.


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