SALMO 137 PROPALESTINO


Foto: Anadolu Ajandi
SALMO 137 PROPALESTINO

Más de 22.400 palestinos han partido, han viajado (contra su voluntad, obviamente) en tan sólo dos meses y cinco días. Me explico (para las antiguallas, aquellos pobres diablos que están, que viven out): estos eufemismos significan que han muerto. Y no por causas naturales –más bien; dijéramos, normales, desde 1948–. Han sido enviados al seol por las tropas del ejército israelí, en nombre y por orden de su comandante en jefe, Yahvé, Señor de los cielos y la tierra; el mismo que eligió a este pueblo como su favorito, para que se impusiera a sangre y fuego sobre todas las naciones del planeta. Vengativo, indolente, sanguinario e insaciable; tal como nos lo representa el Antiguo Testamento, La Torá. Exige que le teman (ni falta que le hace). Creó los holocaustos, el sacrificio de animales. Le encanta el olor a carne asada de sus víctimas: becerros, corderos, palomas y cabritos; todo aquello que esté bien sano y con muchos deseos de vivir. Hay quienes creen que la orden que dio a Abraham de sacrificar a su hijo Isaac fue sólo un antojo pasajero de víctimas humanas; concretamente, de niños. Otros opinan que los caprichos de los todopoderosos son imperativos, obsesivos, compulsivos e insaciables. Así que creó todas las condiciones para que su pueblo siempre esté en guerra y no falten las víctimas humanas de todos los géneros y edades, teniendo al parecer predilección por los más frágiles y tiernos: niños y mujeres: «¡Dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas!». Así clama el versículo 9 del Salmo 137.
¡Enhorabuena, Señor Yahvé, pueblo de Israel y todos sus admiradores y partidarios del planeta, es la hora del festín, del gran banquete!: 22400 palestinos asesinados hasta ahora (5 de enero de 2024); es decir, en 66 días. O sea, 340 cada día; esto es, 14 víctimas por hora durante 66 días. Pero esto es nada para el voraz e insaciable Yahvé, su pueblo y sus fieles prosemitas del planeta.
El Salmo 137 es un lamento, y a la vez un canto de odio y de venganza del pueblo judío cuando estuvo cautivo en Babilonia (ha inspirado dos hermosas obras musicales: Rivers of the Babylon, del grupo Boney M., y el sublime Coro de los Esclavos Hebreos, el Va Pensiero, de Nabucco, la opera de Giuseppe Verdi). Un Salmo que, con sólo cambiar unas cuantas palabras, perfectamente podría adaptarse (y adoptarse) así:
SALMO 137 PROPALESTINO
1 Junto a los ríos de Gaza nos sentamos, y lloramos acordándonos de Palestina.
2 En los olivos que hay en la ciudad hemos colgado nuestras arpas.
3 Allí, los que nos tienen cautivos nos piden que entonemos canciones; nuestros opresores nos piden estar alegres; nos dicen: «¡Cántennos un cántico palestino!»
4 ¿Cómo cantar las canciones de Alá frente a los verdugos?
5 Ah, Palestina, Palestina, si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque!
6 Si de ti no me acordara, ni te pusiera por encima de mi propia alegría, ¡que la lengua se me pegue al paladar!
7 Alá, acuérdate de los israelitas el día en que cayó Gaza. «¡Arrásenla —gritaban—, arrásenla hasta sus cimientos!»
8 Jerusalén, hija de Israel que has de ser destruida, ¡dichoso el que te haga pagar por todo lo que nos has hecho!
9 ¡Dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas!
7 POSTRINOS
La Virgen del Perpetuo Socorro versus Las Madonas del Perpetuo Celo.
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Quizás la clave esté en reducir el número de deseos, expectativas y proyectos para el año que entra. Tal vez así recibiríamos menos desengaños, fracasos y frustraciones que el año que recién ha pasado.
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Inclusive grandes poetas han proclamado la inutilidad de la poesía. Algo con lo que estaría totalmente de acuerdo si se aclarara que se refieren tan sólo a la mala; es decir, a la que no es poesía.
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El 30 de diciembre fue mi cumpleaños. Lo celebré con alegría y gratitud, pues dadas mí edad y condiciones, se ha incrementado exponencialmente la lógica probabilidad de que sea el último.
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Otra de las cosas buenas de ser viejo -en retiro y retirada-es que ya no hacemos estúpidas promesas de año nuevo.
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Me molesta que me llamen ‘viejo cascarrabias’. Mucho antes de serlo ya lo era.
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Los perros de todos los tiempos y todas las naciones ladran lo mismo; ¿por qué los hombres habrían de decir algo diferente?
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