LA LLEGADA A LA POLITICA DE LAS FARC NO CUMPLIO LOS RETOS PROPUESTOS

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La firma del Acuerdo de Paz de 2016 abrió una nueva etapa para las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo (FARC-EP). La llegada de esa organización al Congreso transformó el mapa político de la izquierda colombiana y modificó las relaciones entre sectores alternativos, independientes y partidos tradicionales. Una década después, persisten preguntas sobre los resultados electorales de Comunes, su capacidad de adaptación institucional y el impacto real de su tránsito de guerrilla a partido político.
Cuando en 2016 las FARC-EP firmaron el acuerdo de paz con el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos Calderón, el escenario político comenzó a reacomodarse. El pacto permitió que la antigua guerrilla se transformara en partido político y accediera a diez escaños en el Congreso de la República: cinco en el Senado y cinco en la Cámara de Representantes durante los periodos legislativos 2018–2022 y 2022–2026.
Desde entonces, la discusión sobre el efecto electoral de esa llegada ha atravesado a la izquierda y al centro político. Para algunos sectores, parte de la votación obtenida por las Farc salió del electorado que antes respaldaba al Polo Democrático Alternativo y a movimientos independientes o cercanos al centro político, como el Partido Verde, que durante varios años fueron identificados por sectores conservadores como expresiones de izquierda.
La irrupción de Comunes modificó las relaciones entre partidos alternativos. La novedad política de una organización armada convertida en colectividad legal produjo expectativa, rechazo y cálculo electoral al mismo tiempo.
En los primeros años posteriores al acuerdo, el nuevo partido enfrentó el desafío de construir una base electoral propia en medio de un escenario polarizado. También debió adaptarse a las reglas de un sistema democrático, establecer alianzas y trasladar sus decisiones internas a una lógica parlamentaria distinta a la estructura jerárquica de una organización insurgente.
El proceso estuvo acompañado por tensiones internas y renuncias de algunos dirigentes. Aun así, el partido mantuvo presencia institucional y participación en debates de control político. Según el texto base, Comunes presentó más de cien proyectos de ley y participó activamente en discusiones relacionadas con el gobierno y la implementación del acuerdo de paz.
La experiencia de Comunes suele compararse con otros momentos de transición política en Colombia. El autor menciona el caso del M-19, que después de su desmovilización obtuvo 19 de las 70 curules de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. También recuerda el ascenso de la Ola Verde en 2010, presentada como un movimiento ciudadano distante de la política tradicional.
En ambos casos, el respaldo inicial estuvo asociado al factor de novedad política. La misma lógica rodeó el nacimiento electoral de las Farc como partido. Sin embargo, el tiempo mostró que la permanencia institucional exigía algo más que simbolismo: organización territorial, construcción de liderazgo civil y capacidad de interlocución con otros sectores.
La transición tampoco ocurrió en un ambiente neutral. Mientras algunos sectores defendían la incorporación política de la antigua guerrilla como parte del cumplimiento del acuerdo, otros mantenían una oposición abierta al proceso de paz. Esa disputa terminó fortaleciendo bloques políticos enfrentados alrededor de la implementación de los acuerdos y del futuro de la izquierda colombiana.
En noviembre de 2017, las Farc adoptaron el nombre Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) para formalizar su participación electoral. Posteriormente, en 2021, la organización pasó a llamarse Comunes, en un intento por consolidar una transición política menos asociada al pasado armado.
El texto plantea que uno de los objetivos centrales de esa etapa consistía en desmontar la representación política construida alrededor de la confrontación y disputar el debate público sobre la paz. En esa lectura, la transición buscaba mover a la antigua guerrilla del lugar de enemigo armado hacia el de adversario político dentro del sistema democrático.
Ese tránsito dejó preguntas abiertas sobre la capacidad de la organización para consolidarse electoralmente y sobre el alcance real de su influencia parlamentaria. También puso en evidencia las dificultades de convertir una estructura insurgente en una organización política sometida a votaciones, alianzas, negociaciones y disputas internas.
A casi diez años de la firma del acuerdo, el balance sigue dividido. Para unos sectores, la presencia de Comunes en el Congreso representa un paso dentro de la consolidación de la paz y una demostración de que la política puede reemplazar la confrontación armada. Para otros, los resultados electorales y organizativos muestran que la transición no logró cumplir plenamente los retos planteados.
El debate permanece abierto. La participación política de las antiguas Farc continúa siendo uno de los temas que más discusiones produce dentro de la vida pública colombiana. El proceso dejó transformaciones institucionales, reacomodos electorales y tensiones ideológicas que todavía inciden en la relación entre la izquierda, el centro político y los sectores de derecha en Colombia.
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