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Miércoles, 14 de octubre de 2026

¡Qué delicia!

¡Qué delicia!

Imagen por: https://chatgpt.com/

Stella Ramírez G.
¡Qué delicia!

Así reaccionaron algunos cuando vieron las primeras propuestas económicas para el nuevo gobierno.

La alegría fué monumental el día domingo y aún persiste.

Parecía que por fin había llegado el día de la venganza política. Algunos hasta descorcharon champaña imaginaria, celebrando que ahora sí les iban a mostrar a esos «izquierdosos» cómo funciona la realidad.

Pero entonces apareció un pequeño inconveniente.

La realidad no tiene carnet de partido.

Resulta que cuando sube el ACPM, el surtidor de gasolina no pregunta por quién votó el conductor. Cuando aumentan los impuestos, la DIAN no exige certificado ideológico.

Y cuando llegan los recortes, las tijeras del ajuste fiscal no distinguen entre conservadores, liberales, uribistas, «izquierdosos» o ciudadanos sin partido.

Las tijeras cortan parejo.

Sin embargo, en Colombia hemos desarrollado una curiosa teoría económica según la cual las medidas impopulares sólo afectan al vecino que piensa distinto.

Si aumentan los combustibles, el golpe es para todos.

¿Si amplían la base tributaria, los que pagan son los izquierdosos?

¿Si eliminan programas estatales, los perjudicados son únicamente los seguidores del gobierno anterior?

Una maravilla de descubrimiento científico que seguramente merecería reconocimiento internacional.

Bajo esa lógica, cuando el precio de los alimentos aumente..¿bastará con mostrar el certificado electoral para obtener descuentos?

¿El arroz será más barato para unos que para otros según el color político?

¿Las facturas de servicios públicos vendrán personalizados con una «raya»?

¿Y los peajes instalarán una ventanilla especial para verificar por quién votó cada conductor antes de cobrar?

Porque, claro, la economía funciona así… al menos en las redes sociales.

La verdad suele ser bastante más aburrida y más tenebrosa.

Las decisiones fiscales afectan a casi toda la sociedad, menos a las élites que ahora tendrán más privilegios.

Algunas benefician más a unos patrones, mientras perjudican más a otros.

Pero creer que el impacto de una política pública se limita a los adversarios políticos es tan ingenuo como pensar que una tormenta sólo moja a quienes votaron por el candidato equivocado.

Lo más curioso es que muchos de los que hoy celebran posibles aumentos de impuestos, recortes o ajustes, podrían descubrir mañana que también están sentados en el mismo barco.

Y los barcos tienen una característica incómoda: cuando se abre una vía de agua, no se inunda únicamente la cabina del vecino.

Por eso produce cierta ternura ver a quienes festejan convencidos de que las dificultades económicas serán exclusivas para los demás.

La economía, esa señora antipática que no suele escuchar discursos ni consignas, termina recordándonos una lección elemental: los gobiernos pasan, las ideologías cambian, pero las consecuencias de las decisiones públicas llegan a todos.

Sin preguntar primero por quién votaron.

Y ahí es cuando algunos descubren que la supuesta fiesta de los castigos ajenos también les reservó una invitación.

¡Qué delicia¡

Bienvenidos a la Patria Milagro.


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