
La concentración de los ataques guerrilleros en las poblaciones afro son entendibles militarmente pero no justificables.
Sin ser un experto en estrategia militar alcanzo a discernir que la complejidad geográfica en las zonas montañosas que conducen hacia las costas donde se asientan muchas poblaciones afrocolombianas, es el aliado perfecto para la subversión, que ha venido creciendo su aparato de terror que apunta cruelmente hacia la población civil y que en los últimos días se ha recrudecido en contra de los afrocolombianos, que hoy nos negamos a entender cómo un ejército guerrillero dizque del pueblo, ataca inmisericordemente a los negros, una de las poblaciones más vulnerables, la cual ha sufrido históricamente el abandono del Estado, y hoy es atacada vilmente por aquellos que pretenden por vía de las armas convertirse en parte del establecimiento.
La humanización en la guerra no es algo nuevo en el derecho internacional; los derechos humanos son reglas que cualquier organización, y más con estatus de beligerancia, debe respetar, hacia allá apuntó el reconocimiento del conflicto interno que hizo el presidente Santos a inicios de su primer gobierno, pero esta guerrilla viene violando de manera flagrante las normas del Convenio de Ginebra y sus protocolos adicionales, pues tiene cercada a la población civil en un bloqueo armado que la tiene a punto de colapsar.
La concentración de la guerra en los territorios de asentamiento afro, especialmente de la Costa Pacífica y del Norte del Cauca, ha sido aleve; basta con mirar dónde se inició el rompimiento de la tregua por parte de las Farc, que llevó posteriormente a la reactivación de los bombardeos por parte del Gobierno, el asesinato a mansalva de 10 militares en el corregimiento de Timba, en Buenos Aires, Cauca, dejó en entre dicho la disposición de cese de hostilidades, porque allí no solo se acribillaron a los soldados, sino que regresó el terror a esta población afro, que muy contrario a esto, estaba a la espera de un anuncio de cese bilateral de hostilidades. La reacción del Gobierno, que no se hizo esperar, también fue directa, afectando territorios afro, el bombardeo a un campamento de las Farc que dejó 26 subversivos muertos, se registró en el municipio de Guapi en la Costa Pacífica Caucana y allí fue Troya.
Las Farc levantaron formalmente la tregua que ya habían roto y empezaron a arremeter en contra de los municipios de López de Micay también en la Costa Pacífica Caucana, donde han atacado en varias ocasiones la estación de policía provocando el desplazamiento de cientos de habitantes de la zona rural hacia la cabecera municipal; en Buenos Aires también en el Cauca han desarrollado varios hostigamientos e iniciaron un paro armado en la Costa Pacífica Nariñense, que terminó con la voladura de torres que dejó sin energía a cientos de miles de habitantes del puerto de Tumaco y el municipio Magüí Payán, así mismo con un ataque a la infraestructura energética, dejaron por cuatro días en penumbra a los más de 400.000 habitantes de Buenaventura en el Valle del Cauca, el principal puerto del país. Esto sumado a que en poblaciones como Barbacoas también en Nariño se lanzó un artefacto explosivo en contra de la casa cural, que afortunadamente no dejó víctimas pero si cuantiosos daños materiales, e igualmente se han presentado desplazamientos masivos que tienen amedrentada a esa población que no ha podido ni salir ni entrar desde que se suspendió el cese al fuego. Estos hechos, además de promover el pánico, han generado pérdidas millonarias a los pequeños comerciantes, que siguen sin entender cómo en medio de un proceso de paz en lugar de bajarle la intensidad a la guerra, se cometen atentados como estos, que los afectan directamente.
La expectativa estaba concentrada en que la finalización del ciclo 37 de las negociaciones de paz en La Habana, Cuba, tuvieran un pronunciamiento sobre el cese bilateral que pusiera fin a esta tragedia, pero a pesar de que en buena hora se anunció la creación de una Comisión de la Verdad, nada se dijo acerca del drama que están padeciendo los millones de colombianos que viven en medio de la guerra.
Este silencio crea un desconcierto en el alma de quienes hemos creído en el proceso de paz, pero que frente a la atrocidad de los ataques, especialmente en contra de los afrocolombianos, consideramos oportuna una movilización (similar a las de los indígenas), que haciendo respetar nuestros territorios, muchos de ellos ya reconocidos como Consejos Comunitarios, obligue a las Farc a cesar sus ataques en contra de nuestro grupo poblacional.
Y es que no se entiende cómo una revolución, que supuestamente pretende reivindicar al pueblo, termine ensañándose en contra de los más vulnerados socialmente hablando en este país, que son justamente los afrodescendientes.
La esperanza de paz no se muere, la expectativa de que haya primero un anuncio de cese bilateral de hostilidades y que pronto se tenga un acuerdo que restaure a las víctimas del conflicto, pero especialmente tanto Farc como Gobierno se comprometan a ofrecernos a nosotros y a nuestros hijos un país diferente, con más oportunidades, con menos violencia pero sobre todo, más equitativo, es el sueño de millones de colombianos y más de los que han vivido en medio del conflicto, ya que definitivamente solo quien ha sufrido el rigor de la guerra conoce el verdadero significado de la paz.