RAMANA MAHARSHI



Venkataraman, tal era su verdadero nombre. Desde muy joven abandonó su casa, dejó todas sus pertenencias y se fue a meditar a la orilla de una montaña, Arunachala, en donde se dice que alcanzó la «iluminación», sin ningún tipo de guía; solo, auténticamente solo, sin instrucción. Pero después comenzaron a llegarle «devotos» que, admirando su ascético retiro, lo tildaban de santo, le llevaban comida, y prácticamente lo convencieron de dar su nombre a un Ashram (lugar para la enseñanza), y desde entonces lo llamaron Ramana Maharshi, ‘El Maestro’ (1879-1950). No entiendo por qué se dejó tentar hacia esta decisión, tan francamente contraria a su naturaleza, porque entonces comenzaron a venir visitantes de todas partes del mundo, tal vez atraídos por la propaganda que le hizo el escritor inglés Paul Brunton, y he aquí que lo adoraban como a un dios, lo asediaban con preguntas inútiles, inmaduras y faltas de objetividad y, en fin, le encumbraron todo un mito personal alrededor de su enseñanza.
Digo esto porque estudiando desde hace años sus enseñanzas (por ejemplo en «Charlas con Ramana Maharshi», «La esencia del autoconocimiento» y en varias obras más), no se pueden ocultar los despropósitos de los visitantes ante una cuestión tan simple como profunda: «¿Quién soy yo?», cosa que los «devotos» nunca entendieron ni fueron capaces de seguir hasta el fondo: la búsqueda de su propia naturaleza espiritual, el desvelamiento del Yo. Naturalmente, algo tan inusual tiene que resultar rotundamente difícil y extraño para el profano, y entonces se seguirán toda suerte de equívocos y controversias con la verdad, lo cual dará origen a innumerables páginas para los que necesitan de ellas.
Es decir: a través de genuinas fuentes como Ramana Maharshi, Aurobindo, Nisargadatta Maharah, Krishnamurti, Ananda Mayi Ma y otros maestros de la India, o de los auténticos maestros Zen, por ejemplo, también vendrá la confusión a las gentes; serán, más bien, la pesquisa de incorregibles e ingenuos devotos haciendo la peregrinación hacia lo que nunca entenderán. RVQ.



